La felicidad (y la cultura) no cotizan en bolsa... y así les va
Hemos aprendido a medir muy bien lo que tiene precio y muy mal lo que tiene valor

¿Quién mide la felicidad que proporciona la cultura? / El Periódico

Hay una pregunta que convendría hacerse cuando se habla de cultura, ¿para qué sirve? La respuesta parece sencilla, pero tiene trampa. Porque cada vez es más frecuente que, antes de hablar de cultura, tengamos que hablar de dinero. Cuántos espectadores tendrá, cuánto empleo generará y cuál será el retorno de cada euro público invertido.
Eso importa. La cultura también es una industria y genera actividad económica. Pero si es la única manera de justificarla, acabamos confundiendo el valor de las cosas con su precio.
Allá en el Himalaya
Hay un pequeño país del Himalaya que hace décadas decidió que quizá el progreso no podía medirse únicamente por cuánto produce una sociedad. Bután acuñó el concepto de Felicidad Nacional Bruta, una idea que incorpora al desarrollo cuestiones como la salud, la educación, el medio ambiente, la cultura, las relaciones sociales o el bienestar psicológico.
Bután no ha dejado de calcular su PIB. Simplemente entendió que hay cosas importantes que el PIB no sabe medir. Quizá con la cultura nos sucede algo parecido.
Una biblioteca no existe solamente para contabilizar préstamos. Un museo no debería justificarse exclusivamente por el número de entradas vendidas. Un teatro no deja de ser necesario porque una función no llene. Una sala de conciertos puede generar poco dinero y, sin embargo, ser fundamental para una ciudad.
Porque la cultura tiene una rentabilidad que no siempre aparece en una cuenta de resultados.
La verdadera rentabilidad
Es la rentabilidad de que un niño descubra un libro que le cambie la vida. De que alguien encuentre en una canción una forma de explicar lo que siente. De que exista una memoria compartida. De que alguien pueda hacerse una pregunta que no se había hecho antes. Nada de eso cabe fácilmente en un Excel.
Y quizá ese sea uno de nuestros problemas: hemos aprendido a medir extraordinariamente bien aquello que tiene un precio y bastante peor aquello que tiene un valor.
Cuando una administración presenta un proyecto cultural parece obligado explicar cuánto dinero va a generar. Rara vez se pregunta cuánto talento permitirá desarrollar, cuántas vocaciones despertará o cuánto contribuirá a que una ciudad sea un lugar mejor para vivir.
Es curioso. Nadie exige a un parque que sea rentable. Nadie calcula el retorno económico de una plaza pública antes de construirla. Entendemos que hay cosas que forman parte de la calidad de vida aunque no produzcan beneficios. ¿Por qué la cultura tiene que pedir perdón por no hacerlo siempre?
Esto no significa defender el despilfarro. El dinero público debe gestionarse con rigor, transparencia y sentido común. Hay que evaluar los proyectos y exigir resultados. Pero resultados no significa necesariamente beneficios.
¿Y la Felicidad Cultural Bruta?
Quizá deberíamos inventar una especie de Felicidad Cultural Bruta. Un indicador imposible de calcular, pero visible cuando desaparece. Se nota cuando una ciudad pierde sus salas, cuando un barrio se queda sin programación, cuando un teatro languidece, cuando una biblioteca pierde recursos o cuando un creador decide marcharse porque aquí no encuentra dónde trabajar.
Y también se nota cuando sucede lo contrario: cuando hay librerías, teatros, museos, conciertos, festivales, compañías y artistas. Cuando salir de casa significa también encontrarse con una idea, una canción, una historia o una emoción que no esperábamos.
Eso también es riqueza. Tal vez el error esté en llamar gasto a todo aquello cuyo beneficio no sabemos calcular. Porque la cultura no está para hacernos más ricos. O, al menos, no solamente para eso. Está para hacernos más libres, más críticos, más imaginativos y, quizá, un poco más humanos.
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