De casa de curas a hogar de más de 3.500 instrumentos: 20 años de música, reciclaje y utopía en un pueblo de Zaragoza
El museo de Aguarón reúne objetos de música popular de todo el mundo y celebra dos décadas desde su apertura

Eugenio Arnao, fundador de La Casa del Gaitero, llevando a cabo un taller en el museo. / Pablo Ibáñez
Una abadía del siglo XVII, más de 1.000 instrumentos y una idea que no sabe estarse quieta: compartir la música. Con esta premisa, Eugenio Arnao fundó hace ya dos décadas, en la localidad zaragozana de Aguarón, La Casa del Gaitero, un museo de instrumentos de música popular de todo el mundo. “Tras tantos años como músico, me encontré con una gran colección de instrumentos. Sentía la responsabilidad de enseñarlos. A veces pienso que me lié con este proyecto para que me quieran. Puro egoísmo”, comenta con sarcasmo el director.
En la actualidad, el archivo de la casa ha multiplicado su tamaño respecto a sus inicios. “Toda la colección nace de mis viajes. De cada uno me he ido trayendo cosas. Otros los he construido yo mismo. Muchos me los regala la gente y otros los tengo en depósito. Vienen y me dicen: ‘téngalo usted y, si algún día lo necesito, se lo pediré’”, señala Arnao. Cuando el museo abrió sus puertas, contaba con una exposición de unos 400 instrumentos y una colección de 1.000. Hoy, la exposición exhibe más de 1.000 instrumentos, aunque los fondos de su colección superan los 3.500.
Sin embargo, esta colección no nace solo del amor por la música, sino también de un ansia por la reutilización. En palabras de Arnao, en la casa “no hay ni una sola silla nueva; todo procede de vertederos de la zona o de materiales que los albañiles iban a tirar al derribar una casa. No hay ni un marco de fotografía que sea comprado”. El museo, más allá de su función cultural, actúa como un “hospital de instrumentos”, es decir, como un espacio de restauración y aprovechamiento: “Estamos llenando el mundo de porquería, y es absurdo. Por eso estoy obsesionado con la reutilización”.
Alrededor de 500 visitas anuales
El lugar que alberga esta inmensa muestra es un edificio del siglo XVII que, en sus orígenes, fue una casa de curas. Cuando Arnao lo compró, tras 50 años de abandono, lo restauró para habilitar el espacio como museo, pero no modificó su estructura. El espacio se organiza en cuatro habitaciones, cada una dedicada a un tipo de instrumentos, y una alcoba destinada a juguetes sonoros. Los huecos de la casa no dedicados a la exposición albergan música en casete, una videoteca y, sobre todo, una biblioteca temática sobre cultura popular y música tradicional con más de 800 volúmenes especializados.
El complejo cuenta además con un pequeño anfiteatro donde se celebran espectáculos y dos bodegas temáticas dedicadas a la música, el vino y la literatura. “La música y el vino, el vino y la música. Todo va unido. La literatura también, es el mismo lenguaje”, apunta Arnao.
Un total de 500 personas visitan sus salas cada año. Aunque en esencia la casa es un lugar físico, su propietario sostiene que “también es un espíritu y una forma de ver la vida”. Por ello, en ocasiones trasciende su propio espacio: “Muy a menudo saco La Casa del Gaitero a pasear, en ferias de lutería y de constructores de instrumentos. Una de las maneras de tener tantos instrumentos es que voy a todos los lutieres, les digo que se lleven lo que quieran y me traen lo que ellos quieren. El trueque es lo que más me gusta”.
El museo levantó sus muros sin ningún tipo de ayuda institucional. Aunque en algún momento las ha solicitado, no se le han concedido. No obstante, su fundador sabe darle la vuelta a la situación y habla de un proyecto que “tiene más que ver con una utopía. Eduardo Galeano decía que la utopía es el horizonte: por más que camines hacia él, siempre sentirás que lo persigues. No tener ayudas te da cierta libertad. Aun así, a veces es difícil asumir las consecuencias de la independencia. No me gusta la palabra 'demostrar', pero esto no deja de ser un reflejo de que, al margen del dinero, de los medios y de las subvenciones, con ganas e ilusión se pueden hacer muchas cosas”.
El alma de este lugar está en la música, pero también en las personas. Año tras año, el museo abre sus puertas gracias a las aportaciones de quienes lo visitan. Arnao echa la vista atrás y concluye con gratitud: “Al final, lo malo de los sueños es que a veces se hacen realidad. Este lugar me ha aportado, sobre todo, muchísimo cariño. Algunos, cuando se van, me dicen: ‘¿te puedo dar un abrazo?’. Yo me abro y me desnudo por dentro en cada visita, porque lo que cuento es mi vida”. El lutier y músico zaragozano mira al futuro y desea que, cuando él ya no pueda hacerse cargo, otros mantengan vivo el "juguete" que ha construido durante estos 20 años.
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