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La escritora María Oruña redefine al ladrón de guante blanco en su nuevo 'thriller': "Me interesaba su lado soñador"
La autora viguesa, una de las reinas de la novela negra en España, presenta este jueves en el Ámbito Cultural de El Corte Inglés de Independencia (19.00 horas) 'La Cámara de las Maravillas'

María Oruña, este jueves en la redacción de este diario. / javier río
¿Qué va a encontrar el lector en 'La Cámara de las Maravillas'?
Un juego de intriga. Una novela de misterio ambientada en el mundo del arte y, además, un juego de espejos en el que el lector tendrá que dudar todo el tiempo sobre quién es el villano o la villana, y si este ladrón de guante blanco es, al final, de los buenos o no. También, y sobre todo, es un viaje a través de la belleza, de la armonía visual de todo este universo que engloba el mundo del arte.
Al principio de la novela aparece una cita de la obra 'Arsène Lupin, caballero ladrón', de Maurice Leblanc. ¿Era una forma de avisar al lector de que aquí empieza un juego de espejos?
En efecto, con esa cita pretendía preavisar al lector de que lo que se va a encontrar es, primero, una historia de ladrón de guante blanco y, también, un juego de intriga, de espejos, pero sin las trampas que hace Lupin en muchas de sus novelas. Lupin es un ladrón muy teatral, histriónico, narcisista y exagerado. Yo quería hacer algo más contemporáneo y creíble. Eso no quita para que le haga un guiño, porque, al final, ese tipo de novelas son el germen de lo que yo he continuado haciendo.
El ladrón de guante blanco tiene algo de mito literario. ¿Qué le interesaba rescatar de esa figura?
Quería rescatar no tanto la espectacularidad como la astucia del ladrón de guante blanco. Me llamaba la atención ese lado soñador que, al final, nosotros como sociedad respetamos: alguien que utiliza el ingenio sin ejercer la violencia, sin que nadie le vea entrar ni salir del lugar del robo, sin causar destrozos y, sobre todo, que casi siempre roba a una persona adinerada. Incluso a mí me caía bien el personaje mientras lo escribía. Los lectores ven cómo, dentro de la pirámide, un simple ladrón consigue menoscabar la integridad de alguien que está arriba en esa jerarquía social. Es como si le dijese: 'Bueno, vale, sé que vas a seguir ahí, pero que sepas que yo estoy aquí y me puedo meter contigo cuando quiera'.
¿Ha encontrado algún caso real que le haya inspirado especialmente?
Me llamó mucho la atención la vida del 'Spiderman francés', que terminó en la cárcel. Él, como sucede en 'La Cámara de las Maravillas', se movía por los tejados, precisamente porque los áticos tienen menos medidas de seguridad que las primeras plantas. Sin embargo, no era elegante ni hábil socialmente, porque era narcisista y quería que se reconociese que era él quien había robado determinados cuadros. Al final, cuando bebía por las noches, lo acababa contando en los bares. La gente no le creía, hasta que uno sí lo hizo, llamó a la policía y comprobaron que, en efecto, había sido él.
Usted define el arte como belleza, pero también como dinero, poder, prestigio, herencia y conflicto. ¿Qué quería enseñar de ese reverso menos visible del universo artístico?
Hay quien invierte en arte porque codicia la belleza, pero también hay quien lo hace como inversión. Normalmente en arte clásico, porque si lo haces en arte emergente puede devaluarse con el tiempo. Pero, además, el arte es un símbolo de poder social. Quería remarcar esa idea. 'En La Cámara de las Maravillas', por ejemplo, el patriarca no enseña sus tesoros a cualquiera, pero sí quiere que todos sepan que los tiene. El arte funciona así como un marcador jerárquico.
También aparece la idea de que "todo es teatro": la política, el mercado, las leyes. ¿El mundo del arte funciona también como una gran puesta en escena?
Todo es teatro en muchos ámbitos, todo es apariencia... La forma en que la gente se viste para ir a determinados sitios, la forma en que habla… todo es teatro. Y más en un mundo como este, en el que también cuentan mucho los egos. Hay artistas que saben que son un "quiero y no puedo", como algunos falsificadores, que son capaces de reproducir a la perfección, por ejemplo, a un Matisse, pero saben que jamás van a triunfar con su propia obra, porque carecen de carisma o de un sello propio y no son capaces de encontrarlo. Entonces intentan acercarse a quienes sí tienen ese talento. Es un tipo de desesperación que puede parecer torpe o decadente, pero que también puede inspirar ternura.
Pentimento es un museo de reproducciones. En una novela tan preocupada por lo auténtico y lo verdadero, ¿qué lugar ocupa la copia?
Creé Pentimento porque me parecía muy interesante que la gente de a pie, entre los que me incluyo, pudiera entender el arte en el contexto para el que fue concebido. No es lo mismo ver un cuadro muy bonito en el Museo del Prado, perfectamente iluminado, que verlo en un espacio que recree la pared del monasterio para el que fue creado. Esa imagen originaria tiene un objetivo y provoca una emoción concreta. El museo se llama Pentimento porque hace referencia a los arrepentimientos del autor, a esos cambios que quedan ocultos en la obra. Con ello lo que quiero decir es que en la imperfección también está la belleza. En el libro aparece constantemente esa idea estética.
Otra de las ideas principales de la trama es que algo puede ser comprado legalmente y, aun así, no sentirse legítimo. ¿Qué reflexión quería transmitir a través de esa aparente contradicción?
La ética no siempre se corresponde con la legalidad. Hay muchos ejemplos en la novela de objetos que son poseídos por museos, por colecciones privadas, de distintas partes del mundo, que fueron obtenidos en otro continente o en otro país bajo circunstancias bélicas, de opresión política o de imperialismo colonial. A día de hoy sigue habiendo muchas reclamaciones diplomáticas de un lado a otro. Me da la sensación que esto no es algo que se hable, que no importa, que no preocupa. Me parecía necesario que los lectores participasen en ese debate y sacasen sus propias conclusiones.
Después de escribir este libro, ¿se mira distinto un museo?
Sí, definitivamente. He vuelto a visitar museos que ya conocía, pero con ojos de investigación. He viajado bastante para saber de lo que estaba hablando. He visitado algunas galerías de forma reiterada para prestar atención no solo a los cuadros, sino a los visitantes. Ver cómo reaccionaban ante la belleza. Creo que ahora observo los museos con más respeto. Me detengo más en los detalles.
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