El príncipe de Aragón que no quiso ser rey para ser monje y que huyó el día antes de su boda
Jaime de Aragón, hijo de Jaime II, desapareció horas antes de sus nupcias, casi originando una guerra

Jaime II de Aragón.
Buceando en los ensayos de historia, las crónicas, e incluso en las películas y series de ficción basadas en hechos históricos, estamos acostumbrados a que se nos cuenten las ansias de poder de una serie de personas ambiciosas, dispuestas a luchar hasta la muerte, sobornar y traicionar a quien hiciera falta por lograr un trono que, a veces ni tan siquiera les correspondía. El pasado está plagado de rebeliones y luchas por el trono, para luego ver gente que vencía y otros que fracasaban en el intento. Para añadir más salsa al asunto, también podemos ver entre los vencedores algunos casos que, por muy sanguinario que hubiera sido su camino al trono, o incluso su mantenimiento en él, al menos eran gobernantes capaces e inteligentes; viendo también por el contrario casos de figuras históricas realmente desastrosas a la hora de ser los dueños del destino de miles e incluso millones de personas.
Dicho esto, y por haber sido escondidos de forma deliberada, son mucho menos conocidos los casos, que los hubo, de gente que por derecho de linaje y primogenitura estuvieron destinados a reinar, pero que en cambio y para sorpresa de todos rehuyeron la responsabilidad del poder. Precisamente en Aragón tenemos uno de ellos, que fue el del príncipe Jaime de Aragón y Anjou, hijo varón primogénito del rey Jaime II de Aragón y de la que fue su segunda esposa, la napolitana de ascendencia francesa Blanca de Anjou.
Jaime II fue hijo de Pedro III el Grande, y a la muerte de su padre en el año 1285 acabó heredando el trono de Sicilia y no el de los Estados que componían la Corona de Aragón dado que no era el primogénito, sino que ese privilegio de nacimiento lo tenía su hermano mayor, el que fuera Alfonso III de Aragón. Sin embargo, este falleció sin herederos en el año 1291, siendo sucedido, ahora sí, por Jaime II. Este tuvo un largo reinado que se alargó hasta su muerte a los 60 años en noviembre de 1327, y su reinado fue clave en la historia de la Corona. Entre otras cosas, pergeñó una alianza internacional para intentar separar en dos reinos diferentes y enfrentados a Castilla y a León, aprovechando las disputas internas que había allí. Un plan que no se logró, pero con el que sí que consiguió arrebatar a Castilla las tierras de la actual provincia de Alicante incorporándolas al reino de Valencia. También intentó conquistar la ciudad de Almería, siendo este su mayor fracaso, además de impulsar otros éxitos como la conquistade la isla de Cerdeña en los últimos años de su reinado.
Con todo, uno de los sucesos más extraños que tuvo que vivir fue la negativa de su hijo y heredero, el ya mencionado infante Jaime, a convertirse en rey. El infante nació en el año 1296, estando destinado a suceder a su padre en uno de los tronos más importantes del Mediterráneo en aquella época. Aparentemente, y según la poca información que ha llegado hasta nuestros días, la niñez y juventud del infante fue la normal en un joven de su posición, comenzando su formación como príncipe y futuro gobernante. Cuando Jaime contaba con 17 años, su padre empezó a confiarle tareas de gobierno para que comenzara a foguearse, entregándole la Procuradoría General de la Corona de Aragón. Un cargo en el que aparentemente tuvo un excelente desempeño, pues el monarca se muestra orgulloso en algunas cartas, y que de hecho en aquella época era uno de los más importantes, especialmente en cuanto a la administración de justicia.
Años más tarde, allá por el año 1318, llegó el primer incidente que ha llegado hasta nosotros, y que nos cuenta que el rey encontró en los aposentos de su hijo un hábito de monje. ¿Qué hacía eso allí? Pero la traca final llegó al año siguiente. Como futuro rey, su matrimonio era una cuestión de Estado, tanto para forjar alianzas como para intentar tener descendencia y asegurar una sucesión tranquila. Por ello, el rey negoció el matrimonio de su hijo con Leonor, hija de Fernando IV de Castilla y hermana del ya entonces rey Alfonso XI. La boda iba de celebrarse en Gandesa el 5 de octubre de 1319, pero ese mismo día, y antes de que se celebrara la ceremonia, el infante huyó. Leonor, abochornada e insultada públicamente, tuvo que regresar a Castilla, y este incidente estuvo no muy lejos de provocar el estallido de una guerra entre la Corona de Aragón y el reino castellano. Días más tarde encontraron al infante huido, y este anunció al rey que no quería casarse ni asumir el trono, y que su deseo era tomar los hábitos como monje.
Semanas más tarde de estos hechos, el 22 de diciembre de 1319, Jaime renunció oficialmente a sus derechos al trono en favor de su hermano pequeño, que acabaría reinando como Alfonso IV de Aragón, y que por cierto acabaría casándose más tarde con la misma Leonor de Castilla solucionando el entuerto. Mientras tanto, Jaime ingresó en la Orden de San Juan de Jerusalén en el convento que estos tenían en Tarragona, para más tarde renunciar a ella e ingresar en la recién creada Orden de Montesa. El resto de su vida es casi un misterio, y la última noticia documentada sobre ese hombre que no quiso ser rey nos lleva al 30 de abril de 1334, cuando estuvo presente en la promulgación de unas constituciones capitulares de su convento, falleciendo poco después en la capital tarraconense.
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