Soledad Puértolas visita su Zaragoza natal: "Solo me siento libre de verdad cuando estoy escribiendo"
La escritora y académica presenta en el Patio de la Infanta 'En el camping', un libro de diez relatos breves con el paso del tiempo como gran telón de fondo

Soledad Puértolas en el Patio de la Infanta. / JAIME GALINDO

Soledad Puértolas (Zaragoza, 1947) es una de las grandes referencias del género del cuento en España. El pasado febrero lo volvió a demostrar cuando publicó 'En el camping' (Alfaguara), un nuevo libro de relatos breves en el que habla de la amistad, la soledad, su huida de la autoficción y sobre todo del paso del tiempo. La escritora y académica lo ha presentado en el ciclo Martes de Libros de la Fundación Ibercaja.
¿Hay algún nexo de unión entre estos diez relatos de temáticas tan diversas?
Creo que la opinión de la escritora es la menos importante en este sentido, pero quizá la mayor preocupación que yo veo entre todos ellos es el transcurso del tiempo. Las señales que va dejando en nuestras vidas y cómo nos van modulando. Creo que eso es algo común en estos diez relatos, pero siempre con cierta distancia. Al final, si algo me ha enseñado el paso del tiempo es a mantener esa distancia con respecto a la vida. Es algo que en la infancia y en la juventud no tienes porque parece que todo se precipita. Por supuesto, este no es un regalo inocuo, pero no lo veo como algo negativo. Ahora tengo una visión más completa y sosegada de la que he podido tener en el pasado.
También reflexiona sobre la soledad. ¿El paso del tiempo la hace más temible?
Bueno, la soledad siempre es terrible. Es un problema del ser humano sin resolver y efectivamente se acentúa con la edad. Al final, la soledad es de cada uno y te puedes sentir solo aunque vivas en familia. Quizá es que no estamos lo suficientemente preparados para la vida... Pero no hay más, cada uno lo acepta como puede.
Ha publicado grandes novelas e incluso ganó el Premio Planeta, pero siempre vuelve a los relatos. ¿Qué es lo que más le gusta del género?
La concisión, la brevedad, ese impulso que lo inspira. En mi caso, esa pulsión tiende a ser poética. No te voy a decir de elevación porque igual suena muy pretencioso, pero sí que se produce una cierta separación de la realidad para darle un sentido. Y en mi opinión eso es algo muy próximo a la poesía. La novela está más atada a la realidad. A mí me encanta escribir novelas, pero en ellas el lastre de la realidad pesa más. Ya te digo, en el cuento veo algo más poético y a mí eso me gusta mucho.
Ahora que habla de realidad, en el relato titulado ‘Escritores que hablan de sus vidas’ ironiza sobre el género de la autoficción. ¿Ese era el objetivo?
Hablo de un escritor que recibe el encargo de escribir para una revista un texto que hable de su vida y es cierto que hay cierta ironía. Pero claro, es que a ese autor le encomiendan algo en lo que no se reconoce porque le cuesta hablar de sí mismo. Siente un distanciamiento hacia ese género, que es el mismo que siento yo. La verdad que me reí mucho escribiendo ese cuento.
¿También huye de la autoficción como lectora?
Sí, sí, totalmente. Otra cosa son los diarios, que nada tienen que ver con ese género. De hecho, hay diarios que me encantan, como los de Cesare Pavese o Katherine Mansfield. Dicho esto, me parece perfecto que haya escritores que hagan autoficción. Simplemente es que yo no me sentiría libre haciéndolo porque sería presa de la imagen que tengo de mí misma. Lo que busco con mi literatura es ponerme en la piel de otros y que mis personajes sean libres, salir de mí misma...
"Siempre que vengo sigo reconociendo a la Zaragoza de mi infancia"
Uno de los relatos lo dedica a Miguel Servet. ¿Como surgió ese cuento?
Sí, me gustó mucho escribirlo. Pues mira, surgió un día en Zaragoza, al ver la estatua que hay al lado del hospital; en la que por cierto el pobre no sale muy agraciado... Bueno, la historia es que empecé a buscar información sobre esa estatua, seguí escarbando y al final me inventé el personaje de esa anciana de Villanueva de Sijena que se encuentra el monumento de su paisano.
Usted se fue a Madrid con su familia cuando tenía 14 años. ¿Sus recuerdos de Zaragoza se han colado de forma recurrente en su literatura?
Sí, sí, mucho. Lo que pasa que unas veces se nota y otras no. En este libro también está el relato titulado 'Del Danubio al Maestrazgo'. Mi padre era un apasionado de su territorio y nos lleva de un lado a otro, así que nos lo hemos pateado bastante. En Zaragoza viví mis primeros años y eso siempre te marca.
¿En algún momento se ha planteado vivir de nuevo en Zaragoza?
La verdad que nunca ha surgido la posibilidad, pero sí te diré que cuando mis padres vendieron el piso que teníamos en la calle Sanclemente nos dio mucha pena a todos. Ya éramos mayores, pero fue como una especie de duelo, de cerrar una etapa que ya no iba a volver. De hecho, las primeras veces que regresé a Zaragoza lo hacía con el corazón en un puño. Ahora esa nostalgia ya ha desaparecido y me encanta visitar la ciudad de mi infancia, a la que sigo reconociendo.
¿Cómo afronta actualmente su oficio de escritora? ¿Lo hace de una forma más sosegada?
Bueno, yo nunca he sido una escritora de ocho horas al día ni muchísimo menos. Mi vida sigue estando fundamentada sobre la literatura, pero no estoy todo el día escribiendo. Leo, cocino, voy a nadar, estoy con mis nietos... Mi vida es más que escribir, pero hay una cosa que no ha cambiado: yo solo me siento libre de verdad cuando estoy escribiendo. Es mi hábitat natural, un terreno amplio donde puedo hacer lo que me dé la gana. De hecho, todo lo relacionado con mi profesión que no sea escribir ya me cuesta un poco de esfuerzo.
En el año 2010 se convirtió en la quinta mujer en ingresar en la Real Academia Española y allí ha seguido todo este tiempo. ¿Cómo ha vivido las recientes críticas a la RAE acusándola de utilizar un registro "cada vez más vulgar"?
Lo primero que hay que dejar claro es que la Academia no tiene poder legislativo y pienso que lo que debe hacer es atender al uso de la lengua allá donde se habla. Una lengua que, por cierto, ha cambiado muchísimo y a la que tiene que adaptarse. Covarrubias ya decía en el siglo XVI que la lengua es para los listos y para los idiotas. Es decir, para todos. Todo eso del debate sobre lo vulgar es complicado... Lo que quiero decir es que la lengua es un ente vivo y no creo que la función de la academia sea hacer cumplir unas normas estrictas que puede que ya no estén en vigor. La idea del uso es la que predomina y es la que creo que hay que mantener.
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