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La crítica de Javier Losilla del concierto de Los Hermanos Cubero: Una gozosa tienda de fronteras y márgenes

El dúo actuó este sábado en la sala Luis Galve del Auditorio de Zaragoza dentro de la programación del Inverfest

Los Hermanos Cubero, este sábado en la sala Luis Galve del Auditorio de Zaragoza.

Los Hermanos Cubero, este sábado en la sala Luis Galve del Auditorio de Zaragoza. / Pilar Hurtado

Javier Losilla

Javier Losilla

Zaragoza

Uno lee Los Hermanos Cubero y piensa en el nombre de una ferretería, una droguería e incluso una empresa de mudanzas. Pero Los Hermanos Cubero que nos ocupan, castellanos residentes en Cataluña, no venden tornillos, ni sartenes, ni trasladan muebles de un sitio a otro, aunque son especialistas en transmitir el sentimiento, la fuerza y el brío de la cultura de los márgenes. Eso lo hacen singularmente bien. Quique, guitarra y voz, algo así como un elegante alcarreño pasado por el Medio Oeste, y Roberto, firme tocador de mandolina que parece el ganador de un concurso de bluegrass, manejan la tradición con tamaño talento que el folclore que alimenta su repertorio, aunque de reconocidas raíces, trasciende el ámbito local para instalarse en un sugerente imaginario global. Volviendo a los márgenes: se trata de indagar en su riqueza (musical, en este caso) y de demostrar que lo liminal ni es sinónimo de escaso valor, ni tiene nada que envidiar a las creaciones de las grandes metrópolis.

Los Hermanos Cubero reformulan, sin desvirtuar su sentido, seguidillas, jotas, polkas y lo que se les ponga por delante, en ocasiones instrumentalmente y, en su mayoría, aportando nuevos matices sonoros, con textos que hablan de lo cotidiano, del compromiso con la tierra y con uno mismo y con los demás, de la ausencia... Apostados en el escenario como dos cohenianos pájaros en el alambre, Quique y Roberto atrapan al público como un imán los metales, sencillamente porque en su apuesta no hay ni falsos magos disfrazados de chinos, ni fuegos artificiales de los que no queman, ni pantallas multicolores que ocultan lo que no se quiere que veamos. Lo enganchan porque su propuesta es real y rigurosa, y despide el brillo de quien cree en lo que hace.

El sábado, en la sala Galve del Auditorio, los Cubero dieron un buen repaso a Cubero bueno, Cubero malo, su disco más reciente, del que prácticamente tocaron todas las canciones, destacando, por destacar algo en un conjunto muy bien resuelto, Seguidillas de Mondéjar, con un espectacular remate de jota;  Habas verdes de Valladolid y Muy tonto para Madrid, muy feo para Barcelona. Pero el programa dio mucho más de sí: desde el vals Canción para un final, canción para un principio, composición que registraron con la gran Rocío Márquez, hasta la hilarante Trabajando en la MCA, todo un guiño al celebrado grupo de Florida de rock sureño Lynyrd Skynyrd, pasando por Tenerte a mi lado, Como mis pesares, Sambenito, En la Alcarria siempre, Jota antigua y una versión de That’s How I Got To Memphis, canción que el muy admirado y recientemente fallecido Jerry Kennedy produjo para el intérprete de country Tom T. Hall.

Y de propina (tras los entusiastas aplausos, el dúo no podía cerrar la tienda así como así, pese a haber ofrecido un concierto largo), cuatro piezas antológicas: La calle abajo, Jota de los besos, G.U.A.D.A.L.A.J.A.R.A. y Levántate. Ya saben: si se encuentran a Los Hermanos Cubero no les pidan llaves, tornillos o cazuelas; díganles que les muestren la vitalidad cultural de los márgenes. Eso lo hacen como pocos.

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