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El castillo de Montearagón

Fortaleza fundamental para la conquista cristiana de Huesca

Panorámica del Castillo de Montearagón en Huesca

Panorámica del Castillo de Montearagón en Huesca / TURISMO DE ARAGÓN

Sergio Martínez Gil

Sergio Martínez Gil

A pocos kilómetros de la ciudad de Huesca y situado junto a la localidad de Quicena, se levanta imponente otra de las grandes fortalezas que jalonan el territorio aragonés y que en buena medida explican la historia del Aragón medieval y sobre todo su expansión territorial hacia al-Andalus. ¿Cuál es la historia de esta gigantesca mole defensiva y que también llegó a ser una importante abadía así como panteón real durante un tiempo?

Este viaje por la Historia nos lleva a los inicios del reino de Aragón en el siglo XI. Ramiro I, hijo primogénito del rey Sancho III el Mayor de Pamplona, era un hijo ilegítimo que el monarca había tenido fuera del matrimonio, de modo que, a pesar de ser el hijo mayor, no pudo heredar el dominio principal de su padre. Sin embargo, no se fue de vacío en el testamento que este dejó a su muerte en el año 1035, heredando en ese momento el pequeño y pobre condado de Aragón. Sin embargo, Ramiro nunca se consideró como un conde, aunque es verdad que tampoco utilizó en la documentación el título de rey, sino que firmaba como «hijo del rey Sancho». Aun así, dado su proceder a la hora de gobernar y el tratamiento que le dieron sus coetáneos, a Ramiro se le considera como el primer monarca aragonés. Este comenzó a poner las bases para el futuro crecimiento de sus escasos dominios e inició una todavía limitada expansión territorial en detrimento de la entonces poderosa taifa de Zaragoza. En una de sus campañas, intentando conquistar Graus, Ramiro I murió durante la batalla desatada en el año 1063, sucediéndole su hijo Sancho Ramírez. Este sí empezó a utilizar el título de rey, algo que ratificó su posterior coronación en Roma en el año 1068 oficiada por el papa Alejandro II.

El rey Sancho continuó esas políticas de expansión militar, obsesionado con conseguir que su reino saliera de las agrestes montañas y de los valles pirenaicos para llegar por fin al fértil y rico llano. Para ello, fomentó la construcción y potenciación de diferentes fortalezas como la de Loarre, todo ello dirigido a alcanzar sus objetivos, siendo el principal la conquista de la ciudad de Huesca. Y es que esta era el gran escudo con el que la taifa de Zaragoza seguía frenando, cada vez más a duras penas, el avance aragonés hacia la cuenca del Ebro.

Una de las nuevas fortalezas que se empezó a levantar durante su reinado para preparar el futuro ataque a Huesca fue precisamente el castillo de Montearagón. Gracias a un documento del archivo de Roda, sabemos que el monarca acampó en lo alto ese monte en el mes de mayo del año 1085, decidiendo seguramente en ese momento que ese enclave era perfecto para construir un gran castillo desde el que amenazar permanentemente a la cercana Huesca y que, llegado el momento, sirviera de base principal para su conquista. La construcción comenzó en la primavera del año 1086 junto con una iglesia dedicada a Jesús Nazareno, terminándose las obras principales en el año 1089.

Desde entonces, el monarca residió buena parte del año en Montearagón mientras iba dando los pasos necesarios para preparar la conquista de la capital oscense, algo para lo que se sintió listo en el año 1094. Montearagón se convirtió en su base de operaciones principal para el asedio, y cuando parecía que todo marchaba perfectamente, una certera flecha le alcanzó mientras inspeccionaba las defensas de la ciudad, provocándole la muerte poco después y el levantamiento del asedio. Entonces fue sucedido por su primogénito, el rey Pedro I, quien dos años después volvió a la carga. De nuevo Montearagón fue la base principal de sus mesnadas para el nuevo asedio, y por fin, en el año 1096, y tras vencer en la Batalla de Alcoraz al ejército de socorro que había enviado el rey al-Mustaín II de Zaragoza, Huesca sería por fin conquistada e incorporada al reino de Aragón como su nueva capital.

Tras la conquista, Montearagón recibió numerosas rentas y donaciones, lo que hizo que al convertirse en abadía dejando poco a poco de lado la función defensiva como tarea principal, se convirtiera en uno de los cenobios más poderosos, ricos e influyentes del reino aragonés. Llegó a ser incluso, aunque de forma temporal, panteón real de la monarquía aragonesa, pues Sancho Ramírez estuvo un tiempo enterrado allí hasta que sus restos fueron trasladados a San Juan de la Peña. También recibió allí sepultura Alfonso I el Batallador tras su muerte en el año 1134, aunque más tarde sus restos fueron llevados a San Pedro el Viejo de Huesca, reposando cerca de los de su hermano y sucesor, Ramiro II el Monje.

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