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¿Para cuándo un Mundial de Cultura?: un campeonato sin árbitro

La mayor competición del planeta sería también la más imposible de decidir

Goya sería uno de los baluartes de España con la ‘Regina Martyrum’.

Goya sería uno de los baluartes de España con la ‘Regina Martyrum’. / El Periódico

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Daniel Monserrat

Daniel Monserrat

Zaragoza

Cada cuatro años, millones de personas aceptan con naturalidad que un balón determine qué país es el campeón del mundo. Nadie confunde ese título con la superioridad absoluta de una nación, pero durante unas semanas funciona como un símbolo colectivo capaz de emocionar a generaciones enteras. Ahora bien, ¿qué ocurriría si existiera un Mundial de Cultura? ¿Y si los países compitieran no por marcar goles, sino por la calidad de su legado artístico, literario, científico, musical o histórico?

La primera reacción sería de entusiasmo. La segunda, inevitablemente, de discusión. Porque mientras en el deporte existen reglas claras, en la cultura no hay cronómetros, jueces neutrales ni marcadores objetivos. ¿Vale más haber creado la filosofía clásica o revolucionar la música popular? ¿Debe pesar más un patrimonio monumental incomparable o una capacidad extraordinaria para producir cultura contemporánea? ¿Cómo se compara una catedral con una novela, una ópera con un descubrimiento científico o una tradición gastronómica con una obra de arquitectura?

Precisamente esa imposibilidad de establecer una clasificación definitiva convertiría el torneo en algo apasionante. Cada país defendería una idea distinta de lo que significa la cultura. Algunos apostarían por la antigüedad de su civilización; otros por la influencia internacional de su idioma; otros por su capacidad para reinventarse y seguir marcando tendencias en el presente.

Las más destacadas

Las grandes favoritas serían evidentes. Italia presentaría un expediente casi inalcanzable gracias a Roma, el Renacimiento, Miguel Ángel, Leonardo, la ópera o su patrimonio histórico. Francia respondería con la Ilustración, Víctor Hugo, el impresionismo, el cine, la gastronomía y una enorme influencia intelectual. Grecia recordaría que buena parte del pensamiento occidental nació en sus ciudades. China e India podrían presumir de civilizaciones milenarias cuya huella sigue viva en miles de millones de personas. El Reino Unido exhibiría a Shakespeare, los Beatles, la revolución industrial y el enorme peso internacional del inglés.

España tampoco llegaría como comparsa. Al contrario. Pocos países pueden presumir de una combinación tan amplia de patrimonio, arte, literatura, arquitectura, tradiciones y diversidad cultural. Cervantes, Velázquez, Goya, Gaudí, Picasso, el flamenco, el Camino de Santiago, la Alhambra, las catedrales, la cocina de vanguardia o la riqueza de sus lenguas convierten al país en un candidato perfectamente capaz de competir con cualquiera. No significa que fuera el campeón indiscutible, pero sí que tendría argumentos sólidos para alcanzar las últimas rondas de ese hipotético campeonato.

Sin embargo, el mayor aprendizaje de un Mundial de Cultura sería comprobar que la verdadera victoria no consiste en levantar un trofeo. La cultura es acumulativa y compartida. Un poeta francés puede inspirarse en un filósofo griego; un arquitecto español puede estudiar técnicas italianas; un músico argentino puede emocionar en Japón. La cultura no entiende de fronteras.

Y la polémica...

Quizá por eso este Mundial nunca podrá celebrarse de verdad. Las discusiones serían interminables, las reglas cambiarían constantemente y ningún jurado lograría convencer a todos. Pero también serviría para recordar algo importante: los países no solo compiten por ser los más ricos, los más poderosos o los más rápidos. También compiten, y sobre todo cooperan, en la creación de belleza, conocimiento e ideas.

Tal vez ese sea el único campeonato en el que todos ganaríamos. Porque cuanto mayor es el patrimonio cultural de un país, mayor acaba siendo el patrimonio de toda la humanidad. Y esa es una victoria que no necesita penaltis, ni prórrogas, ni un árbitro que señale el final del partido.

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