Los reyes de Aragón que intentaron conquistar Granada
Antes de la 1492 hubo varios intentos de conquista

La Alhambra de Granada. / Shutterstock
A lo largo de los siglos, fueron varios los reyes de Aragón que pusieron sus ojos y ambiciones al sur de al-Andalus, y muy especialmente en Granada. Por supuesto, el más conocido de todos fue Fernando II el Católico, que como rey de Castilla junto a su esposa, Isabel I, fueron los soberanos que culminaron la conquista del último bastión islámico que quedaba, ya a finales del siglo XV, en la península ibérica. Lo lograron después de una larga guerra de diez años que se desató en los últimos días del año 1481, cuando las tropas granadinas enviadas por el emir Muley Hacen conquistaron la estratégica plaza de Zahara de la Sierra. Lejos de ser un acto más de frontera, los Reyes Católicos (que todavía no ostentaban ese título), se embarcaron en una guerra de conquista total a pesar de que apenas acababan de salir de otro conflicto como fue la Guerra de Sucesión Castellana (1475-1479) con la que habían logrado el trono. En aquella guerra, aunque el rédito siempre se le da a Castilla, no fue escasa la intervención de la Corona de Aragón, especialmente con el más que necesario apoyo naval para conquistar las grandes ciudades costeras del reino nazarí, así como en artillería.
Finalmente, el 2 de enero de 1492 Boabdil entregaba Granada y los palacios de La Alhambra a los monarcas, poniendo fin a todo dominio islámico en las Españas. Sin embargo, siglos atrás hubo otro rey de Aragón que puso también sus ojos en Granada, y ese fue Alfonso I el Batallador, rey de Aragón y de Pamplona entre los años 1104 y 1134. A mediados de la década de 1120 el monarca aragonés ya se había consagrado como el gran paladín de la cristiandad peninsular, logrando conquistar todo el valle medio del Ebro e infligir sonadas derrotas al Imperio almorávide como en la Batalla de Cutanda (1120). Por ello, en el año 1125 recibió una extraña embajada estando en ese momento en Daroca. Ante él se presentaron varios mozárabes (cristianos que viven en territorio islámico) de Granada. Le dijeron que desde que los almorávides habían llegado a al-Andalus, su situación había empeorado ostensiblemente, de modo que habían llegado hasta allí con la misión de ofrecerle un acuerdo. Que el rey cruzara el territorio enemigo con un ejército hasta Granada y que ellos abrirían las puertas de la ciudad desde dentro para facilitarle la conquista. El Batallador aceptó, pero era imposible que aquella campaña pasara inadvertida. Además, el monarca perdió demasiado tiempo en la zona levantina, de modo que a lo que llegó hasta las puertas de Granada los almorávides estaban más que prevenidos, y los mozárabes no se atrevieron a abrirle las puertas.
El sueño granadino de Alfonso el Batallador, probablemente irrealizable, acabó en fracaso. Pero con el paso del tiempo llegarían más soberanos de Aragón que pusieron sus ojos en la zona. El siguiente en hacerlo fue Jaime II el Justo (1291-1327) en una época en la que se seguía hablando de cruzadas en Europa pero con la boca pequeña. Hacía tiempo que los musulmanes habían vuelto a hacerse con Jerusalén; y San Juan de Acre, el último reducto de los cruzados en Tierra Santa, se perdió en 1291.
No eran pocos los que reclamaban en la Europa cristiana que había que recuperar los Santos Lugares, mientras el papa y la mayoría de los monarcaseuropeos asentían a la par que estaban realmente a otras cosas. En ese contexto, Jaime II de Aragón sí que se lanzó a la aventura de luchar contra los musulmanes, poniendo una vez más sus ojos algo más cerca, en el emirato de Granada. En el año 1309 acometió el asedio de la ciudad de Almería, que de haber prosperado su conquista habría dado a la Corona de Aragón un mayor control del tráfico comercial en el Estrecho de Gibraltar y sobre el norte de África. Pero una vez más, la campaña acabó sin lograr el objetivo, convirtiéndose en el mayor fracaso del reinado de Jaime. Por entonces su hijo y a la postre sucesor, el futuro Alfonso IV el Benigno, contaba con diez años. Pero seguramente ya tomó nota de ello. Este sería al poco de llegar al trono el siguiente soberano de la Corona de Aragón en poner sus ojos sobre Granada, tratando de liderar junto a Alfonso XI de Castilla una gran cruzada que debía llevar a los príncipes de la cristiandad a hacerse con Granada, luego con el norte de África, y llegar finalmente hasta Tierra Santa. O al menos esa era la idea original.
En el año 1329, y deseoso de lograr un primer triunfo como rey, se sumó gustoso a aquella cruzada sobre el emirato nazarí, asumiendo Alfonso IV la tarea de convencer a otros monarcas europeos de que se unieran a la campaña. En un primer momento, sus embajadores lograron que los reyes de Navarra, Francia y Bohemia, además de algún príncipe alemán, se sumaran con entusiasmo. Pero había un problema. El papa se negó a financiar la guerra por medio de una bula, y Alfonso IV no tenía medios económicos ya no solo para afrontar la guerra, sino incluso para asegurar la manutención de los ejércitos que querían ir desde diferentes rincones de Europa para guerrear. Así, el monarca fue dando largas y ganando tiempo, hasta que aquella cruzada contra Granada acabó en agua de borrajas convirtiéndose en una excusa por parte del rey Alfonso para subir unos impuestos que en teoría debían ir para financiar la guerra, y que al final fueron a parar a otros menesteres.
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