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La 'eterna' relación del solsticio de invierno y Zaragoza

Un evento astronómico muy ligado con la historia de la capital aragonesa

Así fue el solsticio de invierno en la calle Mayor de Zaragoza del año pasado.

Así fue el solsticio de invierno en la calle Mayor de Zaragoza del año pasado. / Laura Trives

Sergio Martínez Gil

Sergio Martínez Gil

Este domingo 21 de diciembre llega el Solsticio de invierno, un evento que marca el cambio de estación, pasando del otoño al inicio del invierno y a los meses más fríos del año. Desde la Antigüedad, las sociedades humanas le han dado una gran importancia a este momento por el enorme carácter simbólico que este tiene. Hoy en día la economía está volcada muchísimo más a los sectores secundario (industria) y sobre todo el terciario (servicios), dejando más de lado al sector primario, que tiene un peso mucho menor en la economía a pesar de lo fundamental que es.

Porque si no, ¿qué es lo que comeríamos? Pero esto se ha producido con las revoluciones industriales iniciadas desde el siglo XVIII, y como se suele decir, hasta “hace cuatro días” el campo ha sido el sector económico fundamental en cualquier país. Por eso los solsticios y los equinoccios tenían (y siguen teniendo) una enorme importancia, especialmente por su simbolismo. Pero en esta ocasión me centró en el solsticio invernal por lo tremendamente ligado que está desde hace más de dos milenios a la propia existencia de la ciudad de Zaragoza tal y como la conocemos.

A partir de ahora, y aunque todavía de forma imperceptible, las noches irán acortando su duración poco a poco, mientras que los días irán alargándose. Desde la existencia y generalización de la luz eléctrica, esto pasa “más inadvertido”. Sin embargo, y hasta su normalización, eran las horas de luz solar las que marcaban el día a día de la gente y el mismo trabajo. Por lo tanto, en esta época del año se contaba con mucho menos tiempo para ganarse el sustento. El fin del otoño y la llegada del invierno también marcaba un hito en el calendario agrario, pues más o menos se habían terminado las labores más importantes de ese año y la gente que se dedicaba a ello podía pasar unos días de “asueto”. Era pues un momento de celebración, a lo que además se sumaba una especie de promesa.

Un evento astronómico

Es cierto que llegaban los días más fríos del año, pero con el solsticio invernal también llegaba el triunfo del dios Sol, el cual vencía sobre la oscuridad (que siempre representa el caos), y comenzaba a ganar terreno a partir de entonces alargándose poco a poco los días. Si todo iba bien ese triunfo era, como decía, una promesa. La de que el calor y el buen tiempo estaban cada vez más cerca con una primavera en la que todo renacería, los campos crecerían, y las cosechas serían abundantes.

Si todo ello se cumplía, no había sequías, heladas, pedriscos, inundaciones o plagas (que ya era mucho suponer), se lograría una buena cosecha, lo que significaba comida abundante, precios razonables, gente contenta y por lo tanto estabilidad. No era pues poco lo que se celebraba en el solsticio invernal. De hecho, en la Antigua Roma era en estos días que marcaban el final de los trabajos agrícolas más importantes cuando se celebraban una de las festividades más importantes y esperadas del calendario romano: las Saturnales.

Dicho todo esto, nos venimos hasta Zaragoza porque en un solsticio de invierno de entre los años 18 y 14 a.C. se marcó uno de los hitos más importantes en la historia de la ciudad. Ya existía desde al menos el siglo III a.C. un asentamiento íbero, perteneciente a los sedetanos, de cierta importancia. Dada su situación estratégica en el valle medio del Ebro se había convertido en un centro importante de comunicaciones y de comercio, y los romanos lo supieron ver muy bien.

Unos años antes, en el 30 a.C., un joven conocido anteriormente como Cayo Octavio Turino, y que en el 44 a.C. se había convertido en hijo adoptivo de Cayo Julio César, venció contra los últimos enemigos importantes que le quedaban (Marco Antonio y Cleopatra), cimentando así su poder absoluto sobre Roma, y recibiendo poco después del Senado el título de Augusto.

Para seguir apuntalando su poder quería aumentar aún más su prestigio, y por ello acometió entre los años 29 y 19 a.C. la conquista de lo que quedaba por someter de Hispania: los astures y cántabros. Una vez logrado esto gracias a su general de cabecera, Marco Vipsanio Agripa, Augusto reordenó administrativamente Hispania. Creó nuevas provincias, reordenó la administración y mandó fundar nuevas ciudades. Una de las más importantes supuso la refundación de esa Salduie íbera en una colonia inmune romana que además se convirtió en la única de todo el Imperio en llevar el nombre completo del primer emperador: Caesaraugusta.

Para refundar la ciudad había que llevar a cabo una serie de ritos religiosos y también mediciones por parte de los agrimensores para marcar el pomerium (recinto sagrado de la ciudad), y su trazado urbano, siempre marcado por dos calles principales: el cardo y el decumano. El resumen es que fuese en un año o en otro, todos esos ritos y ese trazado urbano se hicieron en torno al solsticio invernal, logrando un espectacular efecto óptico al amanecer en lo que fue el decumano de la ciudad y que hoy corresponde con las calles Mayor, Espoz y Mina y Manifestación.

En este 2025, desde los Museos del Ayuntamiento de Zaragoza e Historia de Aragón se organiza la IVª Edición del Solsticio con diferentes actividades para toda la familia en los Museos Ruta Caesaraugusta. Y por supuesto también intentaremos ver un año más, si la climatología lo permite, la salida del sol en la calle Mayor que nos recuerda una vez más esa bimilenaria historia de la ciudad.

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