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Guardando las distancias: ¿Cansados de ser consumidores de cultura?

Hemos comprimido el disfrute del acto cultural a 15 segundos, 20 como mucho

Elegir un libro con calma es casi un acto de rebeldía.

Elegir un libro con calma es casi un acto de rebeldía. / EUROPA PRESS

Daniel Monserrat

Daniel Monserrat

ZARAGOZA

Vivimos agotados. Pero no agotados de trabajar o de madrugar, que también, sino agotados de mirar cosas. Agotados de tener siempre algo pendiente: la serie que tienes que ver, el libro que te va a encantar, el podcast que no te puedes perder, el concierto que es histórico... Un día descubres que la cultura, que era un refugio, ahora te genera estrés. Otra cosa más para tachar de una lista infinita.

Nos hemos convertido en consumidores de cultura por obligación moral. Vemos series por miedo a los 'spoilers', escuchamos discos para no quedar fuera de la conversación, vamos al teatro casi como quien va al gimnasio, porque es lo que toca en este momento. Hasta el ocio lo hemos organizado como si tuviéramos un jefe dentro de la cabeza.

No es casualidad. Vivimos rodeados de estímulos. Todo compite por tu atención: plataformas, redes, notificaciones, estrenos cada viernes, libros que salen como champiñones. La saturación cultural no significa que la cultura vaya bien, sino que estamos metidos en un carrusel donde no nos da tiempo a sentir nada. Y claro, cuando no hay tiempo para sentir, disfrutar se vuelve imposible.

Cómo usar el tiempo

A veces pienso que el problema no es que no tengamos tiempo, es que ya no sabemos cómo usarlo. Nos han educado en la idea de aprovechar cada minuto, incluso cuando se trata de descansar. Nos hemos vuelto especialistas en consumir, pero hemos olvidado habitar. Y la cultura —cuando es de verdad— necesita que la habites. Un libro no funciona si lo lees como quien hace scroll. Una canción no te llega si la pones de fondo mientras respondes correos. Una obra de teatro no te transforma si pasas más rato pensando en si subirás la foto al instagram que en lo que pasa en escena.

Que no nos engañen: disfrutar exige tiempo . Y que este pase lentamente. Exige parar. Incluso aburrirse un poco, porque del aburrimiento sale la atención. ¿Cuándo fue la última vez que escuchamos un disco entero sin saltar canciones? ¿O que vimos una película sin mirar el móvil ni una vez? A veces la cultura no es difícil: somos nosotros los que estamos demasiado acelerados para entrar en ella.

Y sin embargo, hay algo esperanzador: seguimos buscando espacios donde respirar. En Zaragoza se nota mucho. Solo así se entiende que las presentaciones de libros se llenen, que los coloquios con los cineastas en La buena estrella registren llenotras lleno o que sigan con vida esas propuestas más minoritarias que necesitan del oxígeno de los espectadores para sobrevivir. Ahí es donde brilla ese público que no ha ido a consumir contenido, sino a estar. Quizá la ciudad tenga este punto de resistencia involuntaria: aquí todo va un poco más despacio y eso nos salva.

¿Y el silencio?

Tal vez la solución no sea dejar de ver series o de leer libros, sino reconciliarnos con el silencio entre medias. No llenarlo todo. No convertir cada recomendación en una obligación. Y preguntarnos más a menudo si me apetece de verdad o solo lo hago para no quedarme atrás. La cultura no es una carrera ni una competición. Es un diálogo. Un lugar donde entrar sin prisa, sin la presión de terminar algo para empezar lo siguiente.

A lo mejor la clave está en volver a mirar como cuando éramos críos: sin urgencia, sin expectativas, sin miedo a perdernos nada. En recuperar ese placer antiguo de descubrir algo porque sí, no porque lo marca la agenda semanal de estrenos. En dejar que una obra nos habite, en vez de nosotros intentar devorar diez seguidas.

La cultura del cansancio nos tiene atrapados, pero no es invencible. Basta con bajar del carrusel. Y si de vez en cuando paramos, quizá descubramos que seguimos siendo capaces de emocionarnos como antes. Que no hemos perdido el gusto.

Al final, disfrutar es un acto de resistencia... más necesario que nunca.

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