Una boda, una reina y el Monasterio de Sijena
El 18 de enero del año 1174 se casaron en Zaragoza Sancha de Castilla y Alfonso II de Aragón.

Sancha de Castilla, reina consorte de Aragón / SERVICIO ESPECIAL
Sancha de Castilla, reina consorte de Aragón, fue una de las figuras más importantes del medievo aragonés, y justo este domingo 18 de enero se cumplen 852 años de que contrajera matrimonio en la Seo del Salvador de Zaragoza con Alfonso II el Casto. No fue un matrimonio y un momento cualquiera, pues se produjo en el momento en el que se estaba consolidando la unión dinástica entre el reino de Aragón y el condado de Barcelona ya que Alfonso era el hijo primogénito de Petronila y Ramón Berenguer.
Para empezar, aunque finalmente la boda se llevó a cabo, bien pudo no haber sido así. Parecía claro que a todos beneficiaba una boda real entre Alfonso y Sancha para seguir manteniendo unas buenas relaciones entre la incipiente Corona de Aragón y el reino de Castilla. Pero también sabemos que hubo un plan alternativo a esta boda, ya que hubo negociaciones con el Imperio romano de Oriente, más conocido como Imperio bizantino, para casar al joven monarca aragonés con una princesa imperial. De hecho, parece que se tuvo que llegar a algún tipo de acuerdo, porque una princesa llamada Eudoxia salió de Constantinopla y emprendió un larguísimo viaje para encontrarse al llegar a la ciudad de Montpellier con la noticia de que Alfonso, quien daba por hecho que se iba a convertir en su marido, estaba ya a punto de casarse con Sancha de Castilla.
Al final, la castellana se convirtió en una influyente reina consorte que no solo se limitó a cumplir el papel que la sociedad y la mentalidad de la época le daban a una mujer de su posición. Es decir, a tener hijos para asegurar la continuidad del linaje real y dar seguridad a la sucesión del trono, cosa que lograron con creces con los nueve hijos que llegaron a tener. También influyó en la política de su marido e incluso vemos cómo la documentación nos muestra a una Sancha que en mayo del año 1176 encabezó una expedición militar a Ribagorza para recuperar el dominio de varios castillos.
Tal y como nos cuenta el cronista del siglo XVI Jerónimo Zurita en sus “Anales de la Corona de Aragón”, “la reina doña Sancha se apodera de todas las fuerzas de Ribagorza. En este año por el mes de mayo, estando el rey ocupado en las cosas de la Provenza, la reina doña Sancha entró en el condado de Ribagorza y se apoderó de todas las fuerzas y castillos que eran de la corona real”. Nada más se menciona sobre lo ocurrido, pero seguramente Zurita esté haciendo referencia a algún tipo de rebelión de la nobleza de la zona, siendo la reina La que tuvo que encargarse de someterla bajo la autoridad regia mientras Alfonso II de Aragón se encontraba en el sur de la actual Francia.
Pero el gran proyecto de la vida de esta reina fue un cenobio, el monasterio que ordenó fundar en la década del 1180, y que no fue otro que el de Villanueva de Sijena. Llevaba tiempo trabajando en ello, y para fundar el que sería uno de los monasterios más ricos de toda la Corona de Aragón necesitaba no pocos recursos. En marzo del año 1188 la reina dio al maestre de la orden de los Hospitalarios en Amposta una importante y gran propiedad que esta tenía en la zona de Tarragona, y a cambio los hospitalarios le dieron la propiedad de otros territorios, estando entre ellos Villanueva de Sijena.
De esta forma, la nueva comunidad femenina que la reina Sancha llevaba años pensando se pondría en marcha poco tiempo después. No se sabe a ciencia cierta las razones que llevaron a Sancha a elegir esta localidad de los Monegros en lugar de otra, aunque lo cierto es que en aquella época era una encrucijada de caminos estratégica que conectaba al reino de Aragón con tierras catalanas, muy cerca tanto de Fraga como de Lérida, y no demasiado alejada de la ciudad de Zaragoza. Algo clave, como dicen Anabel Lapeña y Ana Segura en su libro “Reinas, damas y señoras” (editorial Doce Robles), para una monarquía que era soberana en dos entidades políticas diferentes y cuya sede era itinerante y estaba casi en constante movimiento.
Sancha patrocinó un monasterio femenino al que llegarían otros miembros de la familia real, pero también muchas hijas de familias nobles por unas causas u otras y con las que llegaban sustanciosas dotes que enriquecieron a un cenobio que mostró su prosperidad con numerosas obras de arte que en parte ya han regresado al lugar para el que fueron concebidas, y que hay que recordar que se debe seguir luchando para que regrese, tal y como debe hacerse por mandato judicial, la parte de un patrimonio artístico que pertenece a todos, pero especialmente a los aragoneses
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