El escritor Severino Pallaruelo retrata el siglo pasado en 'Querido Materno': "¿Qué hacer si encuentras un tesoro?"
El autor oscense presenta su última novela, 'Querido Materno' –Xordica, 2025-, en la que bucea en los recuerdos acumulados durante generaciones en una casa de gente de orden

Severino Pallaruelo presenta su última novela, 'Querido Materno' / El Periódico
Una casa sin herederos directos que acumula un siglo de historia entre el polvo de las habitaciones. Cartas, fotos, cajas llenas de hilos, figuritas de otro tiempo y un piano entre las que se pierde la memoria de una familia de las de antes, o quizás también de ahora, de una capital de provincias cualquiera, pero muy de aquí, y que Severino Pallaruelo ha rescatado para sus lectores en 'Querido Materno'.
La premisa de la que parte su novela más compleja hasta la fecha es: “¿Qué hacer si encuentras un tesoro?”. Según explica el propio Severino Pallaruelo, él mismo se vio frente a la amalgama de objetos que puede gestarse en un piso de este tipo al que le invitó un amigo, y pensó que como ese, podía haber muchos más. En un primer momento, Pallaruelo se sintió tentado por hacer un trabajo de erudición y memoria histórica, pero “eso me daba poca libertad, porque me ataba mucho a los hechos concretos de la realidad, y preferí hacer una novela”.
De aquí surge ‘Querido Materno’, una suma de retratos individuales que, a lo largo de algo más de 400 páginas, se ordenan en diez capítulos. “Construir un relato a partir de lo que se puede encontrar en una casa me pareció muy seductor. Entonces, cada uno de los protagonistas tiene un capítulo y, aunque todos están interrelacionados, cada uno tiene su personalidad, y empieza por ‘La casa’ como un personaje más de la novela”, sintetiza Pallaruelo.

'Querido Materno' compone un relato a partir de la herencia encontrada en un antiguo piso / Xordica
Esa gente de orden que acumulaba
Las descripciones arquetípicas de toda una familia conservadora, encabezadas por una orientación personal y epistolar al inicio de cada capítulo, que atraviesa desde finales del siglo XIX y hasta el XXI el día a día de una pequeña ciudad española. Personajes, sin embargo, que Pallaruelo ha querido caracterizar con aristas: “En todos los personajes siempre he procurado que cada uno no fuera solo y absolutamente una cosa, que todos tengan un poco esa doble cara”.
Ellos son “gente de orden”, como se definían a sí mismos y como los caracterizó el historiador Eloy Fernández Clemente. Una élite burguesa, religiosa y conservadora, porque tenían la posibilidad de conservar lo material y lo ideológico, que desde su atalaya moral y económica creaban una “red para controlar todo, para controlar que nadie se desviara de nada” en los núcleos poblacionales que habitaban. Así ocurrió en Zaragoza, en Teruel, Barbastro o en Huesca, la Sertoria imaginaria en la que se desarrolla la novela, pero que podría ser cualquier ciudad o pueblo de aquella España provinciana.
"Todas las sociedades pasan, y todo lo que parecía inamovible en un momento se mueve y acaba desapareciendo"
Las listas, saber quién es quién, el orden, guardar todo “hasta un extremo patológico” y una constante sensación de agobio por el control social que acaba en “decadencia y pérdida de poder de ese mundo”. Según Severino Pallaruelo, la moral hipócrita que representaba esta parte dominante de la sociedad se irá diluyendo, porque “todas las sociedades pasan, y todo lo que parecía inamovible en un momento se mueve y acaba desapareciendo”.
La decadencia del control
El final del juego de apariencias y sostenimiento de las tradiciones, que llega al extremo de la infantilización de los descendientes, llegará con Materno María Luparuelo y Biescas, el marido de Agustina Falceto, última inquilina del piso. Maternín, hijo de Materno, es un personaje consciente de su situación y entorno. De la castración vital que supone haber nacido en esa familia; de la ascendencia de una madre insatisfecha: “Capaz, inteligente y bien preparada, pero insatisfecha con su vida personal, con su matrimonio, se vuelca sobre el hijo y no lo deja desarrollarse”, tal y como apostilla Pallaruelo; y consciente de que no tiene control sobre su futuro.
Maternín y Agustina son distintos, diversos a su clase por nacimiento. Son sensibles y tienen inquietudes artísticas y sociales, lo que les lleva al desamparo y a vivir encerrados en su propia decadencia, desclasados y de espaldas a un patrimonio que su propia conciencia y consciencia les impide administrar.
“En una ciudad muy grande no puedes controlar a todo el mundo, hay libertad para todas las cosas, pero solo es verdad si la ciudad es grande”, subraya Pallaruelo. Y en esas ciudades que no son grandes, las ciudades de Aragón que el autor divisa desde el Pirineo, es en las que se encuentran las habitaciones de muebles viejos y grandes armarios de madera oscura repletos de cajas desvencijadas, atiborradas de papeles amarillentos, de momentos descoloridos y luces tintineantes ocultas entre visillos.
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