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La cultura en las elecciones: "En resumen, hemos ganado los de siempre"

Nada cambia para la cultura que volverá a tener que pelear su espacio en la legislatura

La icónica escena de las elecciones en ‘Amanece, que no es poco’.

La icónica escena de las elecciones en ‘Amanece, que no es poco’. / EL PERIÓDICO

Daniel Monserrat

Daniel Monserrat

ZARAGOZA

En la icónica escena de 'Amanece, que no es poco', el pueblo entero se reúne para anunciar los resultados de unas elecciones absurdas. El alcalde, nervioso y lleno de formalidades ridículas, da paso a la noticia más esperada: «En resumen, hemos ganado los de siempre». Es un momento que encapsula la burocracia absurda, la tradición inamovible y la resignación colectiva… todo al mismo tiempo.

Tras las recientes elecciones autonómicas en Aragón, uno no puede evitar sentir un déjà vu similar. Cambian las campañas, aparece alguna nueva cara, pero al final, nada lo hace en el panorama cultural. Como los vecinos del pueblo de José Luis Cuerda, aplaudimos la rutina con una sonrisa resignada, mientras los cambios reales parecen tan improbables como un campesino discutiendo teoría cuántica con el cura.

Si trasladamos directamente la metáfora a la cultura, la escena se vuelve aún más punzante. El alcalde representando lo oficial, los vecinos exaltados representando lo mediático, y los excéntricos del pueblo —el profesor, el bibliotecario, el joven extraño— son como los artistas independientes: existen, crean, cuestionan, pero rara vez tienen protagonismo real. Mientras los festivales «de siempre» y las instituciones consolidadas se llevan la atención y los recursos, lo emergente sobrevive en la periferia, esperando su turno que casi nunca llega.

La importancia de lo esencial

No podemos olvidar la insistencia de los vecinos en debatir cosas irrelevantes mientras lo esencial pasa desapercibido. Exactamente igual que en demasiadas ocasiones en la política aragonesa y en la gestión cultural: se discute mucho sobre estructuras y decisiones políticas mientras los retos reales (apoyo a la creación local, financiación, visibilidad) quedan en el aire, como los murmullos del pueblo que nadie escucha.

Y ahí está la ironía final: todos sonríen, todos celebran, y todos saben que nada cambia realmente. La frase se convierte en mantra de la realidad aragonesa: «En resumen, hemos ganado los de siempre». Pero, como en la película, uno sonríe y sigue adelante. Porque incluso en la rutina absurda, la política predecible y la cultura conservadora, siempre queda un espacio para la sorpresa, la creatividad y la rebeldía… si alguien se atreve a romper el guion establecido.

En Aragón, el riesgo no es que ganen unos u otros (eso es parte del juego democrático), sino que el marco sea siempre el mismo. Que la cultura siga dependiendo de inercias, que el reparto de apoyos repita esquemas, que la renovación se limite a un relevo generacional sin cuestionamiento estructural. Que el amanecer sea, en realidad, una luz que ilumina lo de siempre.

La esperanza implícita

Sin embargo, la película también encierra una esperanza implícita. Su propio absurdo es una forma de rebeldía. Al exagerar la lógica del poder hasta el ridículo, la desnuda. Nos obliga a mirarla desde fuera. Quizá ahí esté la tarea cultural y política: introducir el elemento inesperado, el gesto que rompa el guion, la voz que no encaje del todo en la ceremonia.

Aragón necesita que más «vecinos excéntricos» tengan voz, que la política deje de repetir el mismo número año tras año, elecciones tras elecciones, y que la cultura deje de aplaudir solo lo que ya existe. Hasta entonces, podemos mirar la escena, reírnos y suspirar: sí, hemos ganado los de siempre… pero al menos podemos soñar con un amanecer distinto.

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