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¿Por qué ya no se escucha en los conciertos?

La música exige un respeto del público por el artista y por el resto que está desapareciendo

El Rock & Blues de Zaragoza durante uno de sus conciertos.

El Rock & Blues de Zaragoza durante uno de sus conciertos. / JAIME ORIZ

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Daniel Monserrat

Daniel Monserrat

ZARAGOZA

Será que uno empieza a hacerse mayor y, además, de multiplicar su faceta de cascarrabias, empieza a idolatrar un mundo anterior. Hubo un tiempo en el que ir a un concierto implicaba algo parecido a un pacto silencioso. Uno compraba una entrada no solo para estar allí, sino para escuchar. Escuchar de verdad. Seguro que algunos ya saben por dónde voy. La música era el centro de todo: las canciones, los matices, el silencio entre temas, incluso los errores del artista tenían algo casi sagrado. Hoy, sin embargo, cada vez resulta más difícil disfrutar de un concierto sin sentir que alrededor hay una conversación permanente de fondo.

El pasado lunes, Zaragoza vivió uno de esos momento únicos, Coque Malla decidió dar un concierto en el Rock & Blues para apenas 200 personas. Yo tuve la gran fortuna de vivir ese momento en el que al artista se le ve de manera diferente que en un gran recinto. Pues, aunque las entradas se agotaron en dos horas, hubo unas cuantas personas del público que no pararon de murmurar hasta el punto de que el resto les chistó en varios momentos porque ni se oía a Coque Malla.

No es una terraza abarrotada

No hablo de cantar una canción conocida, emocionarse o comentar algo puntual. Eso siempre ha existido y forma parte de la experiencia colectiva. Hablo de otra cosa, de quienes convierten un concierto en el equivalente sonoro a una terraza abarrotada. Personas que pasan minutos enteros hablando con el de al lado mientras el músico toca, como si la música fuese simplemente ambientación. Y lo peor es que parece haberse normalizado.

Cada vez más, asistir a un directo implica aceptar una especie de murmullo constante que nunca desaparece. Da igual que el artista esté interpretando una balada íntima o un solo delicado, siempre hay alguien contando una anécdota, comentando el trabajo o preguntando dónde irán después.

Quizá tenga que ver con la manera en la que consumimos cultura hoy. Vivimos rodeados de estímulos, incapaces muchas veces de sostener la atención durante demasiado tiempo. Escuchar exige cierta paciencia, cierta entrega. Y eso parece haberse vuelto incómodo. Incluso en conciertos pequeños, donde antes reinaba un respeto casi automático, ahora es frecuente encontrar grupos hablando durante toda la actuación sin el menor reparo.

Más pantallas que caras

También influye la obsesión por registrar constantemente la experiencia. Hay conciertos donde se ven más pantallas que caras. Personas grabando canciones enteras que probablemente nunca volverán a mirar. Y entre vídeo y vídeo, conversación. Como si lo importante ya no fuera vivir el momento, sino demostrar después que se estuvo allí. El concierto se transforma entonces en un decorado para la vida social y digital de cada uno.

Lo paradójico es que muchas veces quienes realmente quieren escuchar terminan sintiéndose incómodos por pedir silencio. Parece que el maleducado sea el que se gira y dice «¿os importa hablar más bajo?», cuando en realidad está reclamando algo elemental, respeto por el artista y por el resto del público.

Celebración y desahogo

No se trata de idealizar el pasado ni de convertir los conciertos en auditorios solemnes donde nadie pueda moverse o expresarse. La música en directo también es celebración, desahogo y comunidad. Pero precisamente por eso resulta triste comprobar cómo, en muchos casos, la música ha dejado de ocupar el lugar principal.

Tal vez el problema no esté solo en los conciertos, sino en la dificultad creciente para callar y prestar atención. Escuchar de verdad se ha convertido casi en un acto raro. Y quizá por eso molesta tanto ese murmullo constante. Porque en el fondo nos recuerda que incluso en un lugar creado para la música, cada vez cuesta más encontrar gente dispuesta simplemente a escuchar. Sí , soy un cascarrabias.

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