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FESTIVAL EN EL CAMINO DE SANTIAGO

La crítica de Javier Losilla del concierto de Enrike Solinís & Euskal Barrok Ensemble: La canción del fuego inmisericorde

Una imagen del concierto de Enrike Solinís y Euskal Barrok Ensemble, este viernes en Siresa.

Una imagen del concierto de Enrike Solinís y Euskal Barrok Ensemble, este viernes en Siresa. / festival en el camino de santiago

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Javier Losilla

Javier Losilla

Siresa

Iluminada en modo nadir (desde abajo, para que me entiendan), la cara de San Pedro ofrecía un rictus grave de preocupación. El mismo que se nos puso a nosotros cuando camino de Siresa contemplamos como el fuego inmisericorde devoraba los montes cercanos a Jaca. La talla de San Pedro preside el altar mayor de la iglesia del monasterio que lleva su nombre, templo en el que sonaron el viernes las músicas vivas y eternas de Enrike Solinís & Euskal Barrok Ensemble.

Manuel de Falla atravesó el programa del concierto (“Soy el fuego en que te abrasas”), lo mismo que las otras llamas, menos poéticas, iban desalojando pueblos, arrasando árboles y acongojando corazones. Falla fue un compositor devoto de la música antigua: se inspiró en sus ritmos y usó sus instrumentos. Fue un brillante antiguo contemporáneo. Canción del amor dolido, Canción de fuego fatuo, Danza ritual del fuego, Las campanas del amanecer, Todo lo cría la tierraSolinís y sus colegas extrajeron del creador de El amor brujo las raíces más sólidas, el colorido más brillante y la intención más profunda. Enrike hace vibrar como pocos los instrumentos barrocos de cuerda rasgada; Miren Zeberio dibuja las notas con el violín, Pablo Martín Caminero despliega acentos de jazz con el contrabajo, la cantaora María José Pérez suelta el duende alojado en su garganta, y el muy detallista David Rodríguez, Chupete, modela como un escultor el sonido de las percusiones.

Pero hubo más paseos por unas partituras con las que Solinís engarza con brío pasado y presente: unos gozosos Canarios, del aragonés Gaspar Sanz; una pieza del folclore euskaldun, Zorongo, de García Lorca… Con todo, el repertorio se hizo corto y al público le habría gustado que Solinís y su Ensemble hubieran tocado durante toda la noche. Así de feliz estaba escuchando música. La realidad y el deseo, que nos explicó Lacan. Fuera del monasterio llovía ceniza y se respiraba humo. Mil personas, de 18 poblaciones, habían tenido que abandonar sus casas, y 15.000 hectáreas de vegetación estaban carbonizadas. El horror. Hay un detenido, nos cuentan; el último eslabón, probablemente, de una cadena de despropósitos que comienza con la cesión hecha por el virrey Azcón de la Consejería de Medio Ambiente a los cafres negacionistas de Vox.

¿Pero esto no era una crítica de música? Lo es. Enrike Solinís & Euskal Barrok Ensemble nos habían transportado durante algo más de una hora a un territorio fértil en el que solo quemaban las emociones, dentro de un festival tan necesario como agitador; pero, muy cerca de ese espacio seguro, el mundo más próximo ardía literalmente sin contemplaciones. Y eso no me hace olvidarlo ni el mismísimo Falla. Esta es mi última crónica del verano: fuego camina conmigo. Como en Twin Peaks. Feliz agosto. O lo que queda de él.

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