La casa Moneva, un oasis en el tiempo
Resiste desde hace un siglo al trepidante cambio urbanístico de Zaragoza

La Casa Moneva. / Sergio Martínez Gil
Por desgracia para los amantes de la historia, la arquitectura y el arte, e incluso para sí misma, la ciudad de Zaragoza nunca ha sido, y me atrevería a decir que sigue sin serlo, una urbe piadosa con su propia historia en lo arquitectónico y patrimonial. Por supuesto el paso del tiempo y de las necesidades de la sociedad hacen que haya que adaptarse, pero a veces esa adaptación crea unas cicatrices irreparables que en muchas ocasiones habrían merecido un análisis más exhaustivo, calmado, y sobre todo con la participación de la opinión de la ciudadanía. Cómo olvidar casos como el derribo de la extraordinaria Torre Nueva, o mucho más recientemente de parte del recinto de lo que fue la fundición Averly. También que hoy en día edificios como el Palacio de los Fuenclara, la antigua sede de la Facultad de Bellas Artes en la plaza de los Sitios, o lo que fue la clínica del doctor Lozano de Paseo Sagasta, estén empeorando cada vez más su situación. Para ser justos es cierto que también se ha hecho mucho por el patrimonio cultural y arquitectónico en muchos sentidos y algo se ha mejorado, pero sigue siendo una de cal y de otra de arena lo que ofrece la capital aragonesa. Todo esto puede ser también parte de la visión de un nostálgico empedernido, pero créanme cuando digo que ese patrimonio que se deja perder es precisamente el que dota a una ciudad de carácter y personalidad, evitando que sea una copia anodina de cualquier otra urbe de la geografía.
Sin embargo, a veces y casi por arte de magia, o también por la tenacidad de un puñado de personas, hay espacios que, aunque pasemos ante ellos todos los días siguen estando ahí aunque pasen desapercibidos, como un oasis temporal que desafía a la modernidad y a eso que llamamos futuro. Uno de esos rincones es la Casa Moneva, de cuyo inicio de construcción se cumplirá un siglo en este próximo 2026 a punto de estrenarse. Pero quién lo diría, teniendo en cuenta que entrar en este curioso palacete es como sumergirse en tiempos aún más pretéritos. Este oasis nos lo encontramos en pleno centro de la ciudad, y más concretamente en la calle Felipe Sanclemente. Pero si nos vamos atrás en el tiempo, y por extraño que pueda parecer, en el momento de su construcción casi podemos hablar que esa zona era el extrarradio de la ciudad.
A mediados de la década de 1920 Zaragoza seguía creciendo, dejando de ser una simple ciudad provinciana para convertirse en uno de los centros de comercio y sobre todo de industria más importantes de España. Eso atraía población, especialmente desde el medio rural, en busca de alguna oportunidad para prosperar, lo que había hecho que allá por el año 1925 la ciudad rondara ya los 200.000 habitantes. Una cifra que casi se había duplicado en apenas un cuarto de siglo. Eran además los años de la dictadura del general Miguel Primo de Rivera, que había llegado al poder dos años antes ante la crisis provocada, entre otras cosas, por los desastres que el ejército estaba sufriendo en Marruecos.
Es en ese momento cuando el catedrático de Derecho por la Universidad de Zaragoza, Juan Moneva y Puyol, decidió construir junto a su esposa Concepción de Oro y Castro y sus hijos un palacete para la familia. Pero no uno cualquiera, sino un singular proyecto ecléctico, con mezcla de diversos estilos, que hace que atravesar sus puertas y adentrarse en sus salones, bodega, baños y jardín sea como realizar un curioso viaje en el tiempo. Un oasis, como decía, rodeado de enormes edificios y que desafía a esa modernidad que lo ha sitiado, pero ofreciendo curiosamente un espacio de tranquilidad en pleno centro de la que hoy es ya la cuarta ciudad más poblada del país. El edificio se nos presenta con una fachada de ladrillo que mantiene la esencia de la típica y tradicional arquitectura aragonesa, y que guarda una decoración historicista que mezcla además toques de los palacios florentinos con un pórtico inspirado en el claustro de San Juan de la Peña.
El edificio es fruto de las ideas del propio Juan, cuyas instrucciones siguió en muchas ocasiones su hijo y arquitecto Jaime Moneva, y que acabó conformando un lugar de ensueño que fue diseñado en 1925 y que comenzó a levantarse al año siguiente. Un siglo después, los esfuerzos de la Asociación de Amigos de Casa Moneva hacen que la planta baja y su precioso jardín puedan ser visitados con cita previa desde su cuenta de Instagram, recuperando parte de la decoración que nos sumerge en una peculiar casa burguesa del primer tercio del siglo XX. Un edificio que desafía al tiempo, a la especulación urbanística, que deberían conocer todos los zaragozanos, y que dotan de ese carácter y personalidad a una Zaragoza que ha perdido demasiado. n
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