Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Nunca hubo tanta cultura… y nunca importó tan poco

Entre plataformas, prisas y estímulos, el asombro se ha convertido en una rareza

¿Nos paramos a leer con tranquilidad?

¿Nos paramos a leer con tranquilidad? / ZOWY VOETEN

¿Ya nos sigues?Márcanos como medio preferente
Añádenos en Google
Daniel Monserrat

Daniel Monserrat

ZARAGOZA

Hay algo inquietante en la forma en que consumimos cultura hoy, todo está al alcance de la mano y, sin embargo, casi nada nos sorprende. Como si en algún momento hubiéramos cambiado el asombro por la disponibilidad. Quizá Max Weber ya lo vio venir cuando habló del desencantamiento del mundo. Un proceso en el que lo misterioso no desaparece, pero deja de asombrarnos y apelarnos directamente, porque todo parece explicado, accesible, domesticado.

La cultura no ha sido ajena a ese proceso. Durante mucho tiempo, acceder a una obra implicaba cierta liturgia en la que cada uno de nosotros entrábamos porque teníamos muy asumida. Hablo de entrar en una sala de cine, esperar la publicación de un libro, descubrir un disco casi por azar. Había una dimensión de espera, incluso de incertidumbre, que formaba parte de la experiencia. El encuentro con la obra tenía algo de acontecimiento. Hoy, en cambio, la cultura se ha integrado en la lógica de la inmediatez, plataformas, algoritmos, recomendaciones constantes. Desembocando todo en un grave problema, elegimos rápido, casi sin detenernos a pensar ni siquiera si es lo que necesitamos en ese instante.

No es una cuestión de cantidad

Y no, no es una cuestión de cantidad. Nunca ha habido tanta producción cultural ni tanta facilidad para acceder a ella. El problema es otro y aunque lo ocultemos lo conocemos de sobra porque no es solo cultural, se trata de la relación que establecemos con lo que consumimos. Cuando todo está disponible todo el tiempo, nada parece imprescindible. Cuando todo compite con todo, lo singular se diluye. En ese contexto, la intuición de Walter Benjamin sobre la pérdida del aura resulta sorprendentemente vigente, la reproducción técnica no solo multiplica las obras, también erosiona su capacidad de imponerse como experiencia única.

A ello se suma un fenómeno más contemporáneo, la saturación. Byung-Chul Han ha señalado que vivimos en una sociedad del exceso de estímulos, donde la atención se fragmenta y se agota. Y sin atención no hay asombro posible. El asombro exige tiempo, silencio, incluso cierta disposición a la incomodidad. Todo aquello que la cultura, convertida en flujo continuo, tiende a eliminar.

Pero sería demasiado fácil caer en la nostalgia. No se trata de afirmar que antes la cultura era mejor, ni de idealizar un pasado más lento y, en muchos aspectos, más limitado. La cuestión no es la abundancia, sino el modo en que nos situamos ante ella. Tal vez no hayamos perdido del todo la capacidad de asombro, quizá lo que hemos perdido es el espacio necesario para que ese asombro tenga lugar.

¿Empobrecimiento?

Porque el desencantamiento del mundo no implica necesariamente su empobrecimiento, sino una transformación en nuestra manera de percibirlo. Y en esa transformación hay margen para la resistencia. Frente a la lógica de la aceleración, caben gestos mínimos: leer sin prisa, ver menos pero con más atención, dejar que una obra nos incomode o nos desconcierte sin pasar inmediatamente a la siguiente. No es una cuestión de renuncia, sino de intensidad.

Recuperar el asombro, en ese sentido, no pasa por cambiar la cultura, sino por cambiar nuestra forma de habitarla. Volver a concederle peso a lo que vemos, a lo que leemos, a lo que escuchamos. Aceptar que no todo tiene que ser inmediato ni perfectamente comprensible. Quizá ahí, en esa pequeña resistencia frente a la lógica dominante, todavía sea posible reencantar un mundo que hace tiempo decidió dejar de sorprenderse. Yo me subo a ese barco, ¿alguien más?

Suscríbete para seguir leyendo

Tracking Pixel Contents