La cultura y el incendio que no sale en los telediarios
Lo que tarda décadas en construirse puede desaparecer mucho antes, en un momento

La cultura también sabe lo que es sufrir los 'incendios'. / Javier Betrán

Estos días hemos hablado mucho del fuego. Del fuego que baja por el monte, que cambia de dirección con el viento, que convierte en humo hectáreas de bosque y que obliga a movilizar medios, a cortar carreteras, a desalojar pueblos y a mirar al cielo con preocupación. El incendio de Las Peñas de Riglos nos ha recordado, de la peor manera posible, la capacidad que tiene un incendio para devorarlo todo en muy poco tiempo.
Hay, sin embargo, otros incendios que apenas vemos. No levantan columnas de humo, no aparecen en los mapas de emergencias y no obligan a desplegar hidroaviones. No hay llamas. O, al menos, no las vemos. Son los incendios controlados. También existen en la cultura.
Siempre hay una explicación
La cultura no suele desaparecer de un día para otro. No hay una mañana en la que nos levantemos y descubramos que aquello que teníamos ha ardido por completo. Lo habitual es algo mucho más silencioso. Se recorta un programa. Se cancela una actividad. Se deja para otro año una inversión. Se cierra temporalmente un espacio que acaba convirtiéndose en permanentemente cerrado. Se pospone una rehabilitación. Se reduce una ayuda. Se deja de programar este u otro artista. Se considera que una exposición, un festival, una compañía, una biblioteca o un proyecto cultural pueden esperar.
Y casi siempre hay una explicación razonable. No hay dinero. Hay otras prioridades. Ya se hará. Este año no puede ser. El próximo presupuesto lo contemplará. Hay que racionalizar el gasto.
Una pequeña llama no parece peligrosa. El problema es cuando las pequeñas llamas se suceden durante años. Entonces descubrimos que aquello que parecía un simple ahorro era también una pérdida. Que una compañía que deja de trabajar durante varios años puede desaparecer. Que un espacio cultural cerrado pierde público. Que un festival que deja de celebrarse pierde su lugar. Que un creador que no encuentra oportunidades acaba marchándose. Que una generación entera puede crecer sin determinados referentes culturales. Y que recuperar todo eso cuesta muchísimo más que haberlo mantenido.
Con los incendios forestales hemos aprendido que no basta con actuar cuando aparecen las llamas. La cultura tampoco se protege únicamente inaugurando grandes edificios, anunciando grandes eventos o presentando grandes planes. Se protege manteniendo vivo el tejido que hay debajo.
Un tiempo necesario para vivir
Porque la cultura tiene algo que comparte con el bosque: necesita tiempo. Un árbol tarda años en crecer y puede caer en minutos. Una escena cultural puede tardar décadas en construirse y desaparecer con una facilidad sorprendente. Crear un público, formar artistas, consolidar una compañía, levantar un festival, convertir una ciudad en un lugar de referencia cultural... todo eso requiere paciencia. Destruirlo, en cambio, puede ser extraordinariamente sencillo.
Y aquí está quizá la parte más peligrosa del incendio cultural: que muchas veces nadie siente que esté provocándolo. No hace falta que un gobernante diga que la cultura no importa. Basta con que deje de considerarla urgente. Basta con que siempre haya algo que parezca más importante. La carretera que hay que arreglar. El edificio que hay que construir. La emergencia que hay que atender. El gasto que hay que contener.
La cultura siempre puede esperar. Hasta que un día miramos alrededor y descubrimos que ya no está. En Aragón sabemos bien lo que significa tener un patrimonio y una cultura extraordinariamente ricos, pero también frágiles.
Estos días, resulta imposible no pensar en lo que significa perder un paisaje que tardó décadas, quizá siglos, en construirse. Con la cultura ocurre algo parecido. La diferencia es que el incendio cultural no suele tener llamas. Y quizá por eso sea mucho más fácil mirar hacia otro lado.
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