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Domingo Buesa se sumerge en su nueva novela en un Aragón marcado por las brujas: "Hay cronistas que hablan de poseídas volando por las iglesias"

El historiador sabiñaguense presentará 'La muerte del inquisidor' este jueves en el Ayuntamiento de Jaca, en un acto que se inscribe dentro de la Feria del Libro de la localidad

Domingo Buesa, el autor de 'La muerte del inquisidor'.

Domingo Buesa, el autor de 'La muerte del inquisidor'. / El Periódico de Aragón

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Zaragoza

El término 'caza de brujas' es hoy una metáfora del control político y social. Cuando lo usamos, nos referimos a una persecución desproporcionada e injusta contra un grupo de personas. De la búsqueda constante de un culpable. De un chivo expiatorio al que cargar con la responsabilidad de un daño. Porque el ser humano siempre ha necesitado señalar a alguien. Ponerle nombre al miedo y dar por cerrado el asunto. Eso fue, en buena medida, lo que ocurrió en Europa durante la Edad Moderna.

Durante casi tres siglos, miles de personas fueron perseguidas y asesinadas en distintas partes del continente. Pero no se trataba de brujas. Menos aún del demonio. Se trataba de una comunidad aterrorizada, que necesitaba encontrar una explicación física para el mal. El caos no fue fruto solo de la superstición popular ni de una locura colectiva que se apoderó de las masas durante unos años. Detrás de todo había una sólida estructura ideológica que atravesaba la sociedad europea y convertía lo imaginario en una amenaza real.

Es precisamente en ese ambiente, marcado por el miedo, la histeria y unas creencias que legitimaban la persecución, donde se adentra Domingo Buesa en 'La muerte del inquisidor' (Doce Robles), su última novela. La obra reconstruye desde la ficción uno de los episodios más llamativos de la caza de brujas en el Valle de Tena: la muerte de Bartolomé Guijarro, inquisidor general de Aragón.

La portada de 'La muerte del inquisidor', el nuevo libro de Domingo Buesa.

La portada de 'La muerte del inquisidor', el nuevo libro de Domingo Buesa. / El Periódico de Aragón

En el verano de 1640, el padre Guijarro viajó hasta el municipio de Tramacastilla para investigar unos supuestos casos de posesión demoníaca que llevaban tiempo sembrando el terror entre los habitantes de la zona. Pero algo salió mal. Poco después de llegar, el inquisidor cayó enfermo y murió sin una explicación aparente.

En un momento histórico marcado por el miedo y por la epidemia de las supuestas endemoniadas, el pueblo no tardó en encontrar una respuesta: Guijarro había muerto por obra del demonio. Y así, lo que había comenzado como una investigación destinada a poner orden terminó alimentando todavía más el desastre.

Para entender lo que sucedió en el Pirineo aragonés hay que hacer una distinción importante. En aquella época no era lo mismo ser una bruja que estar endemoniada. Tal y como señala Buesa, "se decía que las brujas eran mujeres que habían pactado voluntariamente con el diablo. Las endemoniadas, en cambio, no elegían nada. Eran víctimas de una posesión".

Por tanto, en una comunidad que entendía el mundo como una lucha constante entre el bien y el mal, una acusación de brujería o de posesión podía cambiar una vida para siempre. Podía acabar en una denuncia, en un proceso judicial, en la tortura. Y, en algunos casos, también en la hoguera.

El personaje real a través del cual Buesa reconstruye estos sucesos es Francisco Blasco de Lanuza, mosén de Sandiniés, uno de los pueblos afectados por las supuestas posesiones. Había estudiado en la Universidad Sertoriana de Huesca y era, por tanto, un hombre con formación. Sin embargo, también creyó en aquello que estaba ocurriendo a su alrededor. "En torno a él se desata un episodio de lucha de demonios y ángeles, que recoge en uno de sus libros. En él relata los fenómenos relacionados con las poseídas, que eran todas mujeres. Es una fuente interesantísima", explica Buesa.

Su caso permite entender que estas creencias no pertenecían solo al pueblo. También estaban presentes entre buena parte de las élites intelectuales y religiosas. Los sacerdotes de la zona, relata el sabiñaguense, "creían absolutamente en esto e intentaban resolverlo con oraciones". Algunos ni siquiera habían presenciado nunca los fenómenos que contaban los habitantes, "pero tampoco los negaban".

Para el historiador, detrás de esta situación había un "profundo desconocimiento de la religión". Pero también un contexto que favorecía que estas creencias se extendieran. Los sucesos se producían en pueblos de montaña, en lugares aislados y rodeados de bosques. Además, la guerra entre España y Francia había provocado que parte de la población se desplazara hacia estas zonas. La proximidad de la frontera mantenía a los habitantes en alerta y esa preocupación terminó trasladándose, según Buesa, a otros ámbitos de su vida.

Por eso le interesó tanto este episodio. No solo por lo que aconteció históricamente en el valle, sino también por ser un reflejo de la sociedad de la época: "Es un relato magnífico de cómo se vive en aquel momento en España. Por una parte, bajo la amenaza de Francia. Por otra, enfrentando dos formas de afrontar el problema de las poseídas".

Años de investigación

El conflicto no estaba solo en cómo interpretar lo que sucedía, sino también en quién debía intervenir. Una de las posiciones defendía que el poder podía solucionar el problema. Se llegó a considerar, por ejemplo, "que el rey podía curar a las afectadas mediante el contacto, del mismo modo que se atribuía al rey de Francia la capacidad de sanar determinadas enfermedades al tocar a sus súbditos". Frente a esta idea, otros "advertían del peligro de mezclar una cuestión religiosa con los asuntos políticos y sociales".

Después de años de investigación, Buesa reúne en 'La muerte del inquisidor' la historia de una sociedad "absolutamente paralizada por el miedo, el terror, el pánico. No sabían ni cómo superar esa situación ni tampoco cómo iba a terminar". Para reconstruirla, parte de documentos que permiten acercarse a la forma en que sus protagonistas vivieron aquellos acontecimientos. Algunos cronistas describen escenas tan impactantes como "la de unas poseídas que, de pronto, empezaban a volar por la iglesia, junto con los bancos".

El autor rememora así uno de los capítulos más importantes sobre la caza de brujas y las posesiones en Aragón, pero sin quedarse únicamente en los hechos. También busca entender a quienes los protagonizaron. Porque, detrás de las acusaciones, las creencias y el miedo, "hay una cosa fundamental, que es que son hombres y mujeres como nosotros, pero que viven en otra cultura, en otro espacio y en otro momento".

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