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El emocionante microrrelato que ha ganado el premio de la Feria del Libro de Zaragoza

El concurso Historias de autobús entrega los galardones de su quinta edición

La ganadora, Luisa Mullor, en el centro, durante la entrega de premios en la Feria del Libro de Zaragoza.

La ganadora, Luisa Mullor, en el centro, durante la entrega de premios en la Feria del Libro de Zaragoza. / Feria del Libro de Zaragoza

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Daniel Monserrat

Daniel Monserrat

Zaragoza

El V Premio Avanza de Microrrelatos Historias de autobús, convocado por la Feria del Libro de Zaragoza, ha recaído en el relato ‘La parada de siempre’, de Luisa María Mullor Sarsa. El relato finalista ha sido ‘De excusión’, de Alba Moreno, mientras que ‘El bus de las croquetas’, obra de Cristofer David Amaya Olmos, ha obtenido el premio en la categoría Juvenil. El relato ganador recibe un premio de 500 euros y el finalista de 200 euros, mientras que la categoría Juvenil está dotada con 100 euros canjeables por libros en las editoriales y librerías asociadas.

El fallo del jurado se hizo público el miércoles durante un acto, organizado en el marco de la Feria del Libro de Zaragoza, en el que Ana Rodríguez, gerente de Comunicación de Avanza Zaragoza, Daniel Viñuales, presidente de la Comisión Permanente del Libro de Zaragoza (Copeli) y Mariela Cisneros, secretaria de la Asociación Aragonesa de Editores (Aeditar), han hecho entrega de los premios a los autores.

A este galardón literario, en su quinta edición, han concurrido en torno a 200 escritoras y escritores con sus relatos. El jurado, formado por representantes de Avanza, Copeli y las Asociaciones Aragonesas de Escritores, Libreros y Editores, ha destacado la calidad literaria de los textos y su creatividad, así como la puesta en valor del autobús en la vida cotidiana de las personas.

Este es el relato ganador:

'La parada de siempre'

Conduzco la misma línea desde hace once años. Sé dónde suben las mochilas, dónde se llenan los carros de la compra y en qué semáforo todos miran el móvil. Ella subía en la Aljafería, a las nueve y siete. Abrigo gris, bolso negro, bastón sin necesidad y una bolsa de mandarinas que fingía traer para cualquiera. Se sentaba detrás de mi cabina, justo donde podía verme por el espejo. Nunca me llamaba por mi nombre. Le bastaba con decirme algo cada día.

“Come algo caliente”. “Córtate el pelo”. “No corras, aunque vayas tarde”.

Los pasajeros sonreían. Yo miraba al frente, como hacen los conductores cuando no quieren que se les note la vida. Un miércoles no apareció. Tampoco el jueves. El viernes, al llegar a su parada, frené despacio. No había nadie bajo la marquesina, pero abrí las puertas. Nadie subió.

Desde entonces sigo cumpliendo la ruta. Marco los tiempos, anuncio las paradas, saludo a los mismos desconocidos. La ciudad no se detuvo cuando murió mi madre. Yo, en cambio, sigo llegando a la Aljafería como quien llega a una habitación de hospital. Por eso dejo las puertas abiertas unos segundos más. Sé que no va a subir. Pero aún no he aprendido a arrancar sin que mi madre me diga que tenga cuidado.

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