Del festival a la sala
Tame Impala, entre el ensoñamiento y el aquelarre en su asalto al Palau Sant Jordi
El grupo de Kevin Parker, un habitual del Primavera Sound, desplegó su pop psicodélico con ramalazos épicos y trance electrónico, asentado en su último álbum, ‘Deadbeat’

Kevin Parker durante el concierto de Tame Impala en el Palau Sant Jordi. / FERRAN SENDRA
Jordi Bianciotto
Tame Impala ya ha dejado de ser, para los barceloneses, ese grupo que esparce sus vibraciones lisérgicas en las largas tardes y noches del Primavera Sound (festival que ha visitado en cinco ocasiones desde 2013) y ya cuenta con un Palau Sant Jordi en su haber. Recinto lleno, este miércoles, en su debut en sala en la ciudad, entregado a su envolvente ritualismo psicodélico, propenso a la evasión y la danza.
Despegado de los imperativos festivaleros, Tame Impala trajo una producción contundente, con un escenario en semicírculo, una corona de focos flotante que cambiaba de formas y láser a discreción, todo ello activado desde el arranque con ‘Apocalypse dreams’, tema de su segundo disco (2012). Junto a Kevin Parker, un despliegue de cinco músicos con abundancia de sintetizadores. Es interesante ver cómo un género históricamente tan discutido como el rock progresivo puede revivir con un lavado de cara moderno: el eco de Yes, de aquel montaje redondo de su gira ‘Tormato’ (1978), y más en concreto, de ciertas derivas electrónico-cósmicas, en temas como ‘The moment’, y la propia voz de Kevin Parker, con sus agudos y falsetes, insinuó paralelismos. En ‘Elephant’, pieza más rocosa y guitarrera, de sus primeros tiempos, el ascendiente era más lejano si cabe y apuntó a Pink Floyd etapa Syd Barrett.
Pero los australianos compensaron la pompa con pistas bailables encaminadas a hacernos perder el mundo de vista. Tramas ‘house’ infecciosas en ‘Breathe deeper’ y un eficaz techno-funk en ‘Dracula’, tema del último álbum, ‘Deadbeat’, que nos recordó que Parker es coautor del discotequero ‘Houdini’, de Dua Lipa. El nuevo material deslizó sus textos cabizbajos, en los que Parker parece conjurar sus demonios (“soy un perdedor, soy una tragedia”, cantó en la bonita y desvalida ‘Loser’), y alimentó el ‘set’ en el escenario B, que no fue precisamente acústico, como suele ocurrir, sino todo lo contrario: Parker, solo con sus cachivaches, orquestando una ‘rave’ a partir de la instrumental ‘No reply’.
Las canciones de ‘Deadbeat’ se inspiraron en las fiestas electrónicas en los bosques australianos, y también piezas antiguas, como ‘Let it happen’ (con su lluvia de confeti), implantaron el aquelarre en el Palau Sant Jordi en un bloque final que acogió algunas inesperadas y apreciables miniaturas pop, como ‘Yes I’m changing’. En el bis, ‘My old ways’ rearmó el techno-trance, y la pasarela para el baile siguió dispuesta en ‘The less I know the better’ y en un ‘End of summer’ redoblado con extra de bombo, ilustrando que Tame Impala es un grupo que puede moverse sin apuros entre sutileza y la aparatosidad.
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Fuente: El Periódico
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