ENTENDER+ CON LA HISTORIA

Misión: salvar al Papa

En el año 1849 España organizó una expedición militar para auxiliar a Pío IX

El papa Pío IX bendice a las tropas españolas
en Gaeta. Museo del Prado

El papa Pío IX bendice a las tropas españolas en Gaeta. Museo del Prado

Sergio Martínez Gil

Sergio Martínez Gil

El papa Pío IX, cuyo pontificado duró desde el año 1846 hasta 1878, vivió profundos cambios y, de hecho, fue el último pontífice que fue además jefe de Estado de los ya desaparecidos Estados Pontificios, los cuales llegaron a abarcar buena parte de la zona central de la actual Italia. Nació en el año 1792 y desde entonces y conforme fue creciendo fue testigo de los profundos cambios que vivió el mundo durante su vida. Y es que nació en plena época de la Revolución Francesa, fue consciente en su juventud de las Guerras Napoleónicas viviendo el ascenso y caída del propio Napoleón Bonaparte. También vio la reacción absolutista que se vivió en Europa en los años siguientes, el surgimiento de los nacionalismos tal y como los entendemos todavía hoy en día, y las revoluciones liberales que acabaron de forma definitiva con el Antiguo Régimen.

Su nombre secular era Giovanni Maria Battista Mastai Ferretti, y siempre tuvo un importante nexo de unión con España. Y es que su familia tuvo que refugiarse en España y fue allí donde el futuro Pío IX pasó parte de su juventud, concretamente en Mallorca, donde asistió al seminario y recibió sus primeras órdenes. De hecho, años más tarde fue quien beatificó a Pedro Arbués, el aragonés que se convirtió en el primer inquisidor del reino de Aragón y que fue asesinado por ello en la Seo del Salvador de Zaragoza en el año 1485.

El caso es que en el año 1846 fue elegido Papa y en un primer momento fue aplaudido por muchos liberales dado su carácter aperturista que, en un primer momento, le llevó por ejemplo a abolir la judería de la ciudad de Roma (que más tarde acabó restaurando). También creó en los Estados Pontificios una cámara de representación popular que, aunque se elegía por sufragio censitario, propició una participación ciudadana como no se había visto hasta entonces en los Estados papales. Pero las reformas aperturistas se le fueron de las manos y en el año 1848 le pilló a contrapié una nueva oleada revolucionaria en buena parte de Europa, muy influenciada por el nacionalismo, y en la que se hicieron por ejemplo los primeros intentos por unificar Italia. Es la conocida como Primavera de los Pueblos, que en el caso italiano provocó que los romanos proclamaran la república de Roma, lo que hizo que el Papa tuviera que huir de la ciudad y buscar refugio en Gaeta.

La cúpula de la basílica de San Pedro del Vaticano.

La cúpula de la basílica de San Pedro del Vaticano. / EUROPA PRESS

Era el primer aviso de lo que estaba por venir, años más tarde, con la anexión por vía militar de la ciudad de Roma al nuevo reino de Italia, allá por el año 1870, y que puso fin a los Estados Pontificios tras más de un milenio de existencia. Pero en 1848, y tras su huida, Pío IX lanzó varias proclamas solicitando la ayuda de las potencias católicas europeas para recuperar su posición como jefe de Estado, siendo España la primera que salió en su ayuda. En 1848 en España reinaba la joven Isabel II, mientras que el gobierno estaba presidido por el muy conservador y también militar Ramón María Narváez. En un primer momento se envió un barco de guerra para auxiliar al Papa, aunque el pontífice finalmente fue llevado a Gaeta gracias a la ayuda francesa. Además, el gobierno español ofreció al Papa las islas Baleares como sede temporal hasta recuperar la ciudad eterna de los revolucionarios liberales. Mientras tanto, comenzaron los preparativos de un ejército de unos 4.000 efectivos al mando del general Córdoba y de una escuadra naval comandada por el almirante Bustillo, quien tenía como segundo al mando a Juan Bautista Topete, el mismo que inició la revolución que derrocó en 1868 a Isabel II.

Pero en el año 1848 no solo el Papa había sido despojado de su poder terrenal. También había caído la monarquía de Luis Felipe de Orleans proclamándose la Segunda República Francesa. En ella comenzaba a sobresalir un sobrino de Napoleón, el cual ansiaba perpetuarse en el poder y para ello veía que necesitaba el apoyo de los católicos franceses (más tarde se convirtió en el emperador Napoleón III). Así que bajo sus órdenes, Francia tomó la delantera a España enviando rápidamente, y ya en el año 1849, a un ejército para retomar el control de Roma y reinstaurar al Papa. La expedición militar española llegó unos días después que la francesa y tuvo que conformarse con un papel secundario y aguantar los desaires de los militares galos, por lo que enseguida se ordenó su regreso a España sin esperar siquiera a la vuelta del papa Pío IX a Roma. Sin embargo, aquella expedición fue vista en España como un éxito diplomático e internacional, iniciando la salida de cierto «aislacionismo» al que el país se había visto abocado en los años anteriores y retomando una política exterior mucho más activa, especialmente en América e incluso también en Asia. Mientras tanto, el pontífice no tuvo más remedio que depender de la nueva Francia de Napoleón III y de sus fuerzas militares hasta que estas se retiraron en 1870 por la guerra contra la Prusia de Bismarck. Pero esa es otra historia.

Suscríbete para seguir leyendo