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El Periódico de Aragón

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El Estatuto de Autonomía

El 6 de junio de 1936 fue presentado el Caspe el proyecto de Estatuto de Autonomía para Aragón durante la Segunda República Española

Concentración por la autonomía en Caspe en 1976.

En este año 2022 se está celebrando el 40º aniversario del actual Estatuto de Autonomía que consiguió Aragón en 1982 en el proceso de descentralización que vivió España tras la dictadura franquista. Con la Transición y la construcción de un régimen democrático se empezó a tratar desde muy pronto el asunto de dar autonomía política y mayores competencias de autogobierno a algunas regiones de España que así lo demandaban por unas u otras circunstancias. Un episodio que se había vivido décadas antes durante la segunda república española. Y es que el deseo de autogobierno de algunas zonas, especialmente de Cataluña y Euskadi, les llevó a buscar en la década de 1930 un régimen político especial, cosa que Cataluña logró muy pronto al conseguir su propio estatuto en 1932.

Pero no fue ni mucho menos la única región que buscaba dicha autonomía, y Galicia, Aragón y Euskadi le fueron a la zaga unos años más tarde. Para conseguir disfrutar de ese régimen político especial que no estaba pensado entonces para todas las zonas del país como en la actualidad, se necesitaba consenso en la región a través de un plebiscito y que después las Cortes (actual Congreso de los Diputados) aprobaran el proyecto estatutario.

Tras el caso catalán hubo un parón en el proceso autonomista tras el triunfo electoral en noviembre de 1933 del Partido Radical y de la CEDA, pero volvió a retomarse en febrero de 1936 con la victoria del Frente Popular. Desde ese momento se volvieron a desarrollar dichos proyectos de autonomía tomando Galicia la delantera, que aprobó su estatuto en un referéndum celebrado el 28 de junio de 1936 siendo entregado posteriormente a las Cortes para que fuera aprobado. Sin embargo, el golpe de Estado del 17/18 de julio impidió que esto ocurriera y que entrara en vigor en ese momento, aunque sí que lo haría años más tarde pero de forma simbólica.

Cartel conmemorativo del proyecto de estatuto de autonomía de 1936.

Cartel conmemorativo del proyecto de estatuto de autonomía de 1936.

Aragón habría sido la tercera región en lograr esa autonomía, pues durante el mes de mayo de 1936 un grupo de aragonesistas liderados por Gaspar Torrente se reunieron en Caspe y redactaron el proyecto de estatuto aragonés, que fue presentado a principios del mes siguiente en el teatro caspolino. Dicho proyecto fue presentado en las Cortes el 15 de julio, pero de nuevo y al igual que en el caso gallego el golpe de Estado frenó su aprobación y su puesta en marcha, aunque en esta ocasión ni tan siquiera se tramitó de forma simbólica. El golpe triunfó prácticamente en todo el territorio aragonés, pero el avance en las semanas finales de julio y comienzos de agosto de varias columnas de milicianos anarquistas y comunistas desde Cataluña acabó provocando la división de Aragón de norte a sur, quedando la mitad occidental en manos del bando sublevado junto a las tres capitales de provincia mientras que la mitad oriental se organizó manteniéndose fiel a la república.

De este modo ni gallegos (al final en parte sí) ni aragoneses consiguieron ver aprobados dichos estatutos y fue Euskadi la que tomó la delantera, ya que consiguió la aprobación de su estatuto en plena guerra civil, ya en el mes de octubre del 36.

El "café para todos" de Manuel Clavero dejó a Aragón en la vía lenta de la autonomía. EDUARDO ABAD

Podría decirse que ahí se quedó el tema, pero ni mucho menos. Y es que si volvemos a la Transición y a la construcción del régimen autonómico en España, en un principio se volvió a pensar en conceder un marco político diferente a unas pocas regiones del país tal y como había ocurrido durante la república. Pero ahí llegó el problema y el «qué hay de lo mío», ya que todas las regiones comenzaron a aspirar a tener al menos cierta capacidad de autogobierno. De ahí la famosa frase del «café para todos», popularizada por Manuel Clavero, ministro para las Regiones en el gobierno de la UCD liderado por Adolfo Suárez.

De ese modo se acabó desarrollando el régimen de la España de las autonomías, pero no todas iban a ser iguales, ni mucho menos. Se crearon dos vías, la «rápida» y la «lenta», siendo la primera de ellas la que otorgaba plena e inmediata autonomía y que se decidió conceder a las llamadas «comunidades históricas». Dicho adjetivo bien se debería haber entendido como aquellas regiones que históricamente han gozado de una u otra manera de autogobierno durante siglos o bien que sus pueblos han tenido una larga tradición regionalista y de querer gozar de un régimen especial. Al menos eso es lo que debería dictar la lógica.

Sin embargo quedaron como comunidades históricas aquellas que llegaron a gozar de un estatuto de autonomía aprobado por la república de una u otra forma, quedando en ese listado las ya mencionadas Cataluña, Galicia y Euskadi pero dejando fuera de forma injusta a Aragón, que quedó relegada a la vía lenta, lo que se traduce en un considerable atraso con respecto a la transferencia de las diferentes competencias de gobierno. Así, este año queda conmemorar el pasado autonómico aragonés. Tanto el que ha sido, con sus 40 años y sus diferentes reformas, como el que pudo ser con aquel texto redactado a finales de la primavera de 1936 en Caspe.

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