El Castillo Palomar, la joya perdida de la arquitectura zaragozana que aún vive en la memoria colectiva
El emblemático palacio neomudéjar que marcó el auge de la Zaragoza del siglo XIX fue derribado en 1970, pero dejó una huella imborrable en la ciudad

El Castillo Palomar. / Archivo del Colegio Oficial de Arquitectos de Aragón

Si hace unas semanas dedicaba un artículo de esta sección a la Casa Moneva como ejemplo de un oasis arquitectónico y de patrimonio cultural que todavía hoy en día sigue resistiendo en pleno centro de la capital aragonesa, en esta ocasión se lo quiero dedicar a una de las muchas joyas de la arquitectura que no pudieron sobrevivir y llegar hasta nuestros días. Como ya comenté, muchos de esos rincones, tanto los que aún perduran, algunos de ellos muy a duras penas y que parecen destinados también a desaparecer; así como los que ya cayeron bajo la piqueta y el a veces malentendido, aunque necesario progreso; son los que dan carácter a una ciudad. Especialmente en un tiempo en el que proliferan cada vez más los llamados “edificios cebra”, todos prácticamente iguales, y que si nos soltaran a cualquiera de nosotros en muchos de esas ciudades con los ojos vendados y nos los destaparan, nos sería muy difícil adivinar en qué lugar estamos.
El protagonista de este artículo es el añorado Castillo Palomar, una auténtica joya arquitectónica que, por desgracia, fue muy efímera. En el último tercio del siglo XIX Zaragoza estaba en pleno crecimiento. Por fin parecía haberse recuperado por completo de los desastrosos Sitios napoleónicos que había sufrido a principios de ese siglo, y su privilegiada situación geográfica como nudo de comunicaciones comenzaba a hacerse valer, sobre todo con los inicios de las primeras líneas de ferrocarril desde mediados del XIX.
La industria comenzaba a llegar, y con ella también numerosa población que salía por primera vez de un mundo rural que comenzaba a expulsarlos y que buscaban alguna oportunidad de prosperar, aunque la mayoría de las veces se encontraban viviendo en suburbios recién construidos, sin servicio alguno y con unas condiciones de vida y de trabajo deplorables. Liderando todas esas transformaciones y el crecimiento de una Zaragoza que pronto alcanzaría los 100.000 habitantes, estaba una burguesía que quería mostrar su poder, riqueza e influencia engalanando la ciudad en la que vivían. En esos años se abren nuevos bulevares que pretenden seguir el estilo parisino, se levantan monumentos conmemorativos, se construyen casas señoriales y fincas o torres de descanso en las afueras y rodeadas de una huerta zaragozana que pervivía, pero que iba quedando poco a poco salpicada de las altas chimeneas de las nuevas fábricas que se iban abriendo.
Entre finales del XIX y comienzos del siglo XX fueron varios los estilos arquitectónicos los que adoptó esa pujante burguesía zaragozana, destacando entre ellos el neomudéjar. Una especie de intento por crear un estilo arquitectónico propio y que dejó auténticas joyas patrimoniales. Algunas, por fortuna, las podemos seguir disfrutando hoy en día imprimiendo ese carácter que tanto necesita una ciudad como ente vivo que es y para no parecer un corta y pega de otras capitales. Pero otras, como el Castillo Palomar, se perdieron por diferentes razones.
Esta historia nos lleva al año 1877, cuando el industrial harinero Narciso Palomar y Cebrián, casado con Rafaela Mendivil, compraron una enorme finca en lo que entonces se conocía como el Alto de la Bernardona. Una zona elevada perteneciente al barrio de las Delicias, que por entonces estaba a las afueras, y que tenía unas vistas privilegiadas hacia el Ebro y la huerta zaragozana. En ese momento ya debían tener pensado qué hacer en ese terreno, pues pocos años más tarde, en 1882, encargaron la construcción de una gran y espectacular residencia palaciega en ese estilo neomudéjar que tanta fuerza estaba adquiriendo en aquellos años de crecimiento.
Sin embargo, la muerte apenas tres años más tarde del inicio de las obras de Narciso Palomar hizo que el proyecto no se abandonara, pero que perdiera buena parte de su finalidad. Sería uno de sus hijos, Francisco Palomar Mendívil, quien se hizo con la propiedad, pero quien la utilizó durante muchos años fue especialmente su esposa Eustaquia Caballero y Castillejo. Una mujer que provenía de una familia de Sos del Rey Católico y que por entonces era también propietaria del Palacio de Sada, en el que nació en 1452 el rey Fernando II de Aragón. En el Castillo Palomar vivió hasta su muerte en el año 1936, para después ser habitada por una de sus hijas, hasta que con el paso del tiempo tanto la finca como especialmente ese espectacular palacio quedaron deshabitados. Y pocas cosas hay peores para una casa que ser abandonada a su suerte y al deterioro que el paso del tiempo le inflige. Ya a finales de la década de 1950 y sobre todo en la de 1960, el Castillo Palomar mostraba unos signos cada vez mayores de ruina en medio de un barrio que crecía cada vez más a su alrededor.
Finalmente, y sin nadie que quisiera hacerse cargo de su recuperación, esta bella joya de la arquitectura zaragozana que hoy atraería muchas miradas fue derribada en el año 1970 tras ser anunciado oficialmente su derribo el año anterior en el Boletín Provincial, destinando parte de la finca a nuevas construcciones y otra al actual Parque Castillo Palomar, que fue inaugurado en 1971, y que con su nombre al menos recuerda otro pedacito más de lo que hemos perdido por el camino.
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