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Sin cultura no hay verano, solo vacaciones

Las experiencias con la creación son el mejor espacio para encontrarnos

El cine de verano es un ejemplo de cultura compartida.

El cine de verano es un ejemplo de cultura compartida. / El Periódico

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Daniel Monserrat

Daniel Monserrat

Zaragoza

Existe una tendencia a considerar la cultura como un lujo, un complemento o un entretenimiento reservado para el tiempo libre. Es una visión reduccionista que olvida su verdadera naturaleza. La cultura no es un adorno de la vida, sino uno de sus cimientos. Es el espacio donde las personas se reconocen, dialogan, discrepan, celebran y construyen comunidad. En definitiva, es el centro de las relaciones humanas.

Quizá por eso el verano sea el momento en el que esta realidad se hace más evidente. Cuando el ritmo cotidiano se desacelera y las agendas conceden un respiro, recuperamos algo que durante el resto del año parece escasear: el tiempo compartido. Y es precisamente entonces cuando la cultura ocupa el lugar que siempre le ha correspondido.

No hablo únicamente de grandes festivales o de espectáculos multitudinarios. Me refiero a una plaza que se llena para escuchar un concierto, de un cine de verano donde varias generaciones ríen al mismo tiempo, de una representación teatral en un pequeño municipio, de una exposición visitada en familia o de un libro que se comenta durante una sobremesa. Son experiencias que trascienden el hecho artístico porque generan conversación, memoria y vínculos.

Consumo individualizado

En una época dominada por las pantallas y el consumo individualizado, la cultura mantiene intacta una de sus mayores virtudes: obligarnos a salir de nosotros mismos. Nos reúne físicamente en un mismo espacio y, al hacerlo, nos recuerda que seguimos necesitando la mirada del otro. Un concierto no consiste solo en escuchar música; es compartir una emoción con cientos de desconocidos. Una obra de teatro no termina cuando cae el telón, sino cuando comienza la conversación al salir. Una novela continúa viviendo cuando alguien la recomienda con entusiasmo.

El verano multiplica esas oportunidades. Las calles se convierten en escenarios, los pueblos recuperan una actividad extraordinaria y las ciudades descubren nuevos espacios para el encuentro. Allí donde hay cultura aparece también una forma de convivencia. No es casualidad que muchas personas recuerden sus vacaciones por el festival al que asistieron, el museo que descubrieron o aquella actuación improvisada en una plaza. Los recuerdos más duraderos rara vez nacen del consumo; nacen de las experiencias compartidas.

Por eso resulta tan importante entender la inversión cultural como una inversión social. Cada programación municipal, cada biblioteca abierta, cada ciclo de cine o cada festival es mucho más que una oferta de ocio. Es una invitación a encontrarnos. Es una herramienta contra la soledad, un puente entre generaciones y una oportunidad para fortalecer el sentimiento de pertenencia a una comunidad.

Argumentos insuficientes

A menudo se habla de la cultura por su impacto económico, por el turismo que genera o por el empleo que crea. Son argumentos válidos, pero insuficientes. Su principal valor es mucho más difícil de medir porque no cabe en una hoja de cálculo. La cultura produce confianza, conversación, identidad y cohesión. Nos enseña a escuchar otras voces y a comprender realidades distintas de la nuestra. En tiempos de polarización y de comunicación acelerada, esa capacidad vale tanto como cualquier indicador económico.

Quizá deberíamos dejar de preguntarnos para qué sirve la cultura. La pregunta correcta sería qué tipo de sociedad seríamos sin ella. Porque cuando desaparecen los espacios donde la gente se reúne para emocionarse, debatir o simplemente disfrutar juntos, también se debilitan los lazos que sostienen la convivencia. Allí donde hay cultura, hay conversación. Y allí donde hay conversación, todavía hay comunidad.

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