Torrente y las ayudas al cine, historia de un debate ridículo
Nadie se escandaliza cuando la agricultura o la energía reciben apoyo a fondo perdido

‘Torrente, presidente’, de Santiago Segura, ha agitado el debate. / EL PERIÓDICO

En el debate recurrente sobre el cine español(desatado ahora con la llegada a los cines de 'Torrente, presidente') hay una trampa argumental que conviene desactivar desde el principio: la idea de que las ayudas públicas son una anomalía que distorsiona el mercado y que, en consecuencia, deberían desaparecer para dejar paso a un sistema puro (sea lo que signifique eso) donde solo sobreviva lo rentable. Es una premisa atractiva por su aparente simplicidad, pero profundamente equivocada.
El cine no es únicamente una industria; es también cultura, identidad y memoria colectiva. Y como ocurre con tantas otras expresiones culturales, su sostenimiento no puede depender exclusivamente de la lógica del beneficio inmediato. Nadie cuestiona que existan subvenciones para las bibliotecas o para la conservación del patrimonio histórico. Tampoco se escandaliza nadie porque sectores estratégicos como la agricultura o la energía reciban apoyo institucional. Sin embargo, cuando se trata del cine, emerge una indignación selectiva que revela más prejuicio que análisis.
Empobrecimiento evidente
Las ayudas públicas al cine cumplen una función esencial: permitir que existan películas que, aun siendo valiosas desde el punto de vista artístico o social, no podrían financiarse en condiciones de mercado puro. Historias pequeñas, miradas arriesgadas, lenguas minoritarias o propuestas formales innovadoras quedarían fuera del sistema sin ese respaldo. El resultado sería un empobrecimiento evidente del panorama cultural, reducido a fórmulas seguras y repetitivas.
Pero incluso dentro del cine más comercial, la realidad desmiente el relato simplista. Algunas de las películas españolas más exitosas de las últimas décadas han contado, en mayor o menor medida, con apoyo público. Ahí están casos como 'Ocho apellidos vascos', que se convirtió en un fenómeno social sin precedentes, o 'Lo imposible', una superproducción internacional que difícilmente habría asumido todo su riesgo sin un ecosistema de incentivos y ayudas. También 'El orfanato', que abrió la puerta a una nueva ola de cine de género en España, o incluso títulos premiados y muy vistos como 'Mar adentro'. El apoyo público no es incompatible con el éxito. De hecho, muchas veces forma parte del camino hacia él.
Convivencia de modelos
Defender las ayudas, por tanto, no implica despreciar el cine comercial. Al contrario, la convivencia entre ambos modelos es no solo posible, sino deseable. Las grandes comedias populares, los éxitos de taquilla o las franquicias reconocibles cumplen otra función igualmente legítima que es la de conectar con públicos amplios, sostener tejido industrial y generar recursos. De hecho, en muchos casos, ese cine comercial es el que permite que la industria en su conjunto respire.
El error está en plantear una falsa dicotomía. No se trata de elegir entre cine subvencionado o cine comercial, como si uno invalidara al otro. Se trata de entender que forman parte de un mismo ecosistema. Un país con una cinematografía sana necesita ambas cosas, películas que llenen salas y películas que amplíen el lenguaje, que incomoden o que simplemente cuenten historias que no caben en los márgenes de la rentabilidad inmediata.
Problema de ideología
Quizá el problema de fondo no sea económico, sino simbólico. Hay quien percibe el cine subvencionado como ideológicamente incómodo y, desde ahí, cuestiona su legitimidad. Pero ese es otro debate. Y mezclarlo con el modelo de financiación solo contribuye a enturbiar la conversación.
En lugar de alimentar trincheras, sería más útil asumir una evidencia: una industria cultural madura no renuncia a ninguna de sus patas. Ni al éxito popular ni al riesgo creativo. Ni al mercado ni al apoyo público. Porque cuando se entiende así, deja de haber conflicto y aparece algo mucho más valioso, el equilibrio.
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