Aragón tuvo su propio Napoleón: condottiero y embajador
Aunque Jaime II tuvo diez hijos con Blanca de Anjou, también tuvo gemelos con Gerolda de Mileto en tierras sicilianas, uno de ellos Napoleón

Jaime II de Aragón, padre de Napoleón de Aragón.
Napoleón Bonaparte es sin duda una de las figuras históricas más conocidas a nivel mundial, incluso para aquellas personas a las que la historia no les atrae en demasía como disciplina. Un hombre que desde sus humildes orígenes en la isla de Córcega ingresó en el ejército de la Francia borbónica como artillero, comenzando una prometedora carrera militar que aceleró tras el estallido de la Revolución francesa en 1789, y que le llevó a la cúspide del poder en Francia hasta convertirse, ni más ni menos, que en emperador. Sus ansias de poder, su megalomanía, y su brillantez como estratega en los campos de batalla europeos, llevaron a Francia y al mismo Napoleón a someter a casi todo el continente bajo su poder en los inicios del siglo XIX.
Si nos venimos hasta Aragón, y aún más a Zaragoza, no hace falta presentar al emperador de los franceses, que bajo sus órdenes mandó a varios mariscales a someter a la capital aragonesa en dos terribles asedios que asolaron la ciudad y diezmaron a su población de una forma inimaginable hasta entonces en uno de los primeros ejemplos de guerra total en la Europa contemporánea.
Pero dejemos atrás al Napoleón más famoso, porque a veces, buceando en crónicas y cartas del pasado, nos encontramos con esas pequeñas sorpresas que hacen que los historiadores amemos nuestro trabajo. Y una de esas sorpresas ha sido encontrarse con la información de un Napoleón aragonés del siglo XIV. Para eso nos tenemos que ir hasta el reinado de Jaime II de Aragón, del cual nunca me cansaré de decir que fue uno de los soberanos más importantes en la historia de la Corona a pesar de no ser uno de los monarcas más conocidos entre el gran público. Sobre todo, fue realmente importante al dar un paso más en la expansión de los dominios de los Aragón por el Mediterráneo.
Jaime II fue hijo de Pedro III el Grande y Constanza de Sicilia, pero en un principio no estuvo destinado a convertirse en rey, dado que no era el hijo mayor y por lo tanto heredero, un papel que le correspondió a su hermano mayor Alfonso III el Liberal. Pero en 1285, y ante la repentina muerte de su padre cuando estaba en la cúspide de su poder, Jaime comenzó a gobernar el reino de Sicilia hasta que en el año 1291 falleció su hermano Alfonso sin descendencia, algo que dejó vía libre a Jaime para convertirse en el rey de Aragón. El monarca llegó a casarse hasta en cuatro ocasiones, llegando a tener diez hijos legítimos con su segunda esposa, Blanca de Anjou. Eso sí. Antes de todo ello y mientras estuvo en tierras sicilianas ya tuvo varias historias amorosas de las que también nacieron varios hijos. Una de esas relaciones fue con Berolda o Gerolda de Mileto, una dama con la que Jaime llegó a tener dos hijos gemelos en el año 1287, aunque uno de ellos falleció con apenas un año de edad. El otro es nuestro Napoleón, conocido en las fuentes como Napolio D’Aragó porque con los años su padre le acabaría reconociendo públicamente como hijo.
En realidad, no sabemos demasiado sobre la vida de este Napoleón de Aragón, aunque lo que es seguro es que fue todo un aventurero. De su niñez y juventud casi no se tienen noticias. Apenas alguna mención en el año 1304, y sobre todo a partir del año 1319, un año en el que su padre empezó a recibir noticias de su hijo por medio de algunos embajadores suyos en tierras italianas y tunecinas, diciéndole que había un hombre llamado Napoleón que aseguraba ser hijo del monarca. Desde entonces, las cartas con su padre y sobre todo con su hermanastro, el futuro Alfonso IV de Aragón, e incluso también con su tía, santa Isabel de Portugal, fueron muy frecuentes.
Lo que vemos durante esos años es que Napoleón se convirtió desde su juventud en un hombre de armas gracias a ese ambiente bélico casi constante que hubo en aquella época en el reino de Sicilia. Con el tiempo, acabó siendo no un hombre de armas cualquiera, sino en un auténtico condottiero. Es decir, en un capitán que comandaba tropas mercenarias profesionales y que cuando no había guerra en su tierra se marchaba a buscar fortuna en la cercana Túnez, donde era habitual encontrar a milicias cristianas, la mayoría de ellas relacionadas con la Casa de Aragón, luchando en uno u otro bando en las continuas luchas intestinas del sultanato tunecino. De hecho, entre los años 1317 y 1321 sabemos que Napoleón de Aragón estuvo allí, comandando tropas a las órdenes del sultán Abubéquer, aunque en contacto directo con su propio padre Jaime II, a cuyo servicio acabó estando de una u otra forma. En los años siguientes, Napoleón trabajó también como embajador bajo los intereses de la Corona de Aragón no solo en Túnez, sino también en el sultanato de Fez. Finalmente, tras la muerte de su padre y la subida al trono aragonés de su hermanastro Alfonso IV, con quien parece que siempre mantuvo una buena relación, recibió en propiedad en 1337 los castillos de Aguafrigide y Zagosa en la isla de Cerdeña, donde parece que se asentó al menos un tiempo, aunque la última noticia que tenemos de él fue en agosto de ese mismo año, cuando regresó a la corte de Fez para proseguir sus tareas como embajador. Nada sabemos del año ni las circunstancias de su muerte, pero sí de la importancia que tuvo en aquella época este Napoleón aragonés.
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