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El Periódico de Aragón

Los judíos en Aragón

Tal día como hoy, en 1492, los Reyes Católicos firmaron el decreto de expulsión de los judíos

Quema de judíos acusados de ser los causantes de la Peste Negra de 1348-1351. Ilustración aparecida en las ‘Crónicas de Nüremberg’ del siglo XV.

Los españoles actuales nos sentimos herederos de personajes como Don Pelayo o Alfonso el Batallador. Aunque también lo seamos, nos cuesta mucho más considerarnos descendientes de la Saraqusta taifal y deudores de figuras como Abderramán III o Al-Muqtadir. No obstante, en las últimas décadas se han hecho muchos esfuerzos en revalorizar a nuestros antepasados musulmanes y nuestro pasado andalusí. Sin embargo, los judíos siguen completamente olvidados por nuestra sociedad y es de justicia aprovechar la efeméride para hablar de ellos y de su paso por Aragón.

En los inicios de nuestra Edad Media fueron hostigados por los reyes visigodos, que les prohibieron casi todo, entre otras cosas tener esclavos cristianos. Esto va a tener unas consecuencias enormes cuyos efectos van a perdurar durante siglos. Para empezar, no van a poder competir económicamente con los grandes terratenientes hispano-visigodos católicos que sí que tienen esclavos. Por consiguiente, si quieren prosperar, en aquella época sólo van a poder hacerlo mediante el comercio. El hecho de que haya judíos repartidos por todo el mundo favorece esta profesión, ya que esto implica tener traductores y estar como en casa en todas partes.

La llegada de los musulmanes a la Península Ibérica fue un acontecimiento feliz para un buen número de judíos. Por un lado suponía el fin del acoso al que estaban sometidos en época visigoda y, por otro lado, hasta los problemas derivados de la fundación del Estado de Israel en el siglo XX, la convivencia de los judíos siempre ha sido más fácil con los musulmanes que con los cristianos porque hay más afinidad religiosa entre ambos credos. En tiempos de Al-Andalus jugaron el papel fundamental de vasos comunicantes entre la cristiandad y el mundo musulmán.

Uno de los aspectos más significativos del período andalusí es el florecimiento de la cultura y la aparición de grandes intelectuales cuyas cabezas más visibles son los cordobeses del siglo XII Averroes y Maimónides. Se avanzó en todas las disciplinas científicas y estos conocimientos, muchas a veces a través de traductores judíos, pasaron a la cristiandad europea e influyeron a los eruditos de los siglos XIII y XIV, de tal manera que no son pocos los investigadores que sostienen que el verdadero Renacimiento se dio en Al-Andalus. Tal es la importancia de los avances alcanzados. El culmen de este crecimiento logrado en la Córdoba del siglo XII viene de la mano del zaragozano Avempace y bebe directamente de los estudios que se hicieron en el siglo XI en la corte de la taifa de Zaragoza, especialmente durante los reinados del gran Al-Muqtadir y de su hijo Al-Mutamín. Resulta que muchos de los brillantes científicos que deambularon por esta corte de fantasía en tierras mañas, eran judíos. De entre todos ellos podemos destacar a Yequtiel ben Isaac, que fue un gran poeta y visir del reino musulmán de Zaragoza, maestro y mecenas de otros grandes e iniciador de esta etapa dorada de nuestra cultura. Tenemos también a Marwan Yonah ben Yanah, contratado como médico de la corte, aunque destacó como filólogo, escribiendo gran cantidad de obras de léxico, sintaxis y gramática hebrea, haciendo estudios comparativos entre la lengua hebrea y otras lenguas de su familia semítica, como el arameo y el árabe. Para ponerlo en perspectiva esto ocurre en el siglo XI y la primera gramática del castellano se publicó en el siglo XV. De hecho, en el mundo judío su obra ha dejado huella hasta la actualidad. Asimismo, durante un tiempo residió en Saraqusta el mismísimo Ibn Gabirol, considerado uno de los filósofos neoplatónicos más importantes de la Edad Media, referencia para los franciscanos, y uno de los poetas hebreos más grandes del medievo a nivel mundial. Y podría seguir con nombres como Abu al-Fadl ibn Hasdai, Ibn Paquda, Ibn Buklaris y Levi ben Yacub ben at-Tabban. La lista es larga pero no me puedo detener en cada uno de ellos.

Siglos más tarde, todos estos territorios fueron dominados por los reinos cristianos del norte peninsular y los judíos que viven aquí quedan gobernados por reyes cristianos de nuevo, como ocurrió en época de los visigodos. Pero la situación es distinta: estos monarcas buscan que la población local musulmana y judía no se marche porque de nada sirve hacerse con tierras vacías de gente, así que son permisivos con los credos islámicos y judíos.

Las principales localidades quedan divididas en concejos que gobernaban a los cristianos de la ciudad, aljamas que gobernaban a los musulmanes y aljamas que gobernaban a los judíos. Eran como tres ciudades en una con sus propios cargos políticos. Aparte estaban las juderías, que eran los barrios donde vivían los judíos. Es decir, coexistían y estaban juntos pero no revueltos con los cristianos, que es algo distinto de la convivencia. No obstante, eran protegidos por los fueros del reino de Aragón y muchos de ellos tuvieron grandes responsabilidades, como es el caso de Moshé sefardí, que se bautizó como Pedro Alfonsez y fue médico personal de Alfonso I el Batallador, después marchó a Inglaterra y a Francia, donde enseñó el uso del astrolabio y el cuadrante a los ingleses y franceses, retornando finalmente a su tierra natal. También nos encontramos con datos anecdóticos como que los carniceros judíos de Zaragoza fueron durante siglos los encargados de alimentar a los leones del zoológico real de la Aljafería o que el rabino Mosse Bencida de la aljama de Mallén fue elegido por el comendador de la zona para custodiar las llaves de los graneros donde se almacenaban los diezmos de la localidad. Es curioso que no se eligiera para tal menester a un cristiano, ya que se trata de un impuesto eclesiástico.

Con la llegada de las grandes mortandades que trajo la peste, las crisis económicas y los problemas religiosos de la Baja Edad Media, se convirtieron en chivo expiatorio de todos los males y todo esto, desgraciadamente, acabó derivando en su expulsión.

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