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Guardando las distancias: Y yo ahora, ¿a quién carajo voto?

La Cultura seguirá siendo un asunto menor en las próximas elecciones autonómicas

¿Las elecciones de febrero volverán a ningunear a la Cultura?

¿Las elecciones de febrero volverán a ningunear a la Cultura? / El Periódico

Daniel Monserrat

Daniel Monserrat

Ya están aquí. No habrá más cábalas, el 8 de febrero hay que votar en Aragón. Y, una vez más, me asalta la misma sensación incómoda, una mezcla de cansancio y estupor que esta vez ya no puedo disimular: ¿y yo ahora a quién carajo voto? No es una pregunta frívola ni un exabrupto gratuito. Es la formulación más honesta de un desconcierto que compartimos muchos ciudadanos que seguimos creyendo —ingenuos, quizá— que la política debería servir para algo más que para administrar inercias.

Cuando llega el momento reviso programas, escucho debates, leo entrevistas y comparo eslóganes. Y en ese repaso sistemático hay una ausencia que clama al cielo: la Cultura. O mejor dicho, su irrelevancia casi absoluta en los postulados políticos de casi todos los partidos que aspiran a gobernar esta comunidad. No como adorno, no como foto con artistas en campaña, no como promesa vaga, sino como proyecto serio, estructural y sostenido en el tiempo.

En Aragón hablamos mucho de despoblación, de cohesión territorial, de identidad, de futuro. Pero rara vez se menciona que la Cultura es una de las herramientas más potentes para abordar todas esas cuestiones a la vez. No es un lujo, ni un capricho de minorías ilustradas. Es industria, es empleo, es pensamiento crítico, es autoestima colectiva. Es también una manera de fijar población, de generar comunidad y de darle sentido a vivir —y quedarse— en un territorio.

Sin embargo, cuando la Cultura aparece en los programas electorales lo hace relegada a un párrafo tímido, a una promesa genérica o a una lista de eventos. Como si gestionar la Cultura fuera únicamente programar fiestas, cortar cintas y repartir ayudas con criterios dispares. Falta ambición. Falta un relato que entienda la Cultura como política pública transversal, conectada con educación, con economía, con innovación y con vertebración social.

Me preocupa, además, el tono condescendiente con el que se trata a quienes trabajan en el sector cultural. Creadores, gestores, técnicos, mediadores… personas que sostienen un ecosistema frágil y maltratado, acostumbrado a sobrevivir a base de vocación y precariedad. ¿De verdad nadie va a hablar de condiciones laborales dignas, de planificación a largo plazo, de descentralización real, de apoyo al tejido local?

No pido milagros ni iluminados. Pido que alguien se tome la Cultura en serio. Que deje de verla como gasto prescindible y la entienda como inversión estratégica. Que comprenda que sin Cultura no hay ciudadanía crítica, ni memoria, ni horizonte compartido.

Por eso, cuando me preguntan a quién voy a votar, solo puedo responder con otra pregunta. No por desinterés, sino por exigencia. Porque mientras la Cultura siga siendo invisible en el debate político aragonés, muchos seguiremos sintiéndonos huérfanos de representación. Y eso, para una democracia, es un problema mucho más grave de lo que parece.

Quizá el problema no sea solo la falta de propuestas, sino la falta de valentía. Apostar por la Cultura exige pensar a medio y largo plazo, asumir que los resultados no siempre son inmediatos ni traducibles en titulares fáciles. Exige confiar en la inteligencia de la ciudadanía y renunciar al cortoplacismo que todo lo devora. Pero también ofrece algo a cambio: una comunidad más libre, más crítica y más consciente de sí misma.

No hablo de grandes discursos ni de presupuestos desorbitados, sino de una mirada política que deje de tratar la Cultura como un asunto menor. Así que sí, vuelvo a la pregunta inicial. Y la lanzo no solo como votante, sino como ciudadano que ama esta tierra y cree en su potencial: ¿y yo ahora a quién carajo voto?

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