Guardando las distancias: ¿Cuál será el próximo festival en caer?
Las citas de tamaño medio tienen cada vez más dificultades para sobrevivir en un mundo con los gastos disparados

El PolifoniK Sound ha salvado su próxima edición con muchos apuros. / POLIFONIK SOUND

No es la primera vez que lo digo, ya, pero vivimos tiempos extraños. Estamos en una época en la que los grandes reclamos acaban tapando todo lo que subsiste debajo. Algo que provoca una perversión del sistema que lejos de corregirse, va a más. Esta misma semana y sin salir de la comunidad, dos festivales han vuelto a reclamar una reflexión sobre los tiempos que vivimos. Curiosamente, ambos ubicados en Barbastro. Bueno, uno; el otro ha sido noticia porque, tras tres ediciones, tira la toalla, demasiadas trabas administrativas y poco apoyo. Es el Matadragons que había nacido con una apuesta clara, la música aragonesa.
El otro es el PolifoniK Sound, que llega a las 17 ediciones, pero que ha tenido, según ellos mismos, más problemas que nunca para sacar adelante una nueva celebración. Y, por ello, en su comunicado, hablaban claro, «el panorama es completamente absurdo», dicen. No es un caso aislado, en 2024 fue el Amante de Borja el que habló de serios problemas para continuar y ya ha habido varios que se han quedado por el camino.
¿Qué está sucediendo? Fundamentalmente, que en un entorno en el que los cachés están disparadísimos (los propios promotores hablan de que es una locura lo que se está pidiendo) y en el que los gastos de producción no dejan de crecer (cuando se hablan de las crisis, este es un sector que las sufre de lleno en cuanto al montaje de infraestructuras), sacar adelante un festival con un buen número de bandas es poco menos que salir vivo de un laberinto peligroso.
Salir de la espiral
Y salirse de esa espiral marcada es muy complicado. Los grandes festivales (en Aragón se cuentan con los dedos de la mano) pueden entrar en ese juego y salir victoriosos porque, además, cuenta con apoyo variado y el respaldo mayoritario del público.Los que ahora han empezado a denominarse microfestivales tienen dificultades para hacerse un hueco pero, poco a poco, han ido creando una base de público fiel que incluso asume la propuesta como una rebeldía frente al gran evento. Pero, ¿y los que no son una cosa u otra, que son la mayoría, por otro lado? Esos son los que tienen el gran problema de encontrar su acomodo sin, hablando en plata, jugarse todo su capital y su sustento anual.
A todo esto hay que añadir un factor a la ecuación que es el que acaba por complicarlo todo y el que hace que darle la vuelta a la situación o, al menos, aspirar a equilibrarla suena a quimera hoy en día: la locura desatada por la compra de entradas varios meses antes. Algo que, obviamente, no ayuda a que la burbuja de las grandes actuaciones en directo deje de engordarse a cada mes que pasa. En un mundo capitalista, no hay secreto, cuanta más demanda haya, subirá el precio de la oferta. Pero es que el festival mediano, modesto, no puede hacer frente a una gran inversión inicial y esperar a cubrir gastos con unas entradas que nunca podrán competir con las de los grandes eventos (principalmente en cuanto al número de actuaciones por no entrar en el áspero debate de la calidad). No puede asumir ese riesgo.
Y así estamos en un mercado que nadie regula y en el que ni siquiera las instituciones ayudan a equilibrar porque, habitualmente, los apoyos siempre van hacia el que atrae más público, por lo que la balanza cae todavía más del mismo lado.
Yo no sé cuál es la solución (ni siquiera si la hay), pero sí sé que si algo no remedia este tsunami de asfixia hacia los proyectos medios, vamos a tener una vida más uniforme y una oferta cultural que irá contra el principio básico que debe tener cualquier programación, la variedad.
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