Alberto Álvarez, el torero que cayó en una trituradora: "Soy el único padre del mundo que va a aprender a caminar a la vez que su propia hija"
El diestro ejeano afronta un largo proceso de rehabilitación con el irrenunciable objetivo de optimizar plenamente las funciones motoras de sus piernas afectadas


Alberto Álvarez Navarro (Ejea de los Caballeros, 1980), torero recientemente retirado durante la última Feria del Pilar se halla varado irremediablemente en una habitación de la Mutua de Accidentes de Zaragoza (MAZ). Acaba de llegar procedente de la Unidad de Traumatología del Hospital Universitario Miguel Servet de Zaragoza donde según afirma Verónica, su pareja, hace tan solo algo más de una semana, “primero le salvaron la vida, y después las piernas” en un trabajo del equipo médico realmente excepcional y bajo una presión extrema.
Había llegado a dicho centro hospitalario el pasado 2 de mayo en un helicóptero medicalizado desde el Centro de Alta Resolución de Ejea al que recaló dejándose, literalmente, la vida a chorros. Una hemorragia masiva estaba secándole la vida por momentos después de haber sido atrapado por una máquina trituradora cuando se disponía a servir el alimento diario a las reses de su ganadería de lidia.
Un espacio ocioso entre sesiones de vaquillas en Borja, donde se encontraba, fue aprovechado para acercarse hasta La Valareña. Allí, solo en la explotación, manipuló la maquinaria que acabaría por engullirlo sin que nadie pudiera auxiliarlo.Instintivamente consiguió deshacerse de la captura saltando abruptamente al exterior del mecanismo hasta alcanzar un teléfono móvil. Todo lo que sucedió después forma parte de una nebulosa indefinida: su paso por la UCI; los tremendos dolores de esas primeras horas; los fugaces recuerdos de toda una vida…
Un afortunado
Si alguien esperaba encontrarse con un enfermo doliente, resignado y apocado sorpende el talante sereno del paciente al que sin duda impulsa el motor de torero que mueve a esa determinación. La sonrisa perenne de Alberto es marca de la casa. “¿Sabes por qué puedo reír? Porque estoy vivo”. Primera sentencia de hombre juicioso. Así, como si se le hubiera caído de la boca sin darle, sin darse importancia.

Alberto Álvarez tiene un largo periodo de recuperación por delante. / EL PERIÓDICO
Y con esa apabullante natauralidad suelta de golpe la segunda ocurrencia: “Voy a ser el único padre del mundo que va a aprender a caminar a la vez que su propia hija”, carcajea. A Macarena, apenas diez meses, le atribuye la fuerza que necesitó para deshacerse de las fauces de la trituradora. Y en ese instante una lagrimilla se abre paso por su rostro fundiéndose con una mueca cómplice.
El futuro
Como recién llegado a la MAZ, en lo estrictamente médico se abre un periodo dedicado a delinear el diagnóstico más concreto posible. En su actual estado entrarían en juego tres funciones esenciales: la muscular, la vascular y la nerviosa. Por sus especificidades, esta última merece especial atención para abordar el procedimiento médico más conveniente.
Claro que el positivismo con que Alberto Álvarez afronta la situación es realmente ejemplar. Acostumbrado como está al sacrificio que “aprendemos desde que queremos ser toreros, tampoco será por capacidad de sufrimiento”. E inmediatamente recuerda a su entorno, gentes de su círculo más próximo que en su ausencia están sacando adelante el día a día en un ejemplo de generosidad que deberá tener prolongación, al menos, durante un futuro próximo.

Alberto Álvarez con su prometida, Verónica, en la habitación del hospital. / EL PERIÓDICO
“Yo no voy a quedarme quieto ¿eh? Ya sabes que mi cabeza no para y tengo que hacer algo para poder subirme al tractor y valerme por mí mismo”. Ahí aflora el manitas, el creador, por ejemplo, de aquel toro mecánico que sorprendió al sector taurino porque le embestía como un autómata en sus entrenamientos como torero.
Resulta extraño verlo postrado con las piernas cubiertas por unas medias blancas de compresión y no con las rosadas de torero, con esa espiguilla bordada que nace en el talón y se encarama casi hasta la rodilla. Sin unas bandas refulgentes bordadas en oro a los flancos exteriores de unas piernas ahora posadas, quietas pero en estado de “prevengan” aguardando impacientes el día uno de la nueva lucha, la batalla diaria de la rehabilitación. Y sonríe.
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