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Guardando las distancias: Los atropellados del discurso cultural quieren echar la puerta abajo

Nuevas voces, digitales y diversas, reclaman el centro de la conversación en una sociedad siempre reticente al cambio

La cultura está adquiriendo múltiples formas de desarrollo.

La cultura está adquiriendo múltiples formas de desarrollo. / EL PERIÓDICO

Daniel Monserrat

Daniel Monserrat

ZARAGOZA

Durante décadas, el discurso cultural estuvo en manos de un grupo reducido que actuaba como guardián del canon. No era una conspiración, sino una inercia construida por muchos años de construcción cultural en una sociedad que salía de una dictadura y que tenía que construirlo todo. Aquellos expertos eran necesarios, hay que reconocerlo, para relanzar esa necesidad cultural que existía ante las nuevas libertades. La cultura entonces era un territorio ordenado, jerárquico, con un centro y unas periferias claras. Y ellos ocupaban el centro.

Pero ese mapa ha estallado. No se ha movido: se ha roto. Hoy conviven voces profesionales con creadoras sin estudios reglados, divulgadores digitales, comunidades lectoras, colectivos feministas, autores autoeditados, 'tiktokers' analíticos y propuestas híbridas que mezclan arte, entretenimiento y activismo. Lo que antes era un ecosistema relativamente controlado se ha convertido en tráfico intenso, fragmentado, imprevisible. Quienes llevaban años marcando el ritmo sienten que de repente el semáforo se ha puesto verde para todos menos para ellos. Y algunos hablan de atropello.

La reacción es reconocible: desconfianza hacia lo nuevo, nostalgia por la «·seriedad» perdida, discursos que defienden su autoridad como si fuera una propiedad natural. Cuando un creador digital mueve más lectores que un crítico con veinte años de trayectoria, cuando un club de lectura espontáneo influye más que una columna clásica, se activa un miedo profundo: el de la irrelevancia. Y la irrelevancia, en cultura, es peor que el fracaso. Es desaparecer de la conversación.

¿Y el permiso?

El problema no es que aparezcan nuevas voces; eso es enriquecedor. El problema es que esas voces ya no piden permiso. Antes la cultura pasaba por una ventanilla. Ahora pasa por cientos. La legitimidad ya no la otorga el prestigio académico, sino la capacidad de generar comunidad. La autoridad se ha descentralizado.

En Aragón este fenómeno, por supuesto, también sucede. A veces, cualquier irrupción nueva se percibe como amenaza. Proyectos jóvenes, colectivos independientes, propuestas feministas o creadoras digitales alteran una tranquilidad que llevaba décadas funcionando. Para algunos, la pluralidad es ruido; para otros, respiración. Pero lo cierto es que la conversación cultural ya no tiene dueño. El relato se ha abierto, a veces de forma caótica, pero también, hay que contraponerlo todo, liberadora.

Huir del miedo

Quizá el debate no sea quién tiene razón, sino quién tiene miedo. Los viejos mediadores temen que el canon pierda rigor; los nuevos creadores temen que se les silencie. Sin embargo, la realidad es más sencilla: la cultura siempre se abre paso por donde encuentra aire.

El canon de hoy lo decide quien logra ser escuchado. Y escuchar, en tiempos de velocidad y diversidad, exige renunciar a la comodidad del carril central y aceptar que la carretera cultural ya no es de un solo sentido. Ahora es un cruce inmenso. Y hay sitio para todos.

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