Andrés Campo, de los clubes de Huesca a la primera línea del techno internacional: "Esta vida puede llegar a ser muy solitaria"
El DJ oscense recuerda sus primeras noches en cabina, reivindica la cultura bakala y reflexiona sobre el precio personal de una carrera internacional

Andrés Campo pinchando en la sala Fabrik. / Archivo Andrés Campo
Andrés Campo empezó a pinchar cuando era solo un adolescente, mucho antes de convertirse en uno de los grandes referentes de la electrónica española. Residente de Florida 135 desde 2012, ha pasado por festivales como Tomorrowland, Sónar o Monegros. Ahora recupera a Kuki, su primera identidad musical, con 'Alma Bakala', un proyecto que reivindica los sonidos y la cultura de sus inicios.
Comenzó a pinchar con solo 14 años y poco después ya trabajaba en algunos locales de Huesca. ¿Cómo fue vivir una adolescencia tan ligada al mundo de la noche?
Entre semana iba a la plaza con la bicicleta y, los fines de semana, ya estaba pinchando en clubes. Supongo que no era el ambiente más adecuado para alguien de mi edad, pero tampoco siento que aquello condicionara mi adolescencia. Simplemente marcó el rumbo que iba a seguir mi vida.
Aprendió a mezclar de forma autodidacta, primero con un casete de doble pletina y después con dos platos. ¿Qué conserva hoy de aquel aprendizaje basado en la prueba y el error?
Creo que sigo siendo muy autodidacta. Ahora, gracias a las nuevas tecnologías, tenemos toda la información a nuestro alcance, pero cuando yo empecé solo podías aprender yendo a clubes como 027 y observando cómo trabajaban otros 'disc-jockeys'. De mis inicios conservo esas ganas de descubrir las cosas por mí mismo. Antes todo era mucho más auténtico: tenías que sacarte las castañas del fuego, salir de casa, ver mundo y empaparte de lo que estaba sucediendo.
Ha pasado de actuar en pequeños locales de Huesca a hacerlo en festivales de la talla de Tomorrowland. ¿Cómo ha vivido ese proceso desde dentro?
La verdad es que todo ha pasado de una manera muy orgánica. Claro que alguna vez te detienes, miras hacia atrás y piensas: 'Wow, hasta aquí he llegado', pero nunca hubo un momento en el que pasara de ser un desconocido a que todo el mundo supiese quién era. Mi carrera ha crecido peldaño a peldaño. A veces da vértigo pensar en todo lo que tienes detrás, aunque haber llegado tan poco a poco me ha ayudado bastante a gestionarlo.
'Alma Bakala' supuso el regreso de Kuki, el nombre con el que empezó a pinchar. ¿Qué le llevó a recuperar esa parte de su historia tantos años después?
La escena se estaba volviendo cada vez más dura y pensé que era el momento perfecto para traerlo de vuelta. Recuperar a Kuki ha sido, sobre todo, una manera de divertirme y de volver a una música que me marcó muchísimo y que nunca he dejado de escuchar. Regresar al principio siempre tiene algo bonito, y poder dar ahora a aquella etapa la exposición que he conseguido como Andrés Campo me hace mucha ilusión.
Usted mismo afirma que bajo el nombre de Kuki puede mostrar una parte de su colección musical que no siempre tiene cabida en una sesión de Andrés Campo. ¿Qué diferencia hoy a esas dos identidades?
Kuki recupera la música que sonaba entre 1999 y 2003, mucho más intensa y eufórica que la que se hace ahora. Andrés Campo, en cambio, se mueve dentro de un 'techno' con más 'groove'. Incluso la forma de mezclar es distinta: Kuki es más agresivo y espontáneo, mientras que Andrés Campo construye sesiones más lineales y trabajadas, pensadas para que todo funcione como un conjunto. Lo curioso es que, aunque son muy diferentes, funcionan muy bien cuando los junto en una misma sesión.
Durante años, la cultura bakala se ha contado casi siempre a través de las drogas y los excesos. ¿Qué cree que ha quedado fuera de ese relato?
En aquella época no había móviles y, como era una escena más minoritaria y 'underground', apenas existe documentación sobre ella. Eso ha cambiado: ahora está de moda, los medios le prestáis más atención y tiene una mayor representación. El problema es que lo más llamativo siempre es lo peor: las drogas, los excesos o la noche. Para mí, lo verdaderamente característico era la comunión que existía entre quienes salíamos. Éramos una tribu, íbamos de un club a otro, peregrinábamos juntos.
El documental de 'Alma Bakala' sigue las cinco sesiones de la gira, pero también recupera sus comienzos como Kuki y la escena electrónica en la que creció. ¿Qué fue lo que más le sorprendió al volver sobre aquellos años?
Grabarlo me hizo descubrir que no era el único que guardaba un recuerdo tan bueno de aquella época. Cuando empecé a preparar las sesiones, me di cuenta de que muchísimas personas la añoraban y que seguía muy viva. Pensaba que parte del público renegaría de haber formado parte de aquello, pero ocurrió todo lo contrario: lo que predominaba era el orgullo de haberlo vivido. Además, grabarlo fue muy divertido.
El pasado abril pinchó durante 13 horas seguidas en Fabrik, alternando entre Andrés Campo y Kuki. ¿Qué exige una sesión así, tanto musical como personalmente?
Personalmente, lo único que exige es que no me duela la espalda (bromea). La gente piensa que 13 horas son muchísimas, pero a mí no me lo parecen. Los DJ no estamos en una obra levantando sacos de arena, estamos poniendo música y disfrutando. No es tan crítico.
Después de tantos años centrado en crecer profesionalmente, ¿qué busca ahora tanto para el artista como para la persona que hay detrás?
Quiero dejar que las cosas fluyan. Me marco pequeños objetivos, pero no pienso dónde estaré dentro de cinco años. Ahora también necesito un poco de espacio. No estoy quemado, pero quiero encontrar un equilibrio entre mi faceta personal y el artista. Esta vida puede llegar a ser muy solitaria.
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