Que no hablen los 'culturetas'… para que nada cambie
La sociedad debe exigir a sus referentes que estén activamente en el mundo

Vivir en sociedad implica que cualquier gesto cuenta. / JOSEMA MOLINA

Cada cierto tiempo reaparece la misma exigencia dirigida a actores, músicos, escritores o cineastas: que no se metan en política. Que opinen de su oficio, de su proceso creativo o de su última obra, pero que se abstengan de posicionarse sobre la sociedad en la que viven. Como si la cultura pudiera existir al margen del mundo que la produce. Como si la neutralidad fuera posible.
Pero no lo es. Ni para ellos ni para nadie que habita en ella, parece mentira que a estas alturas haya que defenderlo.
No existe la neutralidad en el espacio público. Vivir en sociedad ya implica tomar partido, incluso cuando se elige no hacerlo. El silencio no es una ausencia de postura, sino una postura en sí misma, casi siempre funcional al orden existente. Presentarse como apolítico no es situarse fuera del tablero, sino aceptar sin discusión las reglas del juego. No es rebeldía, solo una pose.
Influencia simbólica
Los referentes culturales no son solo profesionales con talento; son figuras con capacidad de influencia simbólica. Su voz importa, y precisamente por eso se les pide que la moderen. Que no incomoden. Que no señalen. Que no rompan el delicado equilibrio de una supuesta normalidad que rara vez es justa para todos. Se les invita a entretener, emocionar o inspirar, pero no a cuestionar.
El reproche suele formularse en términos amables: divide, polariza, mezcla cosas, politiza lo que no debería. Como si la sociedad estuviera previamente unida y fueran las opiniones las que introdujeran el conflicto. Sin embargo, las fracturas no nacen de quien las nombra, sino de realidades materiales que ya existen. La desigualdad, la violencia, la exclusión o el autoritarismo no aparecen porque alguien hable de ellas. Aparecen cuando se normalizan y se silencian.
Además, la supuesta neutralidad nunca se exige en todas direcciones. Hay opiniones que pasan por sentido común y otras que automáticamente se etiquetan como políticas. Defender derechos básicos, denunciar injusticias o cuestionar privilegios se considera ideológico. En cambio, sostener el statu quo suele presentarse como natural, inevitable o técnico. Ahí se revela la trampa: lo político no es lo que incomoda, sino lo que se discute.
No es un territorio inocente
La cultura, históricamente, nunca ha sido un terreno inocente. Ha acompañado procesos de cambio, ha incomodado al poder y ha servido tanto para legitimar como para cuestionar el orden social. Hoy celebramos a quienes alzaron la voz en contextos difíciles, pero en su momento también fueron acusados de exagerar, dividir o salirse de su papel. El tiempo suele ser más generoso con quienes hablaron que con quienes miraron hacia otro lado.
No se trata de exigir a todos los creadores que opinen de todo ni de convertir cada obra en un manifiesto. Se trata de asumir algo más sencillo y honesto: tener una voz pública conlleva una responsabilidad, y ejercerla no debería ser motivo de escándalo, sino de debate democrático. Opinar no obliga a acertar, pero sí a implicarse.
Pedir a los referentes culturales que callen es, en el fondo, pedirles que no incomoden. Que no desordenen. Que no recuerden que vivir juntos es un acto profundamente político. Pero estar en el mundo, crear en él y beneficiarse de su atención ya es una forma de posicionarse. La diferencia está en si se hace de manera consciente o fingiendo que no existe.
Y quizá el verdadero problema no sea que hablen, sino que lo que dicen nos obliga a escucharnos. Y, ojo, no solo se habla con las palabras, también se habla (y mucho) con gestos desde tribunas a las que solo ellos pueden acceder.Juzguen ustedes mismos sobre qué mundo (callado) quieren, que habitemos.
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