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¿Quién mató a los pueblos del Pirineo?

Fernando Vera lleva a los cines ‘Con la tierra en los pies’, una reivindicación de las raíces

Una escena de ‘Con la tierra en los pies’.

Una escena de ‘Con la tierra en los pies’. / EL PERIÓDICO

Daniel Monserrat

Daniel Monserrat

ZARAGOZA

En una de las escenas que más me ha impactado de 'Con la tierra en los pies', ese documental con una historia ficcionada que lo atraviesa del aragonés Fernando Vera, Rafael Latre, vecino del valle de Vió, cuenta que un día en la escuela se sorprendieron al verle dibujando un camión. En Nerín no había ni vía de acceso por lo que, obviamente, los camiones no habían llegado nunca a la población. El niño los veía desde su pueblo porque estos estaban esquilmando los bosques que había debajo de Nerín. La prioridad había sido construir una vía de acceso para poder explotar esos bosques que para que los propios vecinos de la población pudieran entrar o salir para vivir con más comodidad.

'Con la tierra en los pies' acaba de llegar a las salas (en Zaragoza se puede ver en los Aragonia) y es un artefacto cultural de primer orden. Por la historia que cuenta, por cómo es capaz de trasladarla a la pantalla, por la reivindicación de un mundo rural y pirenaico que todos decimos mar, y, también, por una demostración más de que estamos viviendo de espaldas a la naturaleza, al medio que habitamos y, en ello, la cultura debería tener su propia responsabilidad. Para eso, entre otras cosas, debe servir la cultura.

Un filológo alemán en 1930

El filme retrata el viaje de un filólogo alemán, Rudolf Wilmes, que en 1930 llega al valle para durante dos meses profundizar en el trabajo de su tesis en torno a la lengua aragonesa y la forma de vida de la zona. A partir de ahí, lo que consigue Fernando Vera (que vuelve a sorprender con el mimo y la precisión con la que trata sus audiovisuales) es trazar un recorrido vital por la vida de Nerín que en aquellos años era una especie de resistencia del romanticismo (con la industrialización todavía sin haber penetrado con fuerza en España) y que, poco a poco, va viendo como empieza la emigración forzada de sus habitantes respondiendo a la llamada de lo urbano.

A partir de ahí, la producción aborda muchos temas (y ninguno de una manera banal) que van desde el ostracismo de la propia lengua aragonesa (la llega de la industralización tampoco ayudó a su pervivencia) a cómo empieza a morir una población cuando se cierra su escuela pasando por otras penalidades por las que tuvo que pasar un lugar al que tardó mucho en llegar el agua a la casas o incluso la propia luz. Y ahí empieza a latir con fuerza la idea de si la despoblación se pudo haber evitado, o dicho de otra manera, si se ayudó de manera consciente (o no, eso ya queda en la visión de cada uno) a que los pueblos tuvieran que vaciarse porque se quitaron todas las condiciones para su supervivencia.

Muy loables son los testimonios de los vecinos de la zona en los que no se trasluce ni una denuncia ni una mala palabra solo un grito de tristeza y pena por la conciencia de una vida que ya no va a volver en pos de un progreso que igual no lo es tanto.

Un Pirineo de fin de semana

En otro momento de 'Con la tierra en los pies', Manuel Campo Vidal es contundente y afirma con toda la crudeza posible que todos queremos ir al Pirineo en fin de semana y en vacaciones y encontrárnoslo perfecto, pidiéndole a sus habitantes que cuiden los caminos, que eviten los incendios... mientras nosotros seguimos viviendo cómodamente en nuestras ciudades.

Vayan al cine a ver 'Con la tierra en los pies' porque es un ejercicio necesario para recordar de dónde venimos, pero, sobre todo, para tener claro a dónde queremos ir si no queremos acabar con el medio que habitamos. Yentonces entenderán, como a mí me ha sucedido, qué pertinente es la siguiente pregunta, ¿los seres humanos tenemos derecho a vivir donde queramos, con todo lo que eso puede suponer?

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