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Los artesanos aragoneses se vuelcan con las redes sociales: "Se han convertido en un escaparate imprescindible"

Cada vez más artesanos aragoneses han encontrado en internet un escaparate para dar a conocer su oficio y llegar a clientes de toda España

Silvia Radío, en su taller.

Silvia Radío, en su taller. / Inés Soguero / Efe

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Efe / Inés Soguero

Zaragoza

El mimbre, el esparto y la plata ya no solo se trabajan en el taller: cada vez más artesanos aragoneses han encontrado en internet un escaparate para dar a conocer su oficio y llegar a clientes de toda España, e incluso del extranjero.

Para conocer de primera mano esta realidad, Efe ha hablado con la diseñadora gráfica Silvia Radío, de Casa Alfaro; el banastero Raúl del Chano y el orfebre y joyero Fernando Piró, tres artesanos que representan distintos oficios y generaciones, pero que comparten un mismo reto: hacer compatible la tradición artesanal con las exigencias del mercado digital.

La plataforma Aragón Artesano, creada por el Gobierno de Aragón, impulsa al sector de la artesanía local a conseguir mayor visibilidad, apoyo y promoción. Nacida dentro del primer Plan Estratégico de la Artesanía de Aragón, la herramienta ya reúne a más de 180 profesionales de 75 municipios y 33 comarcas, facilita el acceso a los talleres y se completa con la marca 'Alta Artesanía Aragón' para piezas de mayor valor añadido.

Silvia Radío entró en el negocio familiar de alpargatas de su marido por la comunicación y terminó aprendiendo el oficio entero para asesorar mejor a sus clientes. Las redes sociales, ha expresado, "se han convertido en un escaparate online imprescindible: el cliente ve un producto en Instagram y luego compra en la tienda física o en la web". Pero advierte de un límite que la tecnología no resuelve: “el probar”, la necesidad de que el pie encaje en una alpargata artesanal, algo que ninguna pantalla garantiza.

Para ella, adaptarse a las redes no traiciona la esencia artesanal, sino que ayuda a que crezca y se conozca fuera de “la zona de confort”, además ha añadido que hoy “las redes sociales son como la radio o el periódico de hace 30 o 50 años”.

El banastero Raúl del Chano, saturado de su modo de vida y bajo la nostalgia y el recuerdo de su abuelo, quería volver a lo primitivo, aunque consciente de la modernización que debía implementar en sus obras. Ha lamentado que el relevo generacional se ha perdido: los jóvenes de ahora no siguen el oficio, aunque los cursos de artesanía estén de moda, no es lo mismo.

Las redes, sin embargo, son hoy su forma de darse a conocer más allá del propio “boca a boca”: el 90 % de sus clientes llegan por Instagram, según ha señalado, y asegura que, para dar salida a su negocio, necesitaba abrirse a otros mercados fuera de España. Para él, su red social comenzó como diversión, pero después la ha convertido en un medio más íntimo donde mostrar sus obras y llegar al público. Lo que no quita que haya experimentado de propia mano malos tragos que no le dieron la visibilidad que necesitaba.

Define que la artesanía “siempre se ha adaptado”, como antes hacían los cesteros ambulantes que iban de pueblo en pueblo, habla sobre el oficio como un superviviente que no va a morir gracias a su adaptación, y concluye que “hace falta el mundo digital” para que se siga dando a conocer.

Objetivo: la autenticidad

Fernando Piró, orfebre de tercera generación y uno de los últimos representantes de un oficio del que en Aragón “no queda ninguno” que trabaje grandes volúmenes de plata, ha tardado en incorporarse a las redes sociales pero ha encontrado algo más valioso que el alcance: la autenticidad.

“Lo que busca la gente es autenticidad (…) vender algo muy personal que solo puedes hacer tú” ha explicado. Ha confesado que durante años sentía que traicionaba ese carácter artesanal al venderse por redes y sueña con una utopía de negocio de proximidad sin publicidad, pero admite que “no va a pasar”. Su veredicto es tajante: a día de hoy un oficio artesanal no puede sobrevivir sin el mundo digital, aunque insiste en que lo insustituible sigue siendo “la escucha al cliente” y “la pasión” que se pone en cada pieza.

Entre la nostalgia del oficio y la necesidad de reinventarse, los tres testimonios trazan un mismo mapa: la artesanía aragonesa no muere, pero tampoco sobrevive igual que hace un siglo. Se adapta, como siempre lo ha hecho.

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