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El historiador Daniel Aquillué analiza la inmortalidad de Zaragoza: "La especulación y la ignorancia han destruido más patrimonio que las bombas napoleónicas"

El historiador ha escrito una biografía de la capital aragonesa, desde sus inicios romanos hasta el presente, en ‘Zaragoza, ciudad inmortal’

Daniel Aquillué acaba de publicar 'Zaragoza. Ciudad inmortal'.

Daniel Aquillué acaba de publicar 'Zaragoza. Ciudad inmortal'. / Pablo Ibáñez

Zaragoza

El 14 de junio de 1908, un real decreto de Alfonso XIII declaraba que Zaragoza era merecedora del título de 'inmortal', uno de los seis que ostenta la urbe: muy noble, muy leal, muy heroica, siempre heroica, muy benéfica e inmortal. El último libro de Daniel Aquillué, ‘Zaragoza, ciudad inmortal’ (La Esfera de los Libros), comienza en ese punto.

Especialista en Historia contemporánea de España y estudioso del siglo XIX, Aquillué apuesta por adentrarse en otras épocas y realizar una síntesis de la historia local. Pero, más que un estudio historiográfico al uso, preñado de cifras y nombres, es una memoria biográfica de la ciudad a lo largo de los siglos, de sus singularidades y de los modos de vida que la han poblado desde hace más de 2.000 años.

“Este libro me obligaba a salir de mi zona de confort decimonónica. Tuve que estructurar y pensar qué quería contar y qué no”, indica Aquillué. Desde la honestidad que hace patente en el prólogo, Daniel Aquillué (Zaragoza, 1989) explica que se trata de “una selección de determinados procesos, acontecimientos y personajes que he creído relevantes para el devenir histórico de Zaragoza. No está todo exhaustivo, para eso hay una amplísima bibliografía”.

La lente desde la que mira el autor el devenir de la historia zaragozana es clara: “Ver quiénes han construido la ciudad, quiénes la han destruido, quiénes han creado determinadas tradiciones y cómo las han usado”. En este viaje espacio temporal busca poner en valor el patrimonio existente y el que existió, cómo y por qué se concibió y se perdió.

En cada capítulo, una localización

Con ese principio narrativo, el libro sigue un orden cronológico donde está “lo fundamental” y se agregan selecciones particulares de la historia local y social, así como buscar conexiones más allá de lo local. “Para hablar de la conquista de Zaragoza en 1118, hablo de la conquista de Jerusalén por los cruzados unos años antes, que están más vinculados de lo que parece”, ejemplifica Aquillué.

Además, al final de cada época, ficciona un paseo por la Zaragoza de cada tiempo. “Los historiadores tenemos que volcarnos más en ofrecer síntesis e investigaciones accesibles, en el formato que sea”. Por eso el autor se permite esta licencia literaria para trabajar la microhistoria, lo cotidiano sobre el que se cimientan revoluciones, evoluciones, conquistas y cambios culturales y políticos.

Cada capítulo del libro comienza en un lugar distinto de la ciudad. “El capítulo dedicado a la Ilustración, por ejemplo, lo he querido empezar en Casablanca, que es adonde llegan las aguas del Canal Imperial en 1786 y donde Ramón Pignatelli erige esa Fuente de los Incrédulos; es una obra faraónica, un proyecto netamente ilustrado muy relevante para la ciudad y para el desarrollo de los futuros barrios de Casablanca y Torrero”, detalla Aquillué, que el pasado 23 de abril fue uno de los autores más demandados gracias a su nuevo ensayo.

La riqueza artística e histórica de la denominada como ciudad inmortal encierra momentos apasionantes. Dentro de la dificultad de elegir una de esas fotos fijas, Daniel Aquillué huye de su gusto por el siglo XIX y se decanta por el disfrute que le ha supuesto documentar la Zaragoza medieval y moderna, sobre todo, la de los siglos XVI y XVII: “Esa ciudad de aires italianizantes, con tantos palacetes, conventos, con ese pulso social tan fuerte. Los viajeros que venían de fuera hablaban de una ciudad con aire a Italia que ofrecía un panorama de una ciudad muy rica, tanto económicamente como artísticamente”.

En cuanto a qué sucesos fueron más decisivos, Aquillué valora la huella que dejó el inicio del siglo XIX: “Los Sitios de Zaragoza son un trauma colectivo. También la creación de una identidad de ciudad resistente y de mito que enlaza con lo nacional”, significa Aquillué, quien tampoco ignora los traumas urbanos y humanos que dejó la más reciente Guerra Civil.

Mirar más allá de la basílica del Pilar

¿Y qué pasó con toda esa acumulación de riqueza cultural? “Se echa la culpa a los franceses, en 1809. Evidentemente, con los bombardeos de los sitios un 30% del casco urbano quedó muy dañado, pero ¿y el 70% restante? Los últimos 150 años han sido terribles, la especulación y la ignorancia han destruido más patrimonio que las bombas napoleónicas”. Aquillué es elocuente al tasar la falta de políticas efectivas sobre la conservación del patrimonio zaragozano que, en su opinión, deberían consistir en algo más que evitar “que no se caiga” y señala que “en otras ciudades lo han integrado muy bien”.

"Al teatro (romano) lo salvó el buen hacer del cemento romano"

Daniel Aquillué

— Autor de 'Zaragoza, ciudad inmortal'

Aquillué considera que la época más destructiva fue la de la dictadura franquista. La política desarrollista de las décadas de los 60 y 70 fueron “un puñal en el corazón de Zaragoza” y destaca la intervención en la plaza del Pilar: “No tiene nombre; bueno sí, barbarie”. Otro de los adjetivos que usa es “desolador”, para describir cómo se abrieron las entrañas de la ciudad y se destruyó sin miramientos para ensanchar calles, como San Vicente de Paúl, o se dejó caer el caserón de la Magdalena que albergaba a la Universidad de Zaragoza y “al teatro (romano) lo salvo el buen hacer del hormigón romano”.

“Este libro quiero que sirva para los propios zaragozanos y zaragozanas, para redescubrir la ciudad y valorarla, que no nos valoramos y no la cuidamos”. Pero para Aquillué también es una guía para visitantes, para que “puedan viajar primero con la palabra y luego que vengan personalmente a conocernos”. Quiere que el turismo -y los oriundos- salga de ese “empecinamiento” por el Pilar, porque “Zaragoza es mucho más” y hay que sostenerla para que siga siendo inmortal.

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