Jordi Mollà, un hombre del Renacimiento "enamorado" de Aragón: "El cierzo os da un toque de locura maravilloso a los zaragozanos"
El actor y pintor, que tiene familia en Zaragoza, ha estrechado sus lazos con la comunidad gracias a la exposición que acaba de inaugurar en el Museo de Huesca

Jordi Mollà, el pasado miércoles en el Museo de Huesca, donde inauguró su exposición de pintura. / dga

Además de actor, director, pintor y escritor, Jordi Mollà es un tipo discreto. De hecho, poca gente conocía la estrecha relación que le une con Aragón; una fuerte vinculación que se ha hecho pública esta semana gracias a la exposición que ha inaugurado en el Museo de Huesca y que se podrá visitar hasta el 14 de junio. En ella, el artista catalán ahonda en ese nexo de unión con la comunidad y al mismo tiempo homenajea a su hermano Antonio, casado con una zaragozana desde hace 30 años.
«La propuesta partió de mí. Hace un año me puse a pintar estos cuadros y ya tenía otros que encajaban muy bien con el concepto de esta muestra, con la que quiero dejar claro que soy un enamorado de esta tierra, además de rendir tributo a mi hermano y mi cuñada Teresa», explica Mollà a este diario.
Debido a esa conexión familiar, el actor, que habitualmente vive entre Miami y Madrid, no ha dejado de visitar la capital aragonesa en estos últimos 30 años. «Yo soy discreto por naturaleza y no lo he proclamado a los cuatro vientos, pero cuando vengo a Zaragoza siempre vengo al mismo hotel, donde me tienen preparada siempre la misma habitación y soy casi como de la familia», comenta el pintor, que destaca que casi todas las navidades las ha pasado aquí en todo este tiempo: «Sobre todo desde que nacieron mis sobrinos».

Jordi Mollà, el pasado miércoles en el Museo de Huesca con su hermano Antonio y su cuñada Teresa. / dga
Sin embargo, su vínculo con Aragón se empezó a fraguar incluso un poco antes, durante el rodaje de Jamón, jamón en 1991. La célebre película de Bigas Luna (1946-2013) se rodó casi íntegramente en Los Monegros, con Penélope Cruz, Javier Bardem y el propio Mollà como protagonistas. «La verdad que ese paisaje lunar es increíble, pero he de reconocer que sufrí mucho en esas nueve semanas de grabación. Hizo un frío exagerado y rodar allí a las tres de la madrugada, tela marinera... Íbamos todos con ropa de verano y fue duro. Recuerdo que Penélope también lo pasó mal con el vestidito que llevaba...», rememora Mollà, cuya actuación en esa película catapultó su carrera.
El mítico filme le regaló además una gran amistad con Bigas Luna, un director crucial en su trayectoria. Y de él también heredó su cariño por la comunidad: «Bigas era un enamorado de estas tierras, porque su mujer Celia también era aragonesa. Al final, parece que todo está conectado. El cierzo que tenéís aquí os da un toque de locura maravilloso, como ocurre también en el Ampurdán, así que nada es casual. Este viento os vuelve a todos un poco majaras, pero es parte del encanto surrealista del aragonés, siempre echado para adelante y noble».
Una pasión en secreto
De Bigas Luna también heredó su pasión por los pinceles: «Sí, yo empecé a pintar por él, ya que era un tremendo artista. Al hacer juntos varias películas, como Volavérunt o Son de mar, nos hicimos muy amigos y un día me regaló unas tintas chinas». A partir de entonces, el joven Mollà se empezó a convertir en una especie de hombre del Renacimiento, cultivando diferentes disciplinas. «Toda esa explosión en mi cabeza ocurrió al cumplir los 25. Ese año hice mi primer corto, empecé a escribir un libro y me puse a dibujar, aunque eso lo llevaba en secreto. Yo pintaba para mí y no pretendía exponer, pero llegó un momento que decidí comunicarlo. Monté mi primera exposición en Madrid y coincidió con mi primera película como director, así que fue como abrazar todas esas disciplinas. Recuerdo que tenía 33 años, porque fue cuando rodé Blow con Johnny Depp», rememora el actor.
En este sentido, de lo que más satisfecho se siente es de haber animado a otras personas a seguir sus pasos y abrazar diversas disciplinas. «En esa época era muy raro que uno pudiera hacer varias cosas al mismo tiempo e incluso hubo gente que me criticó, pero yo sabía que esa pluralidad iba a llegar a muchas personas. Uno pude ser mucho más que un actor y creo que mi ejemplo ayudó a otros en el campo creativo», subraya.
De esa primera exposición en Madrid ha pasado mucho tiempo y desde entonces ha mostrado su obra en varios países. Sin embargo, nunca había expuesto en Aragón. Así, su aterrizaje en el Museo de Huesca salda una deuda pendiente. La muestra se titula Antonio Teresa Aragón y se compone de 22 cuadros. «En ellos hay muchos símbolos con una referencia conceptual a Aragón y a su bandera, uniéndolos con otros de Cataluña y Valencia y construyendo así mis mundos más queridos. En el aspecto formal me acerqué aún más al lenguaje de Tàpies, que era catalán como yo y cuya mujer también se llamaba Teresa. Nada es por casualidad en mi pintura», destaca Mollà, que es buen amigo del senador aragonés del PP Javier Campoy (el año pasado, de hecho, fue pregonero de las fiestas de Maella, localidad natal del político).
El pintor fue tirando de la cuerda de esa amistad y su propuesta llegó al director general de Cultura de la DGA, Pedro Olloqui, que abrazó con fuerza la iniciativa. «Fue él el que propuso hacer la exposición en Huesca y la verdad que ha sido todo un acierto», concluye Mollà.
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