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¿Por qué solo se cuestiona el gasto público en Cultura?

Nadie cuestiona el coste de celebraciones, el deporte o la promoción institucional

¿Cuánto costó el dispositivo de celebración del Mundial ganado por España?

¿Cuánto costó el dispositivo de celebración del Mundial ganado por España? / Ballesteros / Efe

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Daniel Monserrat

Daniel Monserrat

Zaragoza

Es algo que no falla, cuando sale el tema de la cultura a colación en los debates políticos o en la calle, inmediatamente sale el asunto económico. Y no me refiero al de las retribuciones monetarias sino al de las ayudas (por mucho que se empeñen, no, no son subvenciones, el vocabulario no es inocente) y al supuesto coste que le supone al Estado financiar determinados proyectos. Que, por cierto, suele suceder que se escatiman dineros para los creadores pero a la hora de programar desde las instituciones si se trata de dar golpes de efecto, no hay cortapisa que valga.

Pero no era ese el asunto monetario que quería abordar ahora que nos ha dado un poco de respiro el calor. Como decía, en cuanto se habla de cultura siempre tiene que salir a la palestra el tema económico. Y a mí es algo que me produce cierta perplejidad ya que es algo que no sucede con otras y otras actividades que acaban siendo amparadas por las instituciones. Sin ir más lejos, ¿alguien se ha parado a pensar cuánto ha costado el dispositivo desplegado para la celebración del Mundial de fútbol conseguido por España? Obviamente no lo estoy criticando y me parece bien que se dé rienda suelta a la alegría y a la celebración por algo que nos une como país, pero es evidente que no se usa el mismo rasero cuando se trata de un acontecimiento cultural. Más ejemplos. Nadie pregunta cuánto cuesta mantener una red de instalaciones deportivas, organizar grandes eventos festivos, iluminar monumentos en fechas señaladas o financiar campañas de promoción turística. Y tampoco debería hacerlo, porque son inversiones que una sociedad considera útiles para su bienestar, su cohesión o su proyección exterior. Sin embargo, cuando el asunto es cultural, parece que el primer reflejo consiste en abrir una hoja de cálculo y exigir una rentabilidad inmediata.

Basta ya de cuantificar

Quizá el problema radique en que seguimos empeñados en medir la cultura únicamente por lo que devuelve en euros, cuando su verdadero valor suele manifestarse en otros ámbitos mucho más difíciles de cuantificar. La cultura construye identidad, genera pensamiento crítico, preserva la memoria colectiva, fomenta la creatividad y nos ayuda a entender mejor el mundo y a nosotros mismos. Son beneficios que no caben fácilmente en un balance contable, pero que resultan imprescindibles para cualquier sociedad que aspire a ser algo más que un mercado de consumidores. Y un dato más que no conviene olvidar y quiero dejar que es mi opinión. La cultura se metió en un callejón sin salida cuando empezó a defender con uñas y dientes su carácter de industria. Entonces es cuando se le ha empezado a exigir como una empresa económica. Y no, no es un proyecto monetario al uso y no debería haber entrado en ese juego perverso impuesto por el capitalismo ya que ahí tiene muy poco que ganar.

Por supuesto que hay que exigir rigor en la gestión de los recursos públicos destinados a la cultura, igual que se exige en cualquier otra política pública. Lo que resulta difícil de entender es por qué solo a la cultura se le exige justificar permanentemente su existencia. Tal vez haya llegado el momento de dejar de preguntarnos cuánto cuesta la cultura y empezar a preguntarnos cuánto nos costaría vivir sin ella. Porque cuando desaparecen los libros, los teatros, los cines, los museos o la música, lo que se empobrece no es un sector económico, sino la propia sociedad.

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