Aragón y el camino del Cid
¿Por qué localidades aragonesas pasó el Cid Campeador?

Imagen La Jura de Santa Gadea, por Marcos Hiráldez, 1864. Palacio del Senado, Madrid / EL PERIÓDICO
Hablar de Rodrigo Díaz de Vivar es hacerlo sobre una de las figuras históricas de mayor relevancia, y sobre todo de las más conocidas del medievo hispano. Pero siempre hay que dejar claro que fue un personaje cuya historia tiene una doble lectura que difiere mucho de la otra. No es lo mismo hablar del protagonista de ese cantar de gestas que es El Cantar del Mío Cid, que nos muestra al caballero perfecto, paladín de la cristiandad, fiel más allá de la muerte lo merezca o no su señor, implacable en el campo de batalla, pero que también sabía ser benévolo con sus enemigos, ya fueran cristianos o musulmanes. «¡Qué buen vasallo, si tuviera un buen señor!».
Por otro lado, está lo que se conoce realmente sobre su verdadera figura. La que vivió y padeció en esa segunda mitad del siglo XI y cuyos avatares fueron puestos mucho tiempo después de su muerte por escrito en ese poema épico, y también en diferentes crónicas más historicistas, aunque no siempre desprovistas de ese carácter legendario. Hablar de algo que pasó hace tanto tiempo hace que muchas veces se tengan muchas más incógnitas que certezas. Pero lo que sí que se ve es que el Rodrigo Díaz más fidedigno fue alguien digno de su tiempo, que mostraba su lado más humano y sobre todo ambicioso.
No fue la famosa Jura de Santa Gadea, en Burgos, lo que le condenó al exilio. Un hecho que nunca ocurrió, y según el cual Rodrigo obligó al rey Alfonso VI de León a jurar públicamente que no había tenido nada que ver con el asesinato de su propio hermano, Sancho, a quien el caballero de Vivar había servido desde su juventud. Lo más probable es que los motivos reales de su destierro, iniciado entre finales del año 1080 y comienzos del 1081, fueran mucho más prosaicos y creíbles. Esas eternas luchas por el poder, los honores y los cargos que existían en cualquier corte, con nobles que eran enemigos entre sí y que competían por los mismos premios y privilegios. También el hecho de que a Rodrigo se le fuera la mano con su mesnada a la hora de rechazar uno de esos frecuentes ataques de frontera, y que el castigo que infligió en tierras de la taifa de Toledo, cuyo rey estaba bajo la protección del soberano leonés, fuera desproporcionado.
Fuera como fuese, Rodrigo tuvo que marcharse al exilio, saliendo de Vivar y dejando su casa, posesiones, y también a su esposa Jimena y a sus hijas en un convento mientras salía con un puñado de hombres hacia un destino incierto en busca de sustento de la única forma en que le habían educado: ser un señor de la guerra.
Por ello buscó entrar al servicio de los condes de Barcelona, quienes rechazaron su ofrecimiento, y acabó pasando cuatro años siendo la punta de lanza del ejército de la taifa de Zaragoza, para cuyos reyes batalló sin descanso contra los musulmanes de la vecina taifa de Lérida, y también contra los cristianos del reino de Aragón y el condado barcelonés. Tras dejar la capital del Ebro en 1085, y después de una breve reconciliación con Alfonso VI de León, el Cid, cuyo sobrenombre lo ganó mientras estuvo al servicio de los reyes de Zaragoza, se haría fuerte como señor independiente en la zona del Maestrazgo, que le acabó sirviendo como base para su famosa conquista de Valencia en el año 1094.
Todas estas peripecias, mezclando lo real con lo legendario, quedaron plasmadas en ese Cantar del Mío Cid. ¿Pero cuál fue su origen? Para ello nos tenemos que ir hasta finales del siglo XIX, cuando el estadounidense Archer Milton, mecenas de la Hispanic Society of America, viajó a España y siguió los pasos del Cid del poema. Así lo harían también más tarde, ya en el siglo XX, el historiador Ramón Menéndez Pidal y su esposa, María Goyri, escritora, filóloga e investigadora de la literatura española. Ya en la década de 1950 aparecen las primeras guías de viaje sobre el Camino del Cid, pero este empezará a formarse ya en 1996 con el impulso de la Diputación de Burgos, a la que en los años siguientes se fueron sumando otras siete diputaciones provinciales, entre las cuales están las de Zaragoza y Teruel, conectando un total de 365 municipios en una auténtica ruta literaria. Un camino por el que en algunos lugares sabemos con certeza que pasó el Cid histórico, mientras otros quizás fuera más un añadido del autor del Cantar.
28 son las localidades aragonesas que forman parte del Camino, 17 de ellas en la provincia de Zaragoza (Torrehermosa, Monreal de Ariza, Ariza, Cetina, Contamina, Alhama de Aragón, Bubierca, Ateca, Alcocer, Terrer, Calatayud, Paracuellos de Jiloca, Maluenda, Velilla de Jiloca, Fuentes de Jiloca, Daroca y Villanueva de Jiloca); y otras 11 de la provincia de Teruel (Martín del Río, Báguena, Burbáguena, Calamocha, El Poyo del Cid, Caminreal y Monreal del Campo). El Cid fue, como ya sabemos, una figura muy influyente. Dejó una profunda huella y tuvo la capacidad de acabar generando toda una ruta cultural, viajera y turística basada en un libro y que recorre cientos de kilómetros. ¿Cuántos personajes han sido capaces de ello a lo largo de la historia?
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