Eduardo Sacheri, en Zaragoza: "Los seres humanos estamos llenos de contradicciones, los eslóganes políticos no"
El escritor argentino presentó el pasado jueves en la librería Cálamo su última novela: ‘Qué quedará de nosotros’ (Alfaguara), en la que rescata de la memoria la Guerra de las Malvinas de 1982 entre Argentina y Gran Bretaña.

El escritor Eduardo Sacheri, el pasado viernes en Zaragoza. / JAIME GALINDO
Eduardo Sacheri (Buenos Aires, 1967) es escritor, guionista y profesor de Historia. Su literatura humaniza la Historia más reciente con unas narraciones cuidadas y crudas que han inspirado grandes películas como la oscarizada ‘El secreto de sus ojos’ (Campanella, 2009).
-Las Malvinas para el imaginario argentino son más que un lugar geográfico.
-Las Malvinas eran en 1982, y siguen siendo actualmente, como nuestra Moby Dick. Es decir, son nuestra ballena blanca, nuestro mito de identidad, nuestra ausencia pendiente, nuestra promesa de grandeza, en el sentido de que cuando Argentina recupere esas islas, regresará a la senda de progreso y bienestar que se merece. Y lo digo así, con esa grandilocuencia del imaginario, porque así funciona en mi país y, en ese sentido, la guerra no hizo mella en esa convicción. La guerra fue un trauma, fue una cicatriz, fue muchas cosas, pero no afectó este sentimiento identitario tan arraigado.
-En ‘Qué quedará de nosotros’ le pone cara y nombre al desastre de la guerra. ¿Cómo son o eran los pibes de las Malvinas?
-Elegí para la novela que la protagonizaran tres soldados muy jóvenes, porque casi toda la tropa argentina de las islas eran soldados muy jóvenes. En mi país existía el servicio militar obligatorio para los jóvenes de 19 años. Diría que el 80% de los soldados que estuvieron en las islas y que tuvieron que afrontar la guerra eran ese tipo de soldado, es decir, civiles cumpliendo una obligación. Chicos muy jóvenes que no pensaban ser militares y que, en general, atravesaban el servicio militar como un área de cierto fastidio y demora en sus proyectos personales. Pero de repente, a estos del 82 le tocó, primero, algo muy hermoso que era conocer las Malvinas, porque pensaban que eran los primeros argentinos en disfrutar de estas islas reconquistadas; pero, unas semanas después, algo muy terrible.
-Y, ¿qué quedó de ellos?
-Al principio, apenas terminó la guerra, lo único que quedó fue silencio, porque la sociedad argentina prefirió olvidar su entusiasmo, prefirió olvidar el modo en que había aplaudido al gobierno militar. Los veteranos eran una prueba palpable y molesta de que eso sí había sucedido y la sociedad argentina se había entusiasmado. Llevó mucho tiempo aceptar que los veteranos existían y que había que reconocerlos. En un segundo momento, esos veteranos fueron vistos como víctimas de los militares y de la crueldad de la dictadura militar. Y hay un tercer momento, donde parte de esos soldados han preferido decir que no fueron víctimas sino soldados y así se comportaron, independientemente de la derrota, llegaron los ingleses y se llevaron la victoria. Diría que en esa multiplicidad de interpretaciones todavía naufraga nuestra discusión argentina.
"En este libro quería enfrentar el dilema de matar o morir, que eso es lo que les pasa a los soldados en una guerra y es el concepto universal al que quería asomarme"
-Miles de kilómetros entre la épica del relato y la realidad de la guerra.
-Desde luego, hubo un desengaño con la hermosura supuestamente atribuida a ese territorio, cuando llegan y resulta ser un páramo, una estepa ventosa e inhóspita. Pero, además, en este libro quería enfrentar el dilema de matar o morir, que eso es lo que les pasa a los soldados en una guerra y es el concepto universal al que quería asomarme. Más allá de Malvinas, más allá de la Argentina, más allá de 1982, creo que es una cuestión universal: estar en la guerra significa arriesgarlo todo en aras de la patria, de un ideal, de un mandato.
-¿Ahí queda la amistad como única patria por la que merece la pena luchar?
-Después de escuchar muchos testimonios de veteranos de la guerra, la sensación que queda es esa, que cuando las balas todavía no pican a tu alrededor, la patria, la nación, la soberanía, la bandera son conceptos un poco abstractos. Ahora, cuando la cosa se pone dura y violenta todo se concreta, se empequeñece y se materializa en los rostros de tus amigos que están arriesgando la vida contigo. La patria son esos seis muchachos que están a tu alrededor y que saldrán o no de su trinchera a dispararle a los ingleses o se rendirán o se esconderán.
-‘Demasiado lejos’, la otra novela que ha publicado este año y que en España se editará en mayo, aborda el punto de vista de esta guerra desde el continente. ¿No cabían los dos relatos en el mismo espacio?
-Mi plan original era que fueran el mismo relato en el mismo libro y que atravesara a unos y otros, los personajes de Buenos Aires y los personajes de las Islas, porque eran los mismos meses, la misma guerra, el mismo entusiasmo, el mismo deseo. Pero era tan flagrante la diferencia entre lo que vivían unos y lo que padecían los otros que en medio del proceso decidí que eran dos novelas. Son dos novelas independientes, con personajes vinculados, pero son como en espejo.
-Su literatura tiene la habilidad de darle un lado humano o humanizado a la historia reciente de Argentina. ¿Cambian los relatos culturales o políticos cuando se va al particular?
-La literatura no reemplaza al estudio histórico, porque el estudio histórico es necesario. Pero es verdad que la literatura ofrece una humanización complementaria que es necesaria, porque a veces las interpretaciones históricas se enarbolan como banderas o verdades absolutas de las que se apropia un determinado grupo, desde el fanatismo. Y, precisamente, ver a los seres humanos concretos, comprender a los seres humanos en su pequeñez y sus contradicciones, es una cura interesante frente al fanatismo. Los seres humanos estamos llenos de contradicciones, los eslóganes políticos no, se plantean desde una supuesta pureza que los seres humanos no encarnamos.
-¿Corremos el riesgo de que ese fanatismo convierta la sociedad y la política en una cancha de fútbol?
-Creo que sí. Me parece que en un ámbito de juego, como el fútbol, uno puede permitirse dar rienda suelta a ciertos impulsos primarios, casi tribales, pero eso es para el juego. El ser humano ha inventado el juego como un espacio privilegiado para dar rienda suelta a algunas cosas y que cuando el árbitro pita el final, termina el juego. Y, sin embargo, la vida sigue y debe tener otras reglas. Que no entendamos esto nos embrutece como sociedad. En Argentina y en otros países.
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