Antonio Beltrán 'El Esquinazau', la increíble historia de un aragonés en la Primera Guerra Mundial
La vida de este aventurero, que vivió tanto la Gran Guerra como la Guerra Civil Española, parece salida de una película de Hollywood

Trincheras en Francia en la Primera Guerra Mundial

El cine y las series de televisión, especialmente de origen anglosajón, nos tienen acostumbrados a historias de personajes históricas cuyas trayectorias vitales más bien parecen una novela que algo basado en algo que ocurrió en la vida real. Incluso a veces hasta desconfiamos o pensamos que esas historias “basadas en hechos reales”, como se suele poner en los créditos iniciales de este tipo de producciones, tienen una buena dosis de exageración. Pero la realidad es que probablemente muchas de ellas fueran así, quitando ese toque de patriotismo moralizante que suelen impregnar las producciones anglosajonas. Y lo digo porque aquí no nos faltan historias de este tipo y que serían dignas, no sé si de alabar, pero como mínimo sí de que sean conocidas.
Este artículo se lo dedico a una de esas figuras que cuando te acercas a conocer un poco más de ella, casi parece una historia totalmente irreal, y es la del aragonés Antonio Beltrán Casaña, conocido sobre todo por su alias: El Esquinazau. Antonio nació en la localidad oscense de Canfranc en el año 1897, en una España inmersa desde 1895 en una sangrante guerra en Cuba, y en la que al año siguiente entrarían los EE.UU. hundiendo su propio acorazado, el Maine, en el puerto de La Habana. Este hecho fue utilizado por el país americano para declarar la guerra a España, intervenir en Cuba, y acabar al año siguiente con los últimos jirones del Imperio de ultramar español. Algo que provocó una enorme crisis política y sobre todo de mentalidad, en la que fue clave otro oscense de aquellos años como fue Joaquín Costa, quien lideró el movimiento Regeneracionista.
Mientras tanto, en ese contexto, a Antonio Beltrán se le quedó muy pronto pequeño su Canfranc natal, y a los 13 años, aprovechando que tenía familia que había emigrado a esos EE.UU., se marchó en busca de fortuna hasta Arizona. Allí trabajó un tiempo en un rancho, hasta que cansado también de ello, en 1915 cruzó la frontera para irse a un México en plena lucha revolucionaria uniéndose el aragonés a las tropas de José Doroteo Arango Arámbula, más conocido como Pancho Villa. Allí estuvo varios meses e incluso participó en la Batalla de Columbus del 9 de marzo de 1916 en un ataque de las tropas revolucionarias mexicanas en territorio estadounidense. Pero cuando estos contraatacaron en México y trataron de apresar a Pancho Villa, Antonio Beltrán decidió desertar, huyendo hacia Alabama para después cruzar los Apalaches y llegar a la fría Canadá donde empezó a trabajar de leñador.
Una vez más, su estancia no fue demasiado larga, y cuando le llegó la noticia de que Estados Unidos había entrado en la Primera Guerra Mundial el 6 de abril de 1917 al descubrirse el Telegrama Zimmermann en el que Alemania estaba animando a México a declarar la guerra a los estadounidenses, el aragonés decidió abandonar tierras canadienses para presentarse como voluntario en el ejército americano y regresar a Europa participando en la Gran Guerra. Lo hizo formando parte de las Fuerzas Expedicionarias Estadounidenses destinadas al frente francés y al mando del general John J. Pershing, conocido como “Black Jack” o Jack el Negro.
Es cierto que España se mantuvo neutral durante la Primera Guerra Mundial a pesar de haber dos bandos que reclamaban entrar en el conflicto. Unos a favor de los Imperios centrales (Alemania, Austria-Hungría y el Imperio Otomano), y los otros a favor de la Triple Entente formada por Gran Bretaña, Francia, Rusia (hasta que se salió de la guerra con la revolución de 1917) e Italia, que cambió de bando en mitad del conflicto.
Al final, el gobierno español se declaró neutral y el rey Alfonso XIII buscó tener un papel conciliador entre ambos bandos y de promoción de asistencia por parte de la Cruz Roja. Sin embargo, algunos miles de españoles se alistaron como voluntarios para luchar en el conflicto, la mayoría en la Legión Extranjera francesa. Pero sin duda, la historia de este aventurero aragonés es la más espectacular por toda su trayectoria. Antonio Beltrán participó activamente en el frente francés con las tropas estadounidenses, y a pesar del alto porcentaje de bajas que estos tuvieron, este salió sano y salvo del trance en las trincheras de Nancy en mayo de 1918. Su actuación fue merecedora de una medalla y un permiso en la retaguardia. Pero como ya hemos visto, este aragonés no era de pasar mucho tiempo en un mismo sitio, y Antonio aprovechó ese permiso para desertar, atravesar Francia de norte a sur, y regresar a su Aragón natal donde se asentó y acabó dedicándose al contrabando durante un tiempo.
Durante la dictadura de Miguel Primo de Rivera tuvo que exiliarse durante unos meses marchándose a Argentina, pero regresó muy pronto a España donde le dio tiempo a participar a mediados de diciembre de 1930 en la Sublevación de Jaca, con la que los capitanes Fermín Galán y García Hernández al mando del Regimiento Galicia, intentaron realizar un pronunciamiento militar para derrocar la monarquía y proclamar la república. Un golpe que fracasó, y Antonio Beltrán, al que ya llamaban El Esquinazao, fue condenado a muerte por participar en el golpe. Afortunadamente para él, la pena le fue conmutada por cárcel, y con la proclamación de la Segunda República Española unos meses más tarde, fue liberado. Eso sí.
Sus andanzas no habían terminado y tendría un papel destacado durante la Guerra Civil Española comandando la resistencia republicana y la posterior evacuación de la Bolsa de Bielsa de 1938. Tras la guerra, y ya en el exilio, seguiría recorriendo el mundo, viviría en una Rusia en la que quedó desencantado del estalinismo y regresaría al continente americano para vivir sus últimos años en México.
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