ENTENDER+ CON LA HISTORIA

190 años de Torrero

El pasado martes 2 de julio el cementerio zaragozano celebró su aniversario

Una tumba en el Cementerio de Torrero.

Una tumba en el Cementerio de Torrero.

Sergio Martínez Gil

Sergio Martínez Gil

En realidad, a nadie o a casi nadie le gustan los cementerios. Y es lógico, pues es el lugar donde reposan muchos de nuestros seres queridos y por lo tanto suelen traernos nostalgia, recuerdos y tristeza. Además, también nos recuerda a todos nuestra propia mortalidad, tal y como dice por ejemplo una célebre frase situada en una de las puertas de entrada del cementerio de San Sebastián, el de Polloe, y que dice así: «Pronto se dirá de vosotros lo que suele ahora decirse de nosotros. ¡¡Murieron!!».

Pero no está en mi ánimo dedicar estas líneas a ensombrecer el día de los lectores, sino todo lo contrario, pues mi objetivo es el de recordar una efeméride de la capital zaragozana desde la cual, aunque pueda parecer mentira, se pueden explicar muchas cosas de la historia de la ciudad. El 2 de julio se cumplió el 190 aniversario de la inauguración oficial del Cementerio Municipal de Torrero, que por lo tanto lleva casi dos siglos acogiendo los restos mortales de muchos zaragozanos y zaragozanas, ya sean famosos o anónimos. Corría el año 1834, siendo esa una década de profundos cambios para Aragón, España y Europa en general, con revoluciones y contrarrevoluciones que fueron esculpiendo poco a poco parte del modelo de sociedad en el que vivimos hoy en día. En el caso español hacía unos meses que se vivía además en un contexto de guerra civil, pues en octubre del año anterior había estallado la Primera Guerra Carlista (1833-1840) entre aquellos que apoyaban a la todavía niña Isabel II, y los que preferían a su tío Carlos María Isidro de Borbón y todo lo que implicaba el apoyar a una parte u otra.

La primera pregunta que nos puede asaltar es la siguiente. Si fue entonces cuando se inauguró el cementerio de Zaragoza, ¿dónde se enterraba hasta entonces a la gente? Pues normalmente junto a muchas de las iglesias, conventos y hospitales situados en el interior de la ciudad. De hecho, en las últimas semanas y con las diferentes catas arqueológicas que se están haciendo en varios lugares de la capital antes de las reformas urbanísticas previstas están saliendo noticias del hallazgo de restos humanos, algunos de ellos pertenecientes a estos cementerios ya desaparecidos.

Monumento a Joaquín Costa en el cementerio de Torrero, en una imagen de archivo.

Monumento a Joaquín Costa en el cementerio de Torrero, en una imagen de archivo. / El Periódico de Aragón

Pero claro, con el paulatino avance de la medicina y la ciencia, poco a poco se fue viendo que igual no era muy buena idea enterrar a gente en el casco urbano de las ciudades, sobre todo teniendo en cuenta que todavía de vez en cuando se declaraban mortíferas epidemias de todo tipo. Así fue como empezó a sacarse los lugares de enterramiento de las poblaciones a las afueras, naciendo el gran cementerio de la capital aragonesa.

Ese ya lejano 2 de julio, Torrero fue inaugurado por el entonces arzobispo Bernardo Francés Caballero, quien, por cierto menos de un año después, tuvo que tomar las de Villadiego porque los zaragozanos casi lo linchan, pues existía el rumor de que favorecía la causa de los carlistas y era un traidor al liberalismo. Desde entonces han acabado allí sus días cientos de miles de personas, teniendo el dudoso honor de ser su primera doña Manuela Moreno.

Aunque de primeras puede parecer una idea un tanto rara, siempre recomiendo dar una vuelta por la parte más histórica del cementerio zaragozano, pues es una auténtica caja de sorpresas e incluso de arte. Además, también nos muestra que incluso en la muerte, y por mucho que se diga, no todos somos exactamente iguales, y eso se ve perfectamente en la zona más antigua del camposanto. Igual que en vida la gente más adinerada vivía en los mejores lugares de la ciudad, tras su muerte ocupaban también los lugares más solemnes del cementerio, donde además había que dejar huella del poderío de la persona que allí estaba enterrada. Por eso vemos grandes mausoleos y panteones familiares que llegan a ser auténticas obras de arte que bien merecen nuestra atención. Dando un paseo se puede identificar a las familias más poderosas de la ciudad, así como a importantes representantes del arte y la cultura, como puede ser la tumba del tenor Miguel Fleta o de diferentes toreros que en su tiempo causaron auténtico furor entre sus seguidores.

También existe el cementerio alemán, fruto tanto de los aviadores que envió la Alemania nazi con la Legión Cóndor a combatir en favor del bando franquista durante la Guerra Civil Española, como también de la importante colonia de alemanes que arraigó en la ciudad durante la Primera Guerra Mundial. Y por supuesto, un lugar que merece la pena ser visitado es el de la gran tumba y monumento a Joaquín Costa. Tanto por lo monumental, como por la curiosidad de que en sus orígenes, y aunque no lo parezca hoy en día con el crecimiento del cementerio, estaba fuera de sus muros aunque adosado a estos, pues recordamos que el político y pensador oscense era abiertamente ateo y no podía ser enterrado (ni hubiera querido) en terreno consagrado. Por desgracia, también fue testigo de los cientos de fusilamientos que se produjeron allí durante la guerra civil y tras ella. Y es que el cementerio de Torrero no es solo un lugar donde reposan los restos mortales de los habitantes de Zaragoza, sino también un lugar en el que podemos literalmente observar los últimos dos siglos de la historia de la ciudad.

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