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El escultor que ha transformado un sendero del Pirineo en un museo al aire libre: "Estuve un mes viviendo en el bosque como un jabalí"

José Orduña ha llenado la Fuente del Paco, en Villanúa, de esculturas hechas con la madera seca de sus propios árboles

Una de las esculturas de José Orduña en la Fuente del Paco.

Una de las esculturas de José Orduña en la Fuente del Paco. / Yhabril

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Zaragoza

La naturaleza es una fuente inagotable de historias. A nuestro alrededor la vida sigue su curso, pero muchas veces vamos tan deprisa que apenas nos damos cuenta de todo lo que ocurre. Quizá por eso, en la Fuente del Paco todo comienza con una invitación tan sencilla como necesaria: bajar el ritmo y escuchar.

"Cada árbol guarda la memoria del bosque, cada raíz sostiene la vida. Escucha su susurro, cuídalo, y dejarás un legado verde para quienes vengan después". La frase abre el camino y da paso a un recorrido entre 25 esculturas de madera que se integran en el propio bosque. Detrás de todas ellas está José Orduña, bombero y arborista, que, motosierra en mano, ha dado forma a este particular rincón del Pirineo aragonés. Porque esta es la historia de la Fuente del Paco, pero también la suya: 'El susurro del abetal'.

Pero para saber cómo empezó todo hay que retroceder unos cuantos años. Orduña nació en Daroca y ya de adolescente se dio cuenta de que su sitio no estaba entre libros y clases, sino ahí fuera, en contacto con la naturaleza. Con 23 años aprobó las pruebas para entrar en las Brigadas de Refuerzo en Incendios Forestales y convirtió el monte también en su lugar de trabajo.

José Orduña junto a unos niños en 'El susurro del abetal'.

José Orduña junto a unos niños en 'El susurro del abetal'. / Yhabril

La escultura apareció en su vida casi por casualidad. En 2018 decidió probar a tallar madera con una de las motosierras que utilizaba en el trabajo y el resultado le sorprendió hasta a él mismo. Aquella primera prueba llevó a una segunda, después a una tercera y así sucesivamente. Poco a poco, sus obras comenzaron a encontrar su sitio fuera del taller. En 2022 fue nominado al Premio Internacional de Arte de Barcelona y, solo un año después, ganó el Premio del Público en la primera edición de la Feria de Arte Saraqusta, un reconocimiento que le permitió exponer sus esculturas en el IAACC Pablo Serrano.

Y aquí es donde la Fuente del Paco entra en escena. Su novia, Paola Benedí, es de Villanúa y siempre ha tenido un vínculo muy especial con estos bosques. Orduña quiso sorprenderla y, como no podía ser de otra manera, lo hizo a través de la madera y su motosierra: "Dejé en el monte una escultura en la que recreo a la abuela árbol de 'Pocahontas'. Al lado hay un poema precioso de mi pareja, que habla del deseo de fusionarse para siempre con la naturaleza, con ese entorno que para ella es tan importante".

Lo que Orduña no podía imaginar entonces era que aquella primera talla solo sería el comienzo. Poco después, el Ayuntamiento de Villanúa se puso en contacto con él para proponerle algo mucho más ambicioso: crear un recorrido por la Fuente del Paco con otras 25 esculturas. La respuesta fue un rotundo sí, aunque con una condición: "Me pareció una oportunidad increíble, pero puse como requisito aprovechar la madera del entorno natural, porque no me gusta malgastar recursos. Las esculturas se han hecho con madera de abetos que están sucumbiendo poco a poco por culpa del calentamiento global. Para conseguir el material, hay que tener conciencia del suelo, de arrastrar la madera, o sea, hacerlo con talento, porque es un bosque que ha sufrido mucho y va a seguir sufriendo".

Vivió en el bosque durante un mes

Si la idea era escuchar el bosque, Orduña decidió hacerlo hasta sus últimas consecuencias. Durante un mes se instaló en un refugio de la zona y convirtió la Fuente del Paco no solo en su lugar de trabajo, sino también en su hogar. "Estuve un mes viviendo ahí como un jabalí. Me volví loco. No hubiera bajado nunca más a la tierra. Me bajaba al río en pelotas, me metía en el agua, me lavaba, subía para arriba, me hacía mi hoguera, a cenar, y a dormir. Pensé que bajar y subir todos los días iba a ser una pérdida de tiempo y que, además, sería buenísimo para mi cuerpo y cabeza. Así fue. Subí con dolores de brazos, de riñones, y se me pasaron todos", apunta el zaragozano.

De aquel mes de aislamiento salieron las piezas que, desde el año pasado, se reparten a lo largo del sendero. La mayoría representan animales, una elección con la que Orduña buscaba recordar que, por pequeño que sea, cada ser vivo cumple una función dentro del ecosistema: "Sin insectos, no habría murciélagos, por ejemplo. También hay otras piezas que intentan hacer que las personas se den cuenta de la relevancia que tiene la naturaleza en quienes somos. Una de ellas es una bailarina que representa la libertad. Con ella quiero decirles a los visitantes que hay que mancharse, correr entre las hierbas, permitir que te rocen los árboles. En fin, abrazar de dónde venimos sin miedo".

Toda esta experiencia le ha dejado mucho al artista, entre otras cosas el cariño de los vecinos de Villanúa por haber dado una nueva vida a este paraje a través de sus esculturas. Pero, sobre todo, le ha servido para afianzar una forma de entender su arte que no siempre tuvo tan clara: "Cuando empecé a esculpir, pasé una etapa muy complicada por mirar demasiado lo que me decían los demás. No quería ni levantarme de la cama. Ahora sé qué proyectos tienen que ver conmigo y cuál es mi visión artística".

Si algo ha quedado claro por el camino es que la relación del darocense con la naturaleza viene de mucho antes que la Fuente del Paco. La escultura llegó después, como una nueva forma de expresar ese vínculo. Y desde el principio tuvo claro que quería seguir por ahí. Tanto, que invirtió todo el dinero que tenía en comprar su primera motosierra: "Pasé el resto del mes sin poder ni siquiera comer". Pero nunca ha perdido de vista por qué empezó. Su intención, dice, siempre ha sido la misma: "Devolverle a la naturaleza una pequeña parte de todo lo que ella me ha dado".

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