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Quién era María Agustín, la defensora de Zaragoza durante los Sitios napoleónicos

Su memoria incluso prácticamente se perdió, recuperándose a partir de los actos de conmemoración del primer centenario de los Sitios, y concediéndole el honor de tener todo un paseo con su nombre

El Paseo María Agustín es una de las calles de Zaragoza con más tráfico

El Paseo María Agustín es una de las calles de Zaragoza con más tráfico / EL PERIÓDICO

Sergio Martínez Gil

Sergio Martínez Gil

No hace falta decir que los Sitios napoleónicos que sufrió la ciudad de Zaragoza entre mediados de junio de 1808 y el 21 de febrero de 1809 están más que presentes de diferentes formas en la ciudad. Calles, plazas, memoriales, monumentos, e incluso todavía huellas de balazos y cañonazos en algunos edificios como en la catedral-basílica del Pilar, la Puerta del Carmen, o un par de casas en el barrio de la Magdalena.

Dentro de las muchas historias personales que se produjeron en aquellos terribles meses de resistencia a ultranza, actos heroicos y dramas humanos, se ha destacado en muchas ocasiones las historias de las mujeres o heroínas, como se las llegó a llamar. Para hablar de ello, tenemos que tener en cuenta el contexto de la época, en el que es cierto que los Sitios de Zaragoza fueron una rara avis como ejemplo de resistencia de una ciudad que, además, en realidad no contaba con defensas dignas de ese nombre ni con una guarnición militar relevante. Los ejércitos de Napoleón estaban allá por el año 1808 acostumbrados a ganar batallas en campo abierto y, gracias a ello, entrar en las diferentes ciudades y capitales europeas. En cambio, la capital aragonesa fue uno de los primeros ejemplos de la Edad Contemporánea de “guerra total”, en la que los propios civiles se convertían en parte activa de una acción bélica, así como en objetivo militar.

Eso no significa que a lo largo de la historia las mujeres no participaran de una forma u otra en la guerra, estando en ocasiones muy presentes en acciones de avituallamiento en primera línea y que eran tan peligrosas como el estar combatiendo directamente allí. Por supuesto también hay menciones de casos muy concretos que tomaron en determinado momento las armas. Pero el caso de Zaragoza y los Sitios es extraordinario en ese sentido, pues estamos hablando ya no de unas pocas acciones aisladas, sino de muchas mujeres que participaron de forma importante en la defensa de la ciudad de una u otra forma jugándose la vida. Además, también es un caso extraordinario, porque aparte de ese carácter colectivo, es casi la primera vez en la que se otorgaron tantos méritos y se le dio publicidad a todo ello.

Sin embargo, y en el caso de las mujeres más famosas de los asedios zaragozanos, apenas se suele hablar de sus acciones durante los Sitios, obviando prácticamente sus vidas anteriores y sobre todo posteriores. Uno de esos casos es el de María Agustín Linares, cuya memoria incluso prácticamente se perdió, recuperándose a partir de los actos de conmemoración del primer centenario de los Sitios, y concediéndole el honor de tener todo un paseo con su nombre.

María nació en la capital aragonesa el 13 de abril del año 1784, siendo hija de Antonio Agustín, natural de la localidad de Bádenas (Teruel), y de Catalina Linares, nacida esta en Rueda de Jalón (Zaragoza). Era una familia muy humilde que además solo tuvo a esta hija, estando siempre asociados todos ellos a la zaragozana parroquia de San Gil, donde fue bautizada María. Dada la humildad de esta familia, la realidad es que no contamos con demasiados datos de su vida, más allá de que ya de muy jovencita, y para ayudar a la maltrecha economía familiar, entró a trabajar en el servicio de una casa del barrio de San Pablo, donde además conoció a un criado que también trabajaba allí, Pedro Roncal, con quien acabará casándose el 12 de mayo de 1805, viviendo a partir de entonces en la calle Serón.

A mediados del año 1808 se inició el Primer Sitio de Zaragoza, en el que María participó muy activamente en tareas de logística, llevando munición, pólvora, agua, comida y todo lo que necesitaran los combatientes de primera línea. Ejerciendo esas tareas fue cuando fue alcanzada por un balazo en el cuello, a pesar de lo cual siguió trabajando, pero que tuvo graves consecuencias para ella, pues la herida acabó dejándola impedida perdiendo gran parte de la movilidad del brazo izquierdo. Más tarde, es mencionada en las listas de un sorteo al que se apuntó para tratar de recibir parte de un dinero que el secretario de la embajada británica, Charles Vaughan, había donado para los heridos, viudas y huérfanos de guerra, pero no resultó agraciada. Será después de la guerra cuando el general José de Palafox le concedió el Escudo de Distinción y una pensión de dos reales diarios, aunque parece que tuvo muchos problemas para cobrarla. Como curiosidad, María Agustín fue la única mujer declarada oficialmente como inválida de guerra a causa de las heridas sufridas en los Sitios.

En el año 1819 quedó viuda tras la muerte de Pedro Roncal, aunque volvería a casarse seis años más tarde con Antonio Guisan, marchándose ambos a la Torre de Postas de Alagón donde lograron trabajo y alojamiento. Allí falleció María, a los 48 años, el 22 de noviembre de 1831, poniendo en su partida de defunción que había sido enterrada como pobre de solemnidad en el fosal de San Pablo. Triste final para una de las figuras más reconocidas de la historia contemporánea zaragozana.

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