El inicio del mes de septiembre es para muchos como una especie de nochevieja y un año nuevo en versión 2.0. Con el inicio del curso escolar y el final del verano con sus vacaciones para aquellos que hayan podido disfrutar de ellas, se plantea un nuevo escenario en el que se dan inicio muchas cosas, una especie de punto y a parte en el trabajo, los estudios o esas buenas intenciones como las de dejar de fumar o apuntarse al gimnasio en el caso de haber fracasado en los intentos realizados después de Navidad.

Las vacaciones de Keynespor Aragón

Pero en esta ocasión me voy a centrar en el final de esas ansiadas vacaciones veraniegas que para la gran mayoría terminan con el mes de agosto y suponen el regreso a la rutina, listos para encarar la progresiva llegada del frío y los días cada vez más cortos.

Lo cierto es que las vacaciones son un lujo que como ya sabemos son de muy reciente generalización entre la población. Hasta no hace tantos años era algo que la gran mayoría de la gente no se podía permitir, aunque desde luego la clases privilegiadas ya fueron haciendo sus propios ensayos incluso siglos atrás. Desde mediados del siglo XVII se comenzó a popularizar entre la alta aristocracia europea la costumbre de hacer el llamado Grand Tour. Este consistía en cogerse unos años para viajar por buena parte de Europa y vivir nuevas experiencias, conocer mundo y hacer contactos entre las clases dirigentes de otros países.

Este Grand Tour fue el precedente, salvando las distancias, del turismo de masas que conocemos hoy en día, y no será hasta bien avanzado el siglo XX cuando se populariza gracias a la expansión de las clases medias en occidente.

Ya avanzando al siglo XIX España fue un destino muy popular para las clases altas británicas como un lugar exótico pero a la vez cercano donde tener aventuras, festejar y con un poco de suerte sobrevivir al asalto de unos bandoleros para después contar la anécdota en las cenas de la jet set londinense. Quizás eso fue lo que ya a comienzos del siglo XX atrajo al protagonista de hoy a pasar en dos ocasiones sus vacaciones al por entonces agreste Pirineo aragonés y que hace un tiempo me desveló el economista José Torres Remírez.

John Maynard Keynes nació en Cambridge en el año 1883 y está considerado como uno de los economistas más influyentes de la historia. La teoría que alumbró y a la que dio nombre, el keynesianismo, fue publicada en el año 1936 como una respuesta a los desafíos que había creado a las sociedades occidentales el crack del 29 y la Gran Depresión con la destrucción de millones y millones de empleos en muy poco tiempo.

Su teoría rechaza la capacidad de la propia economía de regularse a sí misma, y aboga por la intervención del Estado en el sistema económico capitalista para poder regularlo lo suficiente como para evitar o minimizar las crisis provocadas por los propios desequilibrios del sistema. Además, también se le considera el padre de la llamada macroeconomía.

Pero dejando cuestiones económicas aparte, Keynes decidió pasar un par de veranos sus vacaciones en territorio aragonés en un momento en el que la gente todavía no estaba acostumbrada a ello. La primera vez fue en el año 1907, aunque más que vacaciones se podría decir que fue un viaje de estudios y que estuvo en la zona de Ordesa, un paraje que todavía no estaba protegido como Parque Nacional, pues este fue creado en 1918. Durante este primer periplo escribió cartas a su madre y a su maestro Lytton Strachey. Gracias a esa correspondencia sabemos que Keynes se alojó en la casa de unos campesinos de la localidad de Torla durante varios días llegando a escribir a su madre «te encantaría este lugar como a mí. El clima es la perfección absoluta, ni una nube, jamás caliente, jamás frío, la comida es divina». Aunque no todo era bueno, ya que acostumbrado al nivel de vida de una localidad como Cambridge en plena época postvictoriana le chocaba la gran pobreza que veía en la zona, además de destacar la «fealdad de la gente de estas regiones, incluyendo los visitantes».

Pero sin duda su viaje fue positivo, pues sólo dos años más tarde, en 1909, Keynes regresó de nuevo al Pirineo aragonés aunque esta vez ya en un viaje familiar. En esta ocasión recorrió otras zonas del Pirineo central a ambos lados de la frontera, y aunque no se conoce demasiado de su itinerario, sí que sabemos que le gustó más que el viaje anterior.

«El valle de Aragón me pareció aún más lleno de belleza emocional que antes, debe ser el paraje más bello de Europa, tiene una clase de encanto y de imaginación absolutamente definida y que le hace a uno vivir en trance. Era totalmente feliz allí. Cuando tenga que huir de mi país, será este valle al que me retire a vivir entre truchas, fresas salvajes y pastores españoles».

Si viajamos a su Cambridge natal nos encontraremos con numerosas placas en diferentes lugares en las que nos informan que Keynes nació en tal lugar, vivió en tal casa o que se tomó un té en tal establecimiento. Quizás no sería mala idea hacer algo parecido para recordar y dar a conocer un poco más que una de las mentes más influyentes de nuestro tiempo pasó dos veranos por nuestros maravillosos Pirineos.