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GUARDANDO LAS DISTANCIAS

La mentira de la suerte o la realidad de que sin circuitos estables no hay cultura

El éxito no nace de la suerte ni de los fastos, sino de un tejido creativo estable

Crear el hábito cultural en el público es la única manera de significar el sector.

Crear el hábito cultural en el público es la única manera de significar el sector. / El Periódico

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Daniel Monserrat

Daniel Monserrat

Zaragoza

Ningún triunfo en el mundo, y tampoco en la cultura, es casual. Nada surge del vacío más absoluto, ni nada triunfa o toca la cima sin que haya ningún motivo detrás. En Aragón nos hemos acostumbrado a que de vez en cuando (en los últimos 20 años cada vez más en una Edad de oro sorprendente si se tienen en cuenta otros factores) sí salgan destellos y fogonazos culturales que traspasan nuestras fronteras y que llaman la atención en los grandes centros culturales del país. Cuando eso sucede, muchos argumentan el clásico ‘han tenido suerte de que alguien los haya llevado fuera’ o alguna expresión similar.

No, nada es casualidad. Y la suerte solo acompaña o solo aparece cuando has estado trabajando (bien) y mucho durante años. Hace unos días, una de las grandes figuras del mundo del teatro que tenemos en Aragón, Paco Paricio, codirector de Titiriteros de Binéfar, reflexionaba en voz alta a través de sus redes sociales sobre la necesidad de la existencia de un circuito de artes escénicas donde no solo se puedan curtir los teatreros sino donde puedan llegar mucho más lejos que con su solo empuje. «Lo ocasional no crea hábito», reflexionaba de manera descarnada.

Crear hábitos culturales

Ese es el principal reto y escollo con el que tiene que convivir el sector cultural en estos tiempos complicados, la existencia de grandes eventos y festivales que atraen mucho público (no lo dudo), dejan un gran impacto económico (eso dicen las cifras, yo aquí tengo más dudas) y que hacen lucirse al lugar (sí) pero durante un corto periodo de tiempo. ¿Cuál es el problema? Fundamentalmente, y en este contexto, que no crean hábito.

No pongo inconvenientes a que se apueste por los grandes fastos, pero sí a que esa promoción acabe afectando a las ayudas al sector cultural local que está ahora mismo en una precariedad preocupante en la que pelea por trabajar.

La creación de esos circuitos escénicos, que ya han existido y han funcionado muy bien no hace tanto tiempo, es lo que permitiría a las compañías y los artistas poder mostrar su trabajo en plenitud e incluso poder llamar la atención de programadores no solo locales. El unir fuerzas y que esa unidad esté empujada y apoyada por las instituciones significa el pasar de estar en un primer piso a la azotea donde tienes más posibilidad de ser visto.

Vínculos con el público

Además, existe un aspecto que rara vez aparece en los debates públicos sobre cultura: la necesidad de crear públicos. Los artistas necesitan escenarios, pero también espectadores que desarrollen el hábito de acudir a una función, una exposición o un concierto con regularidad.

Ese vínculo se crea mediante una programación constante, cercana y repartida por el territorio. Cuando una compañía puede actuar en distintos municipios, cuando un teatro mantiene actividad durante todo el año o cuando los centros culturales ofrecen propuestas continuadas, se genera una relación estable entre la ciudadanía y la cultura. Y esa es, probablemente, la mejor garantía para que surjan nuevos creadores y para que los ya existentes puedan seguir desarrollando su trabajo .

Paco Paricio lo tiene claro: «Debo reconocer que nuestra compañía profesional se consolidó y creció hasta obtener importantes premios, gracias a la estabilidad que daban aquellos circuitos». O lo que es lo mismo, apostemos por una cultura viva que permita la convivencia del sector con esos grandes eventos de luces que amenazan con apropiarse de todo.

Porque una cultura sólida no se construye a golpe de focos encendidos durante un fin de semana, sino gracias a un tejido creativo que trabaja todo el año y encuentra espacios para crecer.

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