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Los Papas "españoles": del Papa Luna a los Borgia

España siempre ha tenido una estrecha relación con el papado

Papa Alejandro VI Borgia atribuida a Berruguete

Papa Alejandro VI Borgia atribuida a Berruguete / SERVICIO ESPECIAL

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Sergio Martínez Gil

Sergio Martínez Gil

Ayer sábado pudimos ver el solemne funeral del papa Francisco. Un pontífice que sin duda no ha dejado indiferente a nadie en sus doce años al frente de la Iglesia, y que también trató de una manera u otra de realizar una serie de reformas que modernizaran la que probablemente sea la institución en activo más antigua del mundo. En cuanto a España, esta siempre ha tenido una estrecha relación con el papado, recordando incluso como hice en el artículo de ayer la estrecha relación entre el lugar que Francisco eligió para su última morada, la basílica de Santa María Maggiore, y la monarquía española. 

Pero el artículo de este domingo lo dedico precisamente a cuántos papas «españoles» se han sentado en el trono de San Pedro a lo largo de la historia. Ya adelanto que muy pocos, e incluso si somos totalmente puristas habría que decir que ninguno. Por eso pongo lo de «españoles» entre comillas, pues ninguno de esos pontífices, de entre los cuales en algún caso hay hasta dudas sobre su lugar de nacimiento, y otro no es considerado papa por la Iglesia, vivieron en una época en la que España ni tan siquiera existía como entidad política. Por supuesto sí que se podía hablar de españoles, y lo vemos en no pocos documentos, pero haciendo referencia a un lugar geográfico concreto de procedencia, que en este caso era la antigua Hispania romana, al igual que se habla de papas alemanes o italianos en épocas en las que ni Alemania ni Italia existían como entidades políticas. 

Con el primero de los cuatro casos que voy a abordar en realidad se le podría sacar de la lista de papas «españoles» (aunque no de papas hispanos, es decir, provenientes de Hispania). Hablo de Dámaso I, quien fue el 37º papa de la Iglesia Católica, y que vivió en el siglo IV d.C., todavía en época romana. Y lo pongo entre medias porque, aunque tradicionalmente se piensa que nació en Egitania, una ciudad del norte del actual Portugal, a veces también se ha dicho que quizás pudo nacer más al norte, en tierras de la actual Galicia. Pero como digo, por lo general se le coloca como papa «portugués» (ojo de nuevo a las comillas). 

En segundo lugar, viene un plato fuerte y viejo conocido nuestro, como fue el aragonés Pedro Martínez de Luna y Pérez de Gotor. Nacido en Illueca, eligió el nombre de Benedicto XIII, pero todos le conocemos como el Papa Luna. Sin embargo, su pontificado se desarrolló entre finales del siglo XIV y comienzos del XV, en pleno Cisma de la Iglesia. Una etapa en la que llegó a haber hasta tres personas que reclamaban ser los verdaderos pontífices. Con la ley en la mano, y tal y como siempre reclamó el aragonés, él fue el único que fue elegido cumpliendo todos los requisitos necesarios por la Curia, y eso le convertía en la figura legítima. Pero al final, más que cuestiones legales o religiosas, todo se basaba en los intereses políticos, y el Papa Luna acabó siendo relegado, siendo considerado todavía a día de hoy por la Iglesia como un antipapa. Eso sí. Hay que recordar que tanto Javier Lambán como Jorge Azcón han reclamado como presidentes de Aragón al fallecido papa Francisco que la figura de Pedro de Luna sea rehabilitada ante la Historia. 

Y ahora sí que vamos a los dos que fueron papas sin ningún género de dudas. Curiosamente, ambos fueron de la misma familia y nacieron en la Corona de Aragón, y más concretamente en el reino de Valencia. Hablo de los dos papas Borja o Borgia, tal y como se acabó italianizando su nombre familiar cuando se afincaron en Roma. Esta era una familia a la que siempre se ha tratado de rastrear su origen, existiendo la posibilidad de que provinieran de la localidad zaragozana de Borja y de la cual acabaron tomando el nombre. 

Pero en ambos casos, tanto Alfonso como Rodrigo de Borja nacieron en la localidad de Játiva. En el caso de Alfonso fue un importante jurista y eclesiástico que fue clave para que los descendientes del Papa Luna, afincados todavía en su castillo de Peñíscola, renunciaran a ser pontífices, acabando así de forma oficial con el Cisma en la Iglesia. Eso le supuso un gran prestigio que le acabaría llevando a ser sucesor de San Pedro entre los años 1455 y 1458 con el nombre de Calixto III. Años más tarde, su sobrino también acabaría ocupando su lugar, siendo uno de los pontífices más famosos de la historia: Alejandro VI. Un hombre tremendamente ambicioso, polémico, y del que se decían multitud de maledicencias por parte de sus enemigos. Probablemente muchas de ellas ciertas, pero otras también fruto de la exageración. Desde entonces, y a pesar de que la Monarquía de los Austrias se manifestó como la gran defensora de la fe y de Roma en la lucha contra el Imperio otomano y los reformistas, jamás ha vuelto a haber un papa que, a todas luces, podamos llamar español.  

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