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San José de Calasanz

El aragonés creó en Roma las primeras escuelas gratuitas para los más pobres

La última comunión de San José de Calasanz, por Francisco de Goya, de 1814.

La última comunión de San José de Calasanz, por Francisco de Goya, de 1814. / SERGIO Martínez Gil HISTORIADOR Y CO-DIRECTOR DE HISTORIA DE ARAGÓN

Sergio Martínez Gil

Sergio Martínez Gil

José de Calasanz es uno de los aragoneses más universales, y de hecho su figura está profundamente unida a la cultura y sobre todo a la educación, celebrándose en España cada 27 de noviembre el día de los maestros siendo él su santo protector. ¿Pero quién fue José de Calasanz más allá de estar considerado por la Iglesia Católica como santo desde que fue canonizado en el año 1767 por el papa Clemente XIII?

José de Calasanz nació en Peralta de la Sal, una pequeña localidad situada en la actual comarca oscense de La Litera, en tierras del reino de Aragón, un 11 de septiembre del año 1557. Sus padres fueron María Gastón y Pedro de Calasanz, siendo José el más joven de los ocho hijos que tuvo la pareja. Muy pronto mostró tener dotes para el estudio, de modo que con 11 años se marchó de Peralta para iniciar sus estudios en una escuela de latín que regentaba la Orden de los padres Trinitarios, y que muy probablemente le influyó en su deseo de iniciar la carrera sacerdotal cuando tenía 14 años. Mostraba también lo que hoy llamamos «don de gentes», lo que le facilitó a lo largo de su vida el cultivar numerosas amistades, algunas de ellas con figuras como Galileo Galieli o el filósofo Tommaso Campanella, y eso a pesar de que fueron dos figuras muy controvertidas en su tiempo, aunque el aragonés nunca dejó de apoyarles, a pesar de lo peligroso que era.

Estudió en la Universidad de Lérida Derecho canónico y Filosofía entre los años 1571 y 1576, y Teología en las universidades de Valencia y Alcalá de Henares entre 1578 y 1579, y siguió firme en su pretensión de dedicar su vida a la Iglesia incluso a pesar de la muerte de su hermano varón mayor y que por lo tanto su padre Pedro le reclamara que regresara a Peralta para asumir la administración de las propiedades que tenía la familia. Finalmente, en el año 1583 fue ordenado sacerdote cuando tenía 26 años, y aconsejado por el obispo de Urgel se marchó a Roma en 1591 para convertirse en el preceptor de la familia de los Colonna, una de las más poderosas de la nobleza romana.

En aquella época, el río Tíber, al igual que todos los ríos, no contaba con unas buenas canalizaciones a su paso por las poblaciones ni tampoco con presas que controlaran las grandes avenidas extraordinarias que suelen tener, de modo que la ciudad de Roma sufrió de vez en cuando devastadoras inundaciones incluso hasta el mismo siglo XX. Una de ellas la vivió en primera persona el propio José de Calasanz a finales del siglo XVI, la cual provocó más de 2.000 muertos y que miles de familias, las más pobres de la ciudad, se quedaran sin techo y sin alimentos. Ese momento cambió la vida del aragonés, que se empleó a fondo en tratar de ayudar en todo lo posible a los miles de afectados por aquella catástrofe, especialmente en el caso de los niños de las familias más desfavorecidas. Así fue como empezó a gestar en su cabeza la idea de crear unas escuelas que fueran totalmente gratuitas y que estuvieran dirigidas precisamente a los niños más pobres para poder darles una formación y, con ello, una oportunidad para intentar lograr una vida mejor que de otro modo no habrían tenido.

Pronto propuso su idea a las autoridades eclesiásticas y a algunas de las familias más adineradas de la ciudad, pero todos le rechazaron. Aun así, José de Calasanz continuó con su empeño y consiguió que en 1597 le cedieran la vieja sacristía de la parroquia de Santa Dorotea situada en el Trastevere, por entonces uno de los barrios más pobres de Roma, inaugurando en ella la primera escuela gratuita de Europa a la que se acabó bautizando con el tiempo como Escuelas Pías. Dado que no había conseguido ninguna contribución económica, utilizó los ahorros que había obtenido en sus casi seis años como preceptor de los Colonna para suministrar materiales a sus primeros alumnos.

Gracias a su entusiasmo y a su ya mencionado don de gentes, consiguió convencer a otros profesores para que se unieran a su causa, con lo que las escuelas fueron creciendo iniciándose así la costumbre de impartir clases en aulas con numerosos alumnos. Y es que hasta entonces, la educación, que estaba casi en exclusiva reservada para familias pudientes, se limitaba a clases individuales o como mucho en pequeñísimos grupos de alumnos. Impartían cultura y filosofía, por supuesto, pero Calasanz hizo hincapié también en la enseñanza de matemáticas y ciencias, algo que consideraba totalmente necesario para conseguir dar una formación de calidad a sus jóvenes alumnos.

Todo esto fue una idea novedosa, y con el tiempo otros fundadores siguieron su ejemplo por todo el continente, hasta que a partir del siglo XIX los Estados empezaron a asumir como propia, aunque poco a poco, la responsabilidad de ofrecer a toda su población una mínima educación. José de Calasanz prosiguió con sus labores tratando de ayudar a los más pobres y a los enfermos hasta su muerte en la ciudad eterna el 25 de agosto de 1648 cuando contaba ya con 90 años.

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